Lo que Diciembre se llevó.

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Capítulo 5: Pastel de amor.

—Cariño, no olvides que esta tarde irás conmigo al club de repostería — dijo la señora Johnson en el almuerzo.  
—¿Al club de repostería?  
—Sí. Te lo dije el viernes pasado y prometiste ir conmigo.  
—Pero… 
—Además, no puedes faltar. Hoy hornearemos una tarta con fresas. Tú favorita y también es probable que hayan un par de rostros nuevos así que tienes que ser mi ayudante. ¿De acuerdo?  
—Y, ¿A qué hora es?  
—A las cuatro por su puesto.  


Decepción fue poco lo que Mary Jane sintió. Los planes de su madre interferían con su “cita en el parque”. Debía idear alguna excusa.  


—¿Por qué no llevas a los chicos? A ellos les gusta ir.  

Inmediatamente los tres niños sonrieron y miraron a su madre. Les gustaba ir al club de repostería pues podían comer más pastel, buñuelos y dulces de lo que comerían en casa o en un cumpleaños.  

—Ellos ya fueron conmigo la semana pasada. Es tu turno de ir. Mary Jane, no entiendo tu negativa. Prometiste ir conmigo y debes cumplir con tus obligaciones.  
—Sí, pero, solo por esta vez, creí… 
—Mary Jane Johnson. No voy a discutir esto en la mesa. Debes ser responsable y respetar los acuerdos que haces. Así que termina de comer.  
—Sí mamá — dijo cual becerro. Pareciendo más una queja que una afirmación.  
—¿Y se puede saber qué planes improvisados tenías como para faltar hoy a un compromiso? — inquirió luego de un rato.  

Mary Jane tuvo que pensar rápido. No podía decirle sobre su “cita”.  

—Nada. Solo tenía ganas de ir al parque con… Ruth.  

“Nunca digas toda la verdad. Esa es la clave”, pensó.  

—Ah, sí. La obra. Bueno, deberían organizarse mejor cariño. Esa es la clave para alcanzar la perfección.  
—Sí mamá.  

Sin poder hacer más, daba vueltas en su cuarto. Debía avisarle a William que faltaría a su cita. Pero eso implicaba llamar a casa de los Johnson y de ser así, era probable que respondiera Ruth.  

“¿Y si ella contesta? ¿Cómo le digo que le pase el teléfono a Will?”. Por algún motivo, la cita con William se fue volviendo clandestina.  

Pero luego de pensar por una hora con la almohada sobre el rostro, concluyó que su verdadero temor, consistía en la opinión de Ruth respecto a ellos. “¿Nosotros?” se dijo notando como ahora pensaba en plural. Uniendo a William y ella dentro de un paréntesis.  

Sin embargo, tenía una ventaja. A Ruth le agradaba su primo. No sentía una aversión como con su hermano.  

“Seguro que no le importará” meditó. “De todas formas, no es como si me gustara el mismo chico que a ella o fuera un ex novio”.  

A las 3:32pm, Mary concluyó en tres cosas: Uno, le gustaba William. Dos, le gustaba escuchar que él le llamara Jane. Hasta ese momento era el único que le llamaba por su segundo nombre. Y tres, no debía preocuparse de que Ruth lo supiera pues eran mejores amigas y tampoco estaba violando ninguna ley que dijera que era prohibido que te gustara el apuesto primo de tu mejor amiga.  

Al ver la hora, corrió al teléfono de la cocina y marcó el número de memoria. Esperó en el tono que, ahora le había provocado taquicardia. Sus sentidos estaban alerta a cualquier movimiento o sonido.  


—¿Hola?  

“Diablos”.  

—Hola Ruth.  
—Ey. Hola. Me leíste la mente. Estaba por llamar.  
—¿Ah sí? 
—Sí. Iba a decirte que fuéramos al centro. Pero mi mamá me pidió que la acompañe a su dichoso club de repostería.  
—Ah sí. Es cierto. Tú mamá también va hoy.  
—Sí. Pero le he dicho que no. Y luego recordé que tú irías con ella. Así que eché a perder los planes. Debí haber dicho sí y hubiéramos podido hacer pasteles de terror ahora — dijo riendo.  
—Sí.  
—Y ¿Por qué llamaste?  
—Ah, pues, este… También quería que saliéramos pero olvidé que tendría que ir a ese club con mamá. Así que, nada. Era eso. Quería quejarme.  
—¿Tú olvidándote de algo? Qué raro. Bueno, que mal. Tendremos que salir mañana.  
—Eh, mañana tenemos el primer ensayo.  
—Ah sí, el ensayo. Ves. Tú no olvidas nada. Seguro estás muy estresada con eso. Relájate. Cocina pasteles como las buenas esposas de River Folk.  
—Sí — dijo de forma automática. Pero por su mente pasó el recuerdo de ayer en el parque con William y su comentario sobre ser su esposo.  


Cuando era pequeña, ella y Ruth jugaban a ser princesas y Max era el caballero o un rey. Claro que eran ellas las que terminaban salvándolo pues la capa de Max, lo que en realidad era una sábana vieja, solía atascarse en todo y dejaba al niño atrapado.  

En otras ocasiones jugaban a asistir a la boda real de algún par de muñecos. Preparaban todo. Ruth siempre gustaba de diseñar los pequeños vestidos con casi cualquier cosa que sobrara en la cocina de su mamá. Los envoltorios de los cupcakes, el papel de cocina, papel aluminio que era el material común para los trajes de noche y los cartones de huevos que podían usarse como muebles.  

Ahora se sentía como esa niña pequeña de cuatro o cinco años, soñando con ser una princesa de nuevo que camina de la mano junto a su príncipe.  


—¿Hola?  
—Ah. ¿Qué?  
—En serio estás grave. Te decía que en mi lugar irá Will con mamá. De todas formas ese chico sabe de esas cosas.  
—¿Will irá con tu mamá?  
—Sí Mary Jane. Will. Dios mío. Estas demasiado despistada. A puesto a que quemas el pastel. Bueno, me voy. Max quiere usar el teléfono.  
—Ok. Hablamos más tarde.  


Con esa nueva información, Mary Jane corrió a su habitación para buscar en el armario que ponerse.  

“Que coincidencia. Que maravilla y que desastre” pensaba. No se le daba bien la repostería o la pastelería. Quería que todo fuera tan perfecto que terminaba siendo un desastre. Y ahora que Will estaría ahí, los nervios le traicionarían aún más.  




La señora Johnson estaba al frente con la señora Bowman dando las instrucciones de la receta de esa tarde.  

Así que a Mary Jane tuvieron que emparejarla con alguien más. Y ese alguien más resultó ser William.  

Ambos permanecían sentados en los taburetes altos frente a su mesa de trabajo y sin mirar a otro lugar que no fuera al frente. Era como estar en clase pero junto al chico que te gusta.  

Mary Jane había llevado su libreta de apuntes varios, la idea era escribir detalles importantes pero, la colonia de William le distraía. Nunca se había percatado de cuan importante y atractivo era que un chico oliera a un sutil perfume y sus ropas olorosas a suavizante de telas.  

Su madre terminó la explicación sin que ella hubiera entendido ni una sola palabra. La presencia de William afectaba la zona de su cerebro a cargo del análisis y la memoria.  

La señora Bowman dio indicaciones sobre qué recipientes tomar del estante y los utensilios para medir.  

Mary Jane se adelantó a tomarlos pues estaba familiarizada con todos esos cachivaches. Pero el bol grande que necesitaba se encontraba en la parte más alta del estante. Se estiró con el resto de platos y tazas en la otra mano y saltó. Pero eso solo provocó que todo lo que había dentro de este y a sus alrededores le cayera encima causando un gran desastre.  


—¿Estas bien? — escuchó que preguntaron a su lado.  
—Sí. Yo… 

Pero su madre apareció a su lado.  

—Mary Jane. Por Dios santo hija. ¿Qué pasó?  
—Solo quería alcanzarlo — dijo recogiendo el bol culpable de su mala suerte.  
—Bueno, pide ayuda por favor. Laven esos utensilios y vuelvan a la mesa.  
—Sí.  

William se inclinó para ayudarle a recoger todo y la siguió hacia los fregaderos.  

—¿No te gusta la pastelería? — preguntó a su lado.  

De nuevo, como la noche anterior en su casa, William se dedicaba a enjuagar mientras ella llenaba de jabón. No se habían dirigido la palabra aunque se vieron en el pasillo fuera del salón.  

—Si me gusta. Es solo que, no sé qué me ocurre hoy.  
—Te ves distraída. Nerviosa.  
—Que perceptivo.  
—¿Ocurre algo?  

William dejó de lado lo que hacía y movió su cuerpo en su dirección.  

—No es nada — respondió luchando por no mirarlo. Temía que los nervios la movieran a hacer algo no adecuado para el lugar donde se encontraban.  
—Yo tampoco quería venir. Pero Ruth le dijo a mi tía que me trajera y luego comentaron que estarías aquí así que… 

Eso hizo que ella le mirara, pero al igual que en el parque, William ya no lo hacía con ella.  

—Yo también vine por eso — dijo bajito.  

Era lo más cercano a lo que sentía. Esperaba y el mensaje fuera entendido de la forma correcta.  

—Creo que hay que volver — le escuchó decir.  
—Sí. Vamos.  

La harina, los huevos, el chocolate en polvo, la leche y la margarina descansaban en sus respectivos recipientes con la medida exacta. Mary Jane se había encargado de que fuera milimétricamente preciso. 

A la hora de mezclar todo y batir, la señora Johnson le sugirió que cambiara de velocidad y que realizara otro movimiento en su muñeca para que la pasta quedara más homogénea y sin grumos. Hizo un nuevo intento pero era difícil con la batidora eléctrica.  

—¿Me permites? — pidió William —. Quedará mejor con esto — dijo con un batidor en las manos.  
—¿Con eso? Nos tardaremos más.  
—Pero vale la pena. Ya verás. No siempre lo bueno de la vida se obtiene rápido.  


Mary Jane dejó de mirarlo. Eso no ayudaba a su cordura y menos sus palabras.  

William le mostró cómo hacerlo pero a Mary Jane le estaba constando mantener el ritmo constante y seguir la línea invisible en la mezcla.  


—Intentemos esto — habló William.  

Se colocó detrás de ella y le tomó la mano derecha. El respingo que su contacto le provocó la puso más nerviosa, no sabía si habría logrado disimularlo a tiempo. Las manos de William comenzaron a trabajar. Una de ellas sosteniendo el bol y la otra haciendo un “8” de arriba abajo y viceversa. Comprobó dos veces la harina hasta que esta caía como un hilo delgado del batidor.  


—Ya está — anunció.  

Derramó la pasta en el molde previamente engrasado sin derramar ni una gota y lo puso en el horno.  

—Eres bueno — le dijo cuando él volvió.  
—Ya hemos hecho estos en el colegio.  
—¿Llevas repostería como materia extra?  
—No. Es parte del programa. Los Franceses tienen alguna especie de preferencia por las artes culinarias.  
—¿Estudias en Francia?  
—Sí.  
—Wow. Pero, ¿No deberías estar en clase en este mes? Digo, aún no son oficiales las vacaciones navideñas.  
—Sí. Pero ahí trabajan diferente. Los estudiantes vienen de todas partes del mundo así que para respetar los días festivos de todos nos dan libre diciembre.  
—Que bien. Gracias, por cierto, por ayudarme.  
—Eres un tanto rígida para hacer las cosas. Por eso no te salía con la batidora eléctrica.  
—¿Y eso que significa? — preguntó frunciendo ligeramente el ceño.  


William sonrió y tomó una fresa del cuenco frente a él.  

—Que necesitas relajarte para algunas cosas. Como en la cocina. Las medidas no lo son todo. Debes sentirlo.  

“¿Sentir? ¿Cómo cuando te sentí cerca y tocaste mis manos?” pensó. Pero decidió guardarse la pregunta. 

 
—La planeación lo es todo. Es la clave para alcanzar la perfección.  
—Hay cosas que no son perfectas.  
—¿Cómo qué?  
—Como cuando te enamoras. Eso dicen — dijo mirando el trozo de fresa.  
—Eso no tiene sentido.  
—¿Ya te has enamorado antes? No me refiero a cuando te gusta alguien por su ropa, su cabello o por compartir los mismos gustos musicales. Si no porque te gusta todo. Lo bueno y lo malo. Aunque no compartan las mismas cosas y no piensen igual.  

Aquellos eran cometarios de una persona con experiencia, y Mary Jane no pudo evitar preguntarse cuanta experiencia tenía William. Y cuánto de esas palabras le involucraban. Pues, hasta donde entendía, no tenían mucho tiempo de estar conviviendo así que quizás, era probable que se estuviera refiriendo a alguien más.  

“¿Alguien de su pasado? ¿Alguien del presente pero que no soy yo?”. Recordando que ella no era una experta en el amor, se sintió un tanto cohibida para dar una respuesta. Sí la tenía, claro que sí. Su respuesta era él. O al menos eso concluyó esa tarde. Pero aún no estaba lista para tal confesión.  


—No lo sé — respondió con sinceridad.  

Ahora odiaba más la clase de repostería. El tiempo muerto mientras esperaban a que la comida se horneara tentaba sus nervios.  

—Entonces lo estás.  
—¿Cómo estás tan seguro?  
—Porque es confuso. Nunca había sentido algo así.  

“¿Entonces él lo está? ¿Por mi?”. Eran las preguntas más importantes y a las cuales no podría darle una respuesta pronto.  

William le miró y sonrió de esa forma que le quitaba el aliento. El cronómetro sonó haciéndola saltar de su asiento.  

La clase había terminado. Solo quedaba decorar la tarta.  


—Supongo que nos veremos mañana — dijo él en la puerta antes de marcharse con su tía.  
—Ah sí. El ensayo. A las cuatro en mi casa.  
—Nos veremos mañana.  
—Sí. Mañana.  

Giró sobre sus talones para alejarse. Solo esperaba no tropezar y caer sobre su mitad del pastel y quedar en vergüenza frente a él. Por fortuna, llegó sana y salva hasta el auto.  




—Este pastel quedó bueno. Siempre nos queda raro pero hoy, tiene algo. No sé qué es — decía Ruth desde el otro lado de la línea hablando con la boca llena.  
—Sí. Pero es porque Will me ayudó. Si no seguramente lo habría quemado como aquel pie de queso que intentamos hacer.  


Ruth comenzó a reír al recordar que hasta derritieron el molde por haber puesto demasiado calor en el horno. 

—Oh si. Mi primo es experto en todo. Pero es por su súper colegio al que asiste. ¿Ya te dije que vive en Francia?  
—No.  

De hecho nunca le había hablado sobre su primo.  

—Pues estudia ahí y en ese colegio enseñan de todo. Cocina por supuesto, música, teatro, idiomas. Ese chico sabe francés, italiano y hasta latín. ¿Quién diablos aprende latín en este siglo?  
—Wow.  
—Sí. Es un cerebrito como tú.  


Una bombilla se encendió sobre la cabeza de Mary Jane, quizás esa era la oportunidad de hablarle a Ruth sobre su pequeño y reciente gusto por los chicos altos de cabellera castaña y un ligero acento. Ahora sabía que se debía a los idiomas que hablaba pues su pronunciación era un tanto distinta. Sin embargo, le daba un toque elegante a los sonidos que salían de sus labios.  


—Suena a esos que no hay que dejar pasar — dijo riendo. No quería soltar la bomba aún.  
—Ah sí. Pero te aconsejo no hacerte ilusiones. Otra no lo ha dejado pasar.  

“¿Otra?”.  

—¿En serio? Oh. Qué bien — dijo tratando de sonar indiferente aunque hubiera recibido un golpe contra su estómago. Figurativamente.  
—Ajá. El otro día le llamó una chica. Fue en la noche y muy tarde pero quizás sea por el horario. Hablaban en francés.  


“Una francesa. Entonces, ¿Todo este tiempo se ha estado refiriendo a ella y no a mí?” pensaba.  

Ruth solo añadió un par de comentarios más y pasaron a otro tema. Pero Mary Jane no dejaba de darle vuelta al asunto. William tenía novia, eso era seguro. Y al mismo tiempo era de esperarse, su vida estaba hecha en otro país.  

Desconocía las razones por las que había venido. Por vacaciones claro pero, presentía que su estadía era con un doble propósito.  

Pero de algo estaba segura. William pertenecía a alguien más, estaba enamorado de su novia y ella de él.  

Mañana lo vería en el ensayo, así que era mejor mentalizarse desde hoy que ese chico era un sueño imposible.  

 



Brooklyn Birk

Editado: 01.01.2019

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