Llamaradas de Recuerdos

Tamaño de fuente: - +

Capítulo XXXVIII: Luciana

De un día al otro, la tristeza de Beatriz se convirtió en depresión. Elena trató por todos los medios de levantarle el ánimo: organizó una fiesta en su casa, a la que invitó a todos los amigos y conocidos que Beatriz había hecho desde su llegada; la sacaba diariamente a pasear, a visitar gente; incluso la llevó junto a Lili a conocer el zoológico de Sáenz Peña… Pero todo fue en vano. Beatriz apenas conseguía aparentar por un par de horas que estaba bien, y luego se retiraba a su dormitorio, excusando un terrible dolor de cabeza.

Luciano fue más drástico: la llevó a un psicólogo. Estaba dispuesto a hacer terapia de pareja, de familia, de lo que hiciera falta. Pero de inmediato fue evidente para el profesional que la raíz del problema de Beatriz no estaba en su relación de pareja, ni en la limitación de estar viviendo en la casa de su cuñada, ni en el haberse ido de Brasil. Beatriz sentía en su corazón un vacío de proporciones gigantescas, imposible de tapar con nada. Empezó la terapia, para darle el gusto a su marido, pero con muy pocas ganas de colaborar. Finalmente, la medicaron. Se suponía que con eso tenía que ser suficiente, pero la depresión se convirtió en desgano y Beatriz no mejoró nada.

Elena estaba muy apesadumbrada. No terminaba de aceptarlo. No lo entendía. Tenía el recuerdo de lo que Beatriz siempre había aparentado ser, y le parecía imposible que eso estuviera ocurriendo. Caer en un pozo depresivo era algo que podía pasarle a ella, no a su cuñada. Beatriz siempre había sido muy fuerte, la más fuerte de los tres. ¿Cómo era posible que justamente ahora, cuando todos estaban tan bien y habían logrado empezar a salir adelante, ella cayera? No tenía sentido…

Luciano lo tomó con calma. Hacía por Beatriz lo único que se podía hacer: acompañarla. La acompañaba con su comprensión, con su silencio cuando hacía falta, con su cariño… Respetaba la necesidad de Beatriz de estar sola. Entre él y Elena empezaron a cuidar de Lili cada vez que Beatriz se retiraba a descansar. Pero estaba siempre atento a lo que pudiera presentarse.

La situación afectó a mi hija. Al principio, la noté preocupada; luego, empezó a mostrarse seria y entristecida. Me hubiese gustado hablarle de lo que estaba pasando, pero Amanda nunca acudió a mí. Descubrí una tarde que entre ella y David se consolaban mutuamente. No me sorprendió. Alguien tenía que ayudarla a sobrellevar la situación, y no era de extrañar que fuese el muchacho. Finalmente, la oí llorar una noche en su dormitorio. El corazón se me encogió de pena. Entré en el cuarto y me senté en el borde de la cama.

–Mandy, ¿qué pasa? –le pregunté.

En lugar de responder, siguió llorando desconsoladamente. Le acaricié la cabeza y noté que hervía en fiebre. Alarmada, la destapé y le subí el camisón, esperando encontrarme con el eritema. Pero su cuerpo estaba perfectamente.

–No quiero que termine. No quiero… –sollozó ella.

–¿Que termine qué cosa?

En vez de contestarme, siguió llorando y balbuceando palabras ininteligibles.

Fui al baño a buscar una toalla, que empapé y torcí, y regresé a la pieza para ponerla sobre su cuerpo. Al entrar noté algo extraño, indescriptible. Amanda ya no lloraba. Ahora estaba sentada, con la espalda apoyada sobre unos almohadones infantiles, con los ojos secos y entrecerrados, haciendo delicados ademanes con las manos. Sus labios se movían, y llegaron hasta mis oídos palabras dichas suavemente, con la voz de Luciana.

– …Nunca te dijimos que sería para siempre. Era una oportunidad solamente, de poner las cosas en su lugar. Pero tiene que terminar algún día…

La expresión de su rostro era tan diferente… Parecía otra persona. Dulce, serena… Se calló al verme. Por un momento, pareció Amanda de nuevo. Pero fue tan sólo por una fracción de segundo. Cuando fui a envolverla con la toalla, me miró. Algo en aquellos ojos me hizo estremecer de pies a cabeza. Había en ellos un brillo sobrenatural, de intensa ternura y comprensión, que era casi como estar mirando a los ojos a Dios… No era mi hija. Estaba ocurriendo de nuevo. Algo superior y trascendente estaba hablando a través de ella. La diferencia era que ahora no sólo lo percibía: lo tenía delante de mí… y estaba viéndolo.

Quise envolverla en la toalla, pero me temblaron las manos. Apenas pude tocarla. Tuve una sensación extraña… Era su cuerpito, pero no era ella. Era como si otro ser hubiera entrado en Amanda.

Con el roce de mis manos alcancé a comprobar que, inexplicablemente, la fiebre había desaparecido. Me quedé con la toalla en las manos, sin saber qué hacer.

–¿Mandy? –la llamé. Pensé que así la haría regresar. Pero no funcionó. Alguien que no era mi hija respondió.



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar