Llamaradas de Recuerdos

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Capítulo XXXII: El cumpleaños de Lili

Traté de mantener un ritmo de no más de una vez por semana. A veces días entre semana, a veces los fines de semana, pero sin exceder esa frecuencia. La única diferencia radicaba en que, ahora, Amanda se quedaba a dormir en casa de los Santana; ya no iba por un par de horas, como cuando la llevaba yo. En cierta forma, era como si tuviera dos familias. Me imagino que así debe ser la vida de los niños con padres separados: a veces con la madre, otras con el padre, adaptándose a madrastras, padrastros y hermanastros… Pero Amanda no tenía sus padres separados. Esta nueva rutina era algo que ella misma había pedido.

Como no advertí reacciones perjudiciales en ella, como las que había notado después de Pascua, tomé con calma las cosas. Amanda obedecía y era tan dulce y encantadora como había sido siempre. Si bien, por mucho que traté, la niña seguía sin llamarnos “mamá” o “papá”, quise creer que posiblemente fuera una casualidad; no siempre nos dirigimos a las personas por su nombre… aunque tantos meses de evasión no dejaba de ser llamativo… Sin embargo, durante una larga temporada, no volvimos a tener ninguna clase de inconvenientes con ella.

El siete de junio fue el cumpleaños de Lili. Cumplía cinco añitos. Elena la agasajó el sábado siguiente, con una fiesta enorme, a la cual no invitó solamente a los amiguitos de su sobrina, sino también a sus propios amigos y a los de Beatriz y Luciano. Para poder desentenderse del cuidado de tantas criaturas, contrató un animador disfrazado de payaso, que se presentó desde el primer momento, mucho antes de que el almuerzo estuviera listo.

Entre Luis y Antonio hicieron el asado. Como fue un día soleado y agradable, las mesas se pusieron en el patio: largas y delgadas mesas de madera, que Elena consiguió prestadas de una de sus tantas amistades, con las correspondientes sillas, apretadamente una al lado de la otra, en su gran mayoría también prestadas. Si bien la casa de Elena era lo suficientemente amplia para albergar una familia, no estaba equipada para acontecimientos como este.

Los niños tuvieron su mesa aparte, junto al payaso, que no dejó de entretenerlos con juegos, bromas y pequeños trucos de magia.

Amanda no se despegó de David en todo ese tiempo. Seguramente para que no llamara tanto la atención, el muchacho permaneció en el grupo de los niños, pero verlo a él en medio de las criaturas era como haber visto a Amanda entre los adultos. Era como un señalador humano indicando “estoy aquí”. A poco de empezar la fiesta advertí que, a pesar de que aparentemente estaban con los niños, en realidad se habían aislado de los demás, como de costumbre. Esperé que Walter no se diera cuenta, o terminaría por esfumarse el poco buen humor que traía. Ya había sido difícil convencerlo de venir; tuve que remarcar lo mal que quedaríamos delante de toda la familia si faltábamos, y solamente así accedió, pero de mala gana. Al igual que en Año Nuevo, a Walter le crispó los nervios encontrarse con los Santana, y redobló su vigilancia sobre la niña. Cuando la vio junto con David y se dio cuenta de que estaban haciendo toldo aparte, me buscó para exigirme que impusiera orden. Pero yo estaba ayudando a terminar de preparar los postres, y lo mandé al diablo.

–Son amigos; siempre están juntos. Si te molesta, andá y deciles vos –lo despaché.

Lógicamente, no lo hizo. El mal humor le duró un rato, hasta que Luis y Antonio advirtieron que algo le pasaba y se acercaron para animarlo. Pensaron que serían problemas en la empresa o alguna clase de lío económico familiar. Walter no los sacó de su error. A rato ya estaba en una acalorada discusión sobre inversiones y ahorro.

La cumpleañera estaba radiante. Le habían comprado un hermoso vestido blanco largo, con delicados bordados de florcitas multicolores que se repetían en puños y cuello y adornado con una delicada puntilla. Llevaba el mismo peinado que tenía Luz en la única foto que yo poseía de ella: múltiples trencitas atadas con cintita bebé de todos los colores.

Lili no se parecía en nada a Luz, si tomaba de parámetro aquella foto. Luz había sido muy parecida a Luciano, desde el color de su piel hasta cada rasgo de su cuerpo; Lili era trigueña y tenía el cabello ondeado, la sonrisa de Elena, el rostro fino de Beatriz y los ojos de Luciano. Su cuerpo era delgado tirando a flaco; Luz había sido robusta. Tampoco tenía el cabello de color azabache, sino castaño oscuro. Y en su forma de ser, a pesar de lo consentida que era, no había rastros del carácter dominante y enérgico de su hermana: siempre la vi sonriente, contenta, pidiendo las cosas por favor y aceptando mansamente las pocas veces que le decían que no.

La vi correr, reír y jugar en primera fila, obedeciendo cada una de las propuestas del payaso. Su entusiasmo contagiaba al resto de los niños. Su impecable vestido no duró mucho. Después del almuerzo alcancé a notar manchitas de salsa, ensalada y postre distribuidas al azar entre el pecho y la amplia falda. También su peinado se empezó a desarmar. Perdió un par de cintitas, y las trencitas se enredaron con sus ondas despeinadas por la brisa. Supuse que Beatriz la regañaría, pero la mujer se limitó a reírse y arreglarle lo mejor que pudo el peinado, antes de liberarla nuevamente hacia los juegos.



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

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