Lo que sucedió con Anna Kenz

Tamaño de fuente: - +

Capítulo 14

Creo que, aunque todo apuntaba que la mala suerte estaba de mi lado, realmente no hubo fianza que pagar, solo una gran charla sobre los valores, la ética, la moral y el respeto a las leyes… y a todos en general. Además de que era obvio que no había asistido a clases.

De cualquier modo, no fue tan malo como esperaba. La comisaría no es el peor sitio del mundo si sabes que tu estadía allí no durará mucho. Pero bien, ese no es el caso.

El que sí es un caso… Es la fiesta que va a llevarse a cabo hoy.

Sí, una fiesta. Y yo voy a ir, ¿quién lo diría? Lo más sorprendente es de quién es la fiesta y en donde se hará. Les dejaré un momento para suponerlo, estoy segura de que será fácil pillarlo.

¿Ya? Porque de verdad, ¿desde cuándo Matthew se presta para ese tipo de celebraciones llenas de drogadictos? Bien, él no la organizó, sino Dev, pero Matt prestó su casa para el evento.

¡Matt! El Matthew estudioso, caritativo, debilucho y centrado que juraba odiar las fiestas. No puedo comprender de qué me perdí, ¿acaso viajé a Miami de vacaciones por unas semanas?

Sí, Miami, sé que puedo aspirar a más, pero ni siquiera tengo tiempo para pensar a donde me gustaría ir si tuviese la oportunidad de viajar.

Bueno, tampoco puedo juzgar a Matt, porque sé que podrá mantener un equilibrio entre sus actividades, solo espero que no nos termine desplazando por estar metido en problemas, que es lo que temo que está sucediendo.

Tarareando una canción de Bruno Mars me pongo unos guantes en las manos, solo para asegurar que mis uñas no van a arruinar la media fina que pienso ponerme.

Una vez vestida por completo solo queda… esperar. Alexia lleva en el baño al menos una hora, por lo que la espera se me hace interminable. Reviso mi atuendo, un short corto de vaquero, una blusa ajustada, las medias finas oscuras y un calzado moderno, de los que se usan ahora todo el tiempo.

Me dejo caer en su cama y cojo uno de los libros de Stephen Hawking que lee siempre antes de dormir y empiezo a ojearlo. Realmente ella puede ser muy desatenta y fuera de moda, pero aunque no parezca, es bastante más centrada que yo en los estudios.

Suspiro y dejo de tararear. Un ruido llamó mi atención.

—Alex, ¿no te parece que ya es ideal salir? —inquiero, buscando comprobar la fuente del ruido.

—¡No-o! —canturrea alegremente del otro lado de la puerta.

Bufo, pero alerta me acerco a la ventana. El ruido no lo hizo ella. Sus padres no están, me lo confirmó al invitarme para arreglarnos juntas, entonces…

Afuera ya está oscuro, pero intento captar cualquier movimiento. No estamos en el barrio más rico de la cuidad, pero eso no quita que sigue siendo un barrio de ricos. No hay más que perros o gatos en esta zona, aunque ahora no veo ninguno.

Cuando pretendo volver a relajarme y dejar de ser tan paranoica, lo veo. Los veo.

No puedo decir de quién se trata, puesto que no lo sé, pero dos personas parecen discutir tras un árbol descomunal y antiguo.

No podía afirmar que me concernía de algún modo, pero al ver a uno de ellos caminar en círculos nerviosos, puedo ver por su fachada que evidentemente no es de por aquí, y más, cuando señala hacia la ventana, donde yo estoy.

Me oculto a tiempo de no ser pillada, pero justo para captar a la otra persona, que resulta ser una mujer, observar hacia aquí también.

Respiro profundamente, con los engranajes de mi cabeza trabajando como locos para concretar… ¿qué relación tienen esas personas con Alexia? ¿O es acaso que están aquí por mí?

Acaricio suavemente mi costado derecho, sobre mis costillas, donde todavía subyace una cicatriz que no creo llegue a borrarse alguna vez. Contengo la respiración  y cierro los ojos con fuerza, antes de soltar el aire contenido y asomarme de nuevo en la ventana, con fuerzas renovadas. Fuerzas que se escurren entre mis dedos cuando ya no los veo, y la vaga idea de que se hayan percatado de mi presencia crece con certeza en mi cabeza.

 

 

 

 

 

Avanzo entre las personas directa al baño, hay un par de chicas esperando su turno, pero casi como una muestra de mi buena suerte momentánea, la puerta se abre y sin dudarlo me colo apenas la chica sale.

Sí, escucho maldiciones y palabras de odio hacia mi persona, pero no es que me importe demasiado ahora mismo.

Remojo mi rostro con la esperanza de borrar todo de mi mente, o de retroceder en el tiempo, tal vez. Pero todos sabemos que nada de eso es posible.

Las manos me tiemblan, es signo de debilidad, pero no puedo controlarlo. Me las aprieto con fuerza buscando calmar el estremecimiento que me recorre por completo y me dejo caer contra la pared, a pesar del frío que me exalta y pone de gallina mi piel.

«—No hables tan alto, imbécil —susurra una voz ronca y baja. Realmente no tengo idea de cómo terminé encontrando el sótano y escurriéndome en él buscando silencio y paz. Todo lo que no encontré.

—No me llames imbécil, sabes que no te necesito y puedo aplastarte hasta que no puedas siquiera formular una sola letra, ¿lo llevas claro? —No me malditamente jodas, ¿ese es Nick? ¿Nick el cagadín? Tiene que ser una estúpida broma, ¿no?



Verónica Taboada

#3791 en Thriller
#2162 en Misterio
#1670 en Suspenso

En el texto hay: naciente amor, inculpados y sospechosos, desaparicion

Editado: 21.09.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar