Llamaradas de Recuerdos

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Epílogo: El Tesoro permanecerá…

Amanda jamás recordó nada relacionado con Luz. En consecuencia, su relación con los Santana dio un vuelco. Se alegra de recibir sus llamados y responde sus cartas describiendo detalladamente sus actividades, pero ya no los siente como su familia. Si bien siguen siendo muy caros a su corazón, ahora no son más que unos tíos y primos lejanos. Por el contrario, su relación con nosotros pegó un salto muy positivo. Finalmente, después de nueve años, Amanda se convirtió en la niña que siempre quise que fuera. Juega y pelea con Leo, me llena la casa de amigas y hace las mismas cosas que cualquier niña de su edad.

Elena sigue viviendo en el Chaco. Viaja a menudo a Brasil, por temporadas que varían desde las tres semanas a los tres meses. Se marcha feliz y sonriente, con una alegría que parece no entrarle en el corazón, y regresa apagada y tristona. Al cabo de unas cuantas semanas, se recupera. Pero jamás consideró la posibilidad de quedarse a vivir con ellos, a pesar de que Luciano, Beatriz y los chicos trataron de convencerla.

Curiosamente, los Santana nunca volvieron de visita a la Argentina. Nos comunicamos mediante cartas y postales, y en ocasiones muy especiales, como los cumpleaños o las fiestas de fin de año, nos permitimos una rápida llamada de larga distancia para saludarlos. Aún hoy extraño mis largas tardes en compañía de Luciano, pero sé que, aunque volvieran, nada sería como entonces. Yo cambié, él también, y las condiciones entre nosotros no son las mismas de aquellos tiempos. Querer recrear algo que en su momento me sirvió y me hizo feliz, sería como pretender continuar lo incontinuable; como prolongar una situación que terminó naturalmente en el momento exacto.

Superada la impresión de lo que presenció la noche del incendio, Walter es feliz, porque finalmente había tenido razón. Está convencido de que la niña venció de manera natural todas sus fantasías, y su conducta actual es la prueba irrebatible de que él siempre había estado en lo cierto. Sus recuerdos de todo lo que atravesamos junto con ella están muy lejanos y borrosos, disminuidos a su mínima expresión en cuanto a la importancia que encerraban.

Finalmente, nuestro matrimonio y mi vida misma son lo que siempre añoré, pero tienen un sabor extraño, como desabrido. Ser una mujer como tantas otras y hacer lo mismo que hace la mayoría no era tan maravilloso, después de todo. Muchas de mis amigas se sienten vacías, como si no bastara con su familia y su trabajo; como si hubiera algo más allá, que les está vedado… Sólo yo conozco de qué se trata, pero permanezco callada, porque me parecen cosas demasiado sagradas para ofrecérselas a cualquiera. Mi hija sigue siendo sagrada, y todo lo que aprendí por medio de ella. Tal vez, en el futuro, vuelva a compartir mi tesoro con alguien…, pero tendrá que ganárselo, igual a como hizo Luciano.

Todo tiene un precio. Así como había desaparecido, la alergia al fuego de Amanda regresó con una intensidad espeluznante. Cualquier contacto que tenga con el fuego, por mínimo que sea, le provoca a la noche la aparición del eritema, en diferentes grados de gravedad. Afiebrada y dolorida en su cama, siempre me pregunta qué es y por qué aparece. En lugar de responderle, me encojo de hombros. A estas alturas, soy yo la que no quiere acudir a un psicólogo. La única ayuda práctica que le podrían dar es explicarle por qué, inconscientemente, le tiene tanto miedo al fuego, y me niego. Deseo que el olvido de Amanda sea permanente. Bastante cuesta llevar la carga de una sola vida, como para añadirle el peso de otra, irremediablemente perdida.

También empezó a tener sueños muy extraños, en los que se entremezclan su pasado y la realidad actual, lo que los hace totalmente incomprensibles para ella. Sueña con una casa desconocida, que recorre angustiada, buscándonos y llamándonos hasta que despierta llorando, con una terrible sensación de vacío en el pecho. Sueña con Luciano, mucho más joven, y con un David niño, que repentinamente crece y la invita a jugar interminables partidas de ludo. En una de sus peores pesadillas, la casa desconocida se incendia y ella queda atrapada. Después de haber gritado durante una eternidad, aparece Walter y la saca de allí…

Sueña con una niñita de ojos azules, que no es sino ella hace algunos años, perdida en un sitio oscuro, llorando y buscando... ¿qué? Nunca lo descubre. La niña sólo llora y extiende los brazos, esperando que alguien la rescate de aquella oscuridad aterradora.

Sueña ocasionalmente con una preciosa muñeca de porcelana y ojos marrones, que es su mejor amiga y confidente. Yo no puedo evitar recordarla. Luciana, su compañera, su amiga del alma, leal y sincera, un regalo de la divinidad para nosotros, aunque pasó inadvertida para casi todos. Luciana finalmente cortó el cordón invisible que la ataba a la muñeca. ¿Habrá regresado a su ciclo de reencarnaciones, o se habrá posado como una mariposa sobre otro juguete, para seguir cuidando niños? Nunca lo sabré. Sólo sé que jamás creí que extrañaría tanto oír a Amanda haciendo su voz detrás de la puerta, ni verla venir corriendo con ella en los brazos asegurando que “Luciana dice”… Siempre habrá en mi corazón un lugar especial para este ser, que me regaló su presencia y su sabiduría en dos memorables ocasiones, que ahora conservo dentro de los hechos más trascendentes de mi vida.



Marina Nill

Editado: 01.07.2019

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