Lo que sucedió con Anna Kenz

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Capítulo 16

Y así permanecimos. Llorando los dos, lamentándonos, yo por no poder hacer nada por él y él por lo que creía que hice.

Después de eso, simplemente me soltó y se largó. Y allí yací por mucho tiempo, ante la atenta mirada de los espectadores, sin hacer más que mirar el camino por el que se largó el chico.

—Andy… —susurra Matthew llegando hasta donde me encuentro y dejando caer su mano sobre mi hombro, con la intención de girarme, pero no es necesario.

—¿Qué pasó? —pregunto esquivando su mirada.

—Una chica del tercer ciclo desapareció la noche del sábado. Ella estuvo en la fiesta, luego se apartó de su grupo y ya no volvió. Y tú tampoco.

Aprieto las manos en puños y levanto la mirada.

—¿Y tú crees que yo lo hice?

Veo como mira a los costados, rehuyendo de mi escrutinio, negando con la cabeza y abriendo la boca como un pez sin saber que decir.

—Yo… Yo no sé. No he visto nada, nada que confirme una cosa u otra… —susurra apenas. Suspiro y avanzo, dejándolo atrás.

Me siento como en los primeros días, en los que el director me llamaba a su oficina a cada momento, solo para ver si al fin me delataría a mí misma, o cuando mis compañeros huían de mí por miedo.

Y ni siquiera tengo la posibilidad mínima de defenderme. No sé quién está haciendo tanto daño, ni por qué, ni cómo.

Solo sé que no soy culpable y que nadie va a creerme a pesar de que lo juré por mi vida.

Y es eso mismo lo que me lleva a levantar el mentón con decisión y a no esconderme en algún cubículo del baño de damas.

¿No tengo información? Pues voy a conseguirla.

 

 

 

Salgo de mi segunda clase en el día, debo admitir que fue horrible estar allí dentro. Casi me sentí claustrofóbica, y de hecho, habría colapsado si no tuviese una meta a la que llegar.

Estoy bastante decidida, y no pienso caer hasta llegar a mi objetivo. Si es que llego.

—Athens —oigo que me llaman. No es un grito, ni un chillido, es simplemente la potente y autoritaria voz de Marc que consigue detenerme sin siquiera planearlo.

—¿Sí, Marc? ¿Desea algo, su alteza? —inquiero volteándome hacia él con aburrimiento.

Yo solo puedo decir que en el cambio de hora hasta lo imposible puede pasar.

—Eventualmente, ven. —Me coge de la muñeca y tira de mí hasta la zona de los que se encargan de limpiar el instituto.

—¿Qué? —cuestiono cuando se detiene y me mira de pies a cabeza, analizándome con la seriedad que le caracteriza.

—Nada. Te veo bien, ¿pero lo estás?

Bufo cruzándome de brazos, manteniéndole la mirada.

—Estoy perfectamente, Marc. ¿Qué? ¿Esperabas que me derrumbara porque volvieron a inculparme? No te preocupes, si es que lo estás, puedo cargar con mis problemas yo solita.

Suelta una risa sin ánimos, seca, mirando hacia arriba un momento, como pidiendo paciencia a quién sabe qué. Tal vez al techo. No creo que eso sea posible, Marcito.

—No es necesario que te pongas a la defensiva, Andrea. No te traje aquí para burlarme.

Entrecierro los ojos y me paro con más rectitud.

—¿Entonces para qué?

Abre los labios dispuesto a hablar, pero no pronuncia absolutamente nada. Se queda ahí, mirándome con un brillo distinto en la mirada. Nada romántico, nada tierno, solo deslumbrante. E hipnotizante.

—¿Qué? —vuelvo a preguntar, sin poner contenerme a la curiosidad.

Niega con la cabeza antes de hablar:

—Solo quería asegurarme de que quieres seguir con la investigación después de esto.

Sonrío ladeadamente.

—Nunca deseé hacer algo tanto como esto. ¿Es todo lo que querías de mí? —consulto, girándome para volver a clases.

Al no oír respuesta, vuelvo a mirarlo, pero él solo ve un punto frente a mí. A un chico. Al chico de la entrada.

Se acerca a mí a pasos lentos, no ve a Marc, solo a mí. Capto la decisión destellando en su mirada ardiente de venganza. No puede ser, ¿de verdad va a intentar matarme?

—Hola, Andy —susurra con voz trémula, usando mi apodo. ¿Quién le dio permiso para usar mi apodo?

—Andrea para ti —mascullo sin quitarle la mirada de encima. Creo que estoy lanzándome al infierno yo solita, sin siquiera sospecharlo.

—¿Sabes por qué estoy aquí, no? —pregunta suavemente, bajando la mirada e ignorando a Marc, que acaba de dar pasos frente a mí. Por un momento creo que se va a ir, pero sin embargo, se detiene justo enfrente para protegerme del chico. O eso creo.

—Claro que lo sé, lo dejaste bastante claro. Quieres matarme, ¿pero sabes qué? No cualquiera se atreve a matar a otra persona. Y de hecho, sin problemas pudiste matarla tú, y aprovechar que todos desconfían de mí para echarme la culpa.

—Andrea, cierra la boca de una vez —exige Marc sin mirarme, pero con un tono de voz cargado de seriedad y una amenaza implícita en sus palabras. Suspiro. De todas formas, no es la mejor táctica escupir excusas y ridiculeces en un momento como este.



Verónica Taboada

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En el texto hay: naciente amor, inculpados y sospechosos, desaparicion

Editado: 21.09.2018

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