Llamaradas de Recuerdos

Tamaño de fuente: - +

Capítulo XLIV: Fuego en la casa

Viajaron el siete de enero, dejando un frío y hondo vacío en nuestras vidas. Nada volvió a ser como antes. Elena se encerró en su casa, presa de una tristeza desoladora. Mabel, preocupada, me contó que solía recorrer las habitaciones (que había dejado intactas), perdida en los felices recuerdos de sus días con ellos. Traté de convencerla para arreglar los cuartos y dejarlos como antes de la mudanza, incluso la ayudaría, pero ella se negó. Necesitaba tiempo. Cuando se hubiera acostumbrado a su lejanía… recién entonces.

–Antes era más fácil. Yo volvía de Brasil y los extrañaba, pero estaba acostumbrada a estar sola dentro de esta casa. Pero, ahora, sus recuerdos están en todas partes. Beatriz haciéndome compañía, Lili correteando entre nosotras, David metido en el cuarto de estudios, Luciano regresando de las oficinas… Puedo verlos y oírlos; hasta puedo olerlos, como si aún estuvieran acá…

Su ausencia lógicamente afectó también a Amanda, a tal punto que preferí suspender nuestras visitas al Chaco, o, en todo caso, iba yo sola, para acompañar a Elena. No podía verla entrar en el cuarto de estudios, con los ojos llenos de lágrimas, jugando partidas de ludo consigo misma, acomodando los almohadones sobre la cama de Lili, tratando de trenzarse el cabello como se lo había hecho Beatriz, sentada delante de la puerta principal a la hora en que solía regresar Luciano, como si hubiera estado esperándolo… Era demasiado dolor. Ya bastante malo había sido despedirnos de ellos, como para prolongar la agonía de esta manera. Ni siquiera tuve que escabullirme. Su tristeza era tan profunda, que si yo no la llamaba para irnos, ella no salía de su cuarto. Los días que me iba a visitar a Elena, le avisaba a Emilia: ella volvía a casa por la tarde y se quedaba hasta mi regreso, cuidando que todo permaneciera en orden.

Amanda se pasaba todo el día encerrada en su habitación. A veces la escuchaba llorar, pero, cuando yo entraba a consolarla, simulaba que estaba bien. En ocasiones, contemplaba durante horas las fotos que se había tomado junto con los Santana, que había dispuesto prolijamente en un pequeño álbum que ella misma armó. Allí estaban atesorados sus recuerdos del verano anterior, de las Pascuas, los cumpleaños, las ocasiones cuando se quedaba a dormir, y la última temporada que pasó con ellos, únicas fotos en las que también había salido Beatriz, radiante y sonriente. Había primeros planos de ella con David, en otras era ella con Luciano o Elena, incluso Lili… No me parecía muy saludable para su estado anímico que se lo pasara viéndolas, pero tampoco tenía intenciones de arrebatarle su tesoro.

Observé que seguía hablando con Luciana, aunque el tono de voz del espíritu se hizo mucho más bajo, como si la mudanza también le hubiera debilitado los ánimos a él. Por más que traté de volver a comunicarme con él una vez más, fue en vano. Aunque Amanda ya estuviera durmiendo cuando yo entraba a su cuarto, el espíritu jamás dio señales de querer aparecer. Me sentí un poco decepcionada, porque me hubiera encantado volver a oír su voz, sorprenderme con alguna nueva enseñanza y temblar ante la intensidad de su mirada…, pero él mismo me lo había advertido. Ya no se manifestaría nunca más ante mí a través de la niña. Y no lo hizo.

Después de discutirlo un poco, Walter y yo decidimos suspender las vacaciones hasta febrero. Al principio él había sugerido salir cuanto antes, pensando que a Amanda se le pasaría la pena al recorrer otros lugares y conectarse con gente nueva, pero yo no estuve de acuerdo. La niña estaba muy mal, aislándose de todos, buscando silencio y tranquilidad…, como si estuviera ordenando sus ideas y emociones dentro de sí. Obligarla a salir a divertirse y jugar con otros chicos no me parecía, en ese momento, la mejor manera de ayudarla.

Si hubiera sido por nosotros, habríamos salido de vacaciones inmediatamente. Aquel fue, literalmente, un verano infernal. Los cortes de luz se hicieron una costumbre irremediable, a la que debíamos someternos varias veces por día. Aquello implicaba despedirse de las bondades del ventilador, de la luz eléctrica (porque había cortes también de noche), de la diversión de la televisión, la compañía de la radio… Para refrescarnos, Leo y yo pasábamos gran parte del día metidos en la pileta de lona que armábamos todos los años, pero que nunca antes habíamos disfrutado tanto como ahora. Walter se nos sumaba cuando estaba en la casa. Pero no había manera de convencer a Amanda de que viniera con nosotros. Invariablemente, permanecía encerrada en su pieza, aun en las horribles horas de la siesta, cuando el sol pegaba de lleno contra sus ventanas y el ventilador quedaba muerto ante la inminencia de los cortes de energía.

Una tarde, poco después de haberme levantado de la siesta, hubo un bajón en la tensión. Luego, un profundo silencio envolvió toda la casa. Aquello me provocó un enojo descontrolado. Estaba harta del calor, de los cortes de luz y los bajones de tensión. Pero casi de inmediato escuché la radio en el patio de mis vecinos, que lindaba con el nuestro. Deduje entonces que algo se había dañado en mi casa. Aquello no me causó ninguna gracia. Ya bastante malo era tener que aguantar los cortes como para venir a quedarnos totalmente sin energía, con una sensación térmica que superaba los cuarenta grados. Rápidamente, le pedí ayuda a uno de los vecinos. El muchacho vino a casa con la mejor de las intenciones, pero el problema lo superó. Se marchó pidiendo disculpas por no haberme podido ayudar.



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar