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Por la noche

17/11/2019

Hay noches en las que no puedo dormir. Noches en las que solo me quedó en mi cama mirando el techo y no puedo evitar que mi mente divague de pensamiento a pensamiento y es solo entonces, en el cobijo de la noche, refugiado entre las cuatro paredes de mi habitación y libre de miradas ajenas que me permito pensar y reflexionar sobre mi condición. No sé como llamar a lo que siento. Lou lo llamaba “la enfermedad” y durante mucho tiempo así mismo lo consideré yo; como una enfermedad que carcome mis entrañas, que contamina mi mente y que va consumiendo mis fuerzas, pero recientemente he comenzado a cuestionar está conclusión. ¿Es realmente una enfermedad? Después de todo el bien y el mal no existen realmente, son solo caprichos de la mente humana.

¿No podría ser la enfermedad el reprimirlo? Mi cuerpo se desgasta con cada impulso que ahogo, mi alma enferma un poco más cada vez que le prohíbo aquello que tanto anhela. Quizás es cierto y la única forma para librarme de estos deseos es ceder ante ellos; una vez, solo una, me saciaré y entonces podré seguir con mi vida sin mirar atrás.

Y es entonces cuando tengo que detenerme y ponerme a pensar en otra cosa, porque no puedo hacerlo. No puedo racionalizarlo, no puedo justificarlo o darle un noble propósito.

No puedo decir que hay voces malvadas que me atormentan para hacerlo, por qué no hay voces, solo hay una y es la mía y no es malvada ni me atormenta, es dulce y me susurra. Y eso lo hace peor, no puedo culpar a nadie más por estas ansias, porque no son de nadie más, son mías, y tengo que reprimirlas y sé que al final me van a matar.

Cada noche tengo que encadenar al monstruo que vive dentro de mí y que anhela la violencia, que sueña con dolor y gritos, que cada día me murmura lo libre que podría ser; el placer que podría sentir, porque este monstruo no es una bestia bruta e irracional, es calmada y fría, calcula sus pasos y mide sus palabras, hasta el punto en el que en ocasiones no se si mis pensamientos son míos o fueron influenciados por ella.

Cada día miro a la bestia a los ojos, le pongo una piel y le obligo a salir a la calle; la hago mirar a la gente a los ojos, a sonreír y a reír con ellos; habló por ella, la obligo a convivir con los demás y la alejo de cualquier contacto.

Sé que este control es temporal, porque este no es mi cuerpo, es suyo y temo por el día en el que ya no pueda mantenerla encadenada y sea libre; me obligará a mirar y a admitir que, muy en el fondo, eso fue lo que siempre quise.



Giovani BP

#1217 en Joven Adulto

En el texto hay: secreto, violencia, narcisismo

Editado: 25.11.2019

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