Lo que sucedió con Anna Kenz

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Capítulo 1

A veces todo está tan bien, que asusta pensar que en el siguiente minuto todo pueda ser destrucción, y, que de pronto, los pilares a tu alrededor se derriben sin más.

Entonces estarás expuesta. Como yo.

Detengo mis pasos viendo la escena frente a mí. Una pareja de adultos se halla sentada en los banquitos fuera de la oficina del director y la mujer llora desconsolada.

Respiro profundamente y vuelto a fijar la vista en las paredes de los pasillos.

Los alumnos están revolucionados, los maestros y el director desesperados por no encontrar una solución lo suficientemente rápido, y yo, simplemente estoy siendo una observadora desde la lejanía.

Veo, una vez más, los carteles en las paredes. Todavía me cuesta creer lo que dice en ellos.

Les doy una última mirada a los padres de Anna Kenz y avanzo hasta mi siguiente clase, donde sé que la panorámica va a seguir viéndose tan diferente como en los últimos días, ya que prácticamente nadie confía en nadie dentro del colegio, y algunos padres incluso se negaron a dejar a sus hijos venir a clases hasta que se descubra al culpable.

—¡Andrea! —grita alguien a mis espaldas.

—¿Sí, Amanda? —pregunto al girarme. Yo, en lo personal, pretendo no temerle a nadie.

Veo su rostro pálido y su mirada oscurecida, enmarcada por las sombras de sus pestañas, observarme a unos pasos.

—¿Ya oíste? Tenemos a un sospechoso —susurra, mirando a ambos lados del pasillo. Su rostro pasa a ser ante mis ojos más ojeras que rostro. ¿Qué será lo que no le deja dormir…?

—Estupendo, esto ya parece un loquero —susurro—. Bueno, si me disculpas, tengo clases.

Sus cejas se fruncen y una mueca se forma en sus labios, apuesto a que no es la respuesta que esperaba. Le doy una última sonrisa ladeada y vuelvo a voltearme cuando da un paso atrás con su cabello tan negro como el carbón, liso y largo hasta la cintura, balanceándose con cada movimiento.

—Espera, espera. Andrea, escucha… —Inconscientemente suspiro deteniéndome, esto ya me lo esperaba—. Van a llamarte a la oficina del director y van a interrogarte. Hay un agente allí dentro, ellos…

—¿No pretendes que mienta y oculte información, verdad? —inquiero tranquilamente, escondiendo mi sonrisa burlona.

—Necesito que borres ese mensaje y finjas que no sabes nada —pide con seriedad—. Sé que tú…

Esta vez no consigo retener mi sonrisa, mientras niego con la cabeza divertida. No puedo creer que esté diciéndome esto.

—Yo no sé nada, Amanda, pero tú sí. Ahora, si ya terminaste, tengo que irme.

Retomo mi camino acomodando mi melena oscura y enrulada y, cuando ya no me ve, frunzo el ceño a más no poder.

Sin poder retenerme, vuelvo a ver los carteles que se encuentran distribuidos de una manera tan estudiada que no puedo evitar encontrarme con unos cuantos en cada sitio que visito dentro del instituto.

De pronto ya no solo parece un loquero, también un prisión.

“Anna Kenz, ¡desaparecida!” “Psicópata suelto”

Yo todavía me pregunto, ¿psicópata? Cabe la posibilidad de que ella se haya ido voluntariamente.

Miro hacia atrás, donde hace un momento conversé con Amanda Murphy. Ella ni siquiera tenía idea de que ya fui llamada.

Solo puedo decir que ahora estoy bajo la mira del director.

Finalmente, abro la puerta del aula de lengua sin tocar antes, demasiado distraída como para recordar modales.

Afortunadamente, la maestra todavía no llegó.

—Andy, ven rápido antes de que todos me contagien su paranoia —ruega Alexia Fox desde su sitio, prácticamente gritando. Sus ojos dulces, de un azul bastante tierno, me miran con desesperación.

Suelto una risita.

—¿Acaso la paranoia se contagia? —inquiero dejándome caer en el asiento a su lado.

Ella se encoge de hombros.

—¿Y Matthew? —pregunto, buscándolo entre las personas en el aula.

—Está con sus queridos amiguitos malditos —susurra, casi puedo ver el veneno en la punta de su lengua—. No puedo creer que después de años de amistad, nos deje de esta manera.

Suelto una carcajada, ella es así casi siempre, bastante celosa y exagerada. Aunque no la culpo a pesar de que creo que en algún momento tendremos que expandir alas.

Además, él no nos dejó por completo. Nos acompaña en los almuerzos en algunas ocasiones y nos alcanza en los pasillos.

Suspiro, eso es realmente deprimente, si lo pienso mejor.

—Sí, bueno, supongo que en alguna ocasión podremos hacer algo por él que ningún otro podrá.

—¿Y eso qué? —pregunta haciendo un puchero. Debo admitir que su aspecto tierno, con su cabello de un marrón bastante claro lleno de reflejos dorados y su piel de porcelana que la hace parecer una muñequita no van para nada con su carácter acelerado, inquieto y explorador.

—No sé, solo sentí que debía decir algo —murmuro con una media sonrisa.

Frunce el ceño aunque una sonrisa se asoma en sus labios inmediatamente y su estado de ánimo parece cambiar.



Verónica Taboada

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En el texto hay: naciente amor, inculpados y sospechosos, desaparicion

Editado: 21.09.2018

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