Lo que sucedió con Anna Kenz

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Prólogo.

A veces, cuando se es joven, distinguir entre lo malo y lo bueno es tan complicado y no porque no podamos, sino porque no queremos. Lo malo atrae.

A mí me atrajo.

Avancé por el pasillo desolado silbando una melodía que yo creía siniestra e intentado no reír para no interrumpir el ritmo que tomé.

Bailando divertida entre pasos llegué a la siguiente puerta.

—Toc toc —canturreé golpeándola suavemente. La abrí despacio y me recosté en la pared antes de que pudieran notarme, sabía que una de las chicas que me invitó a jugar se había ocultado ahí, Jessica, para ser más específica. Yo simplemente tenía que darle el susto de su vida y a todos los demás y ya podríamos irnos.

Pero luego de al menos 30 segundos creando suspenso para ella, la puerta del final se abrió. La puerta de la biblioteca.

Mi instinto fue esconderme y así lo hice, ocultándome por si se trataba de alguna autoridad del colegio, aunque había pocas probabilidades de que fuera así.

Aunque nadie salió.

Sonreí divertida y pasé de ella para avanzar hacia el travieso que quería jugar un poco conmigo.

Caminé tan suave como me fue posible, pegada a la pared para así mezclarme con las sombras del pasillo.

Abrí otra puerta antes de llegar a la de la biblioteca y la cerré fuerte y rápidamente, para despistar, y una vez frente a la biblioteca, me escabullí veloz.

El sitio era bastante grande y aunque no había estado aquí demasiado, podía manejarlo.

Avancé sonriente, aunque tenía la piel de gallina inevitablemente. La oscuridad nunca terminó de gustarme.

Apenas me adentré a la primera fila de libros oí pasos rápidos y, soltando una carcajada, corrí a la entrada para evitar la huida de la persona.

—No, no, no. No escaparás, ratita —informé, sonriente. Ese vocabulario era propio de mí, los que me conocían estaban acostumbrados, de hecho.

Intenté vislumbrar alguna figura humana, pero no había nada más que sombras causadas por la luz de los faroles que se filtraba por la zona de las ventanas que las cortinas no cubrían. Pero entonces los pasos volvieron a oírse, yo seguía sin ver al causante.

Sentí un escalofrío recorrer mi espalda ante un mal presentimiento y, parándome recta, me dispuse a dar un paso e intentar comunicar que me rendía. De pronto el juego ya no parecía divertido.

Aunque eso no fue todo.

Un grito agudo surcó entre las masas de aire no muy lejos de donde me encontraba, consiguiendo paralizarme al instante.

Esa era Jessica, tenía que ser ella.

Con el corazón a mil intenté pensar que nada malo estaba pasando, que en un juego así era normal. Me giré dispuesta a salir pero alguien estaba detrás de mí, lo sabía. Alguien estaba a mis espaldas.

—¿Nick? ¿Robin? —pregunté entrecortadamente antes de girarme, pero una mano en mi boca y otra rodeando mi cuerpo impidieron mi acción. Podía sentir su respiración rozando la piel de mi cuello. No pude evitarlo, temblé entre sus brazos fríos como una gelatina, forcejeando tanto como podía e intentando emitir chillidos entre sus dedos gruesos.

—Shh… —Le oí justo en mi oído—. En la biblioteca no se grita.



Verónica Taboada

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En el texto hay: naciente amor, inculpados y sospechosos, desaparicion

Editado: 21.09.2018

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