Los 365 días de amor

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Los 365 días de amor

El país entero se preparaba para la gran lluvia de amor que se aproximaba en el corazón del Caribe, en República Dominicana, con sus lujosas ofertas en distintos restaurantes, tiendas, y anuncios comerciales. Incluido los programas de televisión preparaban sus sorpresas para aquel día tan esperado por muchas parejas.

Apagué la pequeña televisión donde apenas se podía ver alrededor de cuatros canales. El resto tenia que jugar con la antena en diferentes posiciones para poder ver algún canal con una imagen bien definida.  
No vivía en un lugar con una gran comodidad pero era mejor tener poco que no tener nada. Por eso siempre daba gracias a Dios. 
—Abiel... —susurré tocando su hombro. Él ni se inmutó. Resoplé. Abiel era mi pareja, mejor dicho él era mi esposo. Ya sé, te preguntaras por qué una joven de piel canela, pelo largo negro como Pocahontas estaba casada tan joven con una vida por delante. 
Algunas jóvenes se enamoraban y metían la pata hasta el fondo provocando que a tan temprana edad salían en estado, se casaban, o el padre negaba a la criatura y al final la madre acababa por criar a su nieto. Por supuesto, que ninguno era mi caso. 
Mi caso era algo diferente, yo Fior Gómez con 20 años de edad me había casado con Abiel Suarez de 23 años. Él es mi mejor amigo desde la infancia. Tenemos un año y medio de matrimonio. Nuestro amor fue forjándose desde nuestra infancia con sus pruebas y batallas. Nos casamos porque queríamos tener una vida juntos y alejarnos de nuestros padres quienes no eran un ejemplo a seguir. Nuestra economía no era la mejor del mundo pero podíamos vivir con lo poco que entraba.  
— ¡Abiel vas a llegar tarde! —grité algo más fuerte pero cuando iba a quitar mi mano de su hombro él me tiró encima suya acomodándome entre su pecho.
— ¿No puedes despertarme como solías hacerlo? ¿Depositando tus bellos labios sobre los míos? —preguntó alzando levemente una de sus cejas la cual estaba bien perfilada. Negué con la cabeza e intenté separarme de él pero sus brazos fuertes lo impidieron—. ¿Aún estás enfadada? 
Silencio. No contesté. Por supuesto que lo estaba. Apenas podía verlo con tanto trabajo que tenia. No había tiempo para nosotros.
—Sabes que necesitamos el dinero y quiero que podamos vivir en mejores condiciones.
Nuestro hogar como había dicho no era el mejor de todos. Vivíamos en un barrio donde la mayoría de las casas estaba hecha de cinc o de madera. En nuestra casa las paredes eran del mismo material que del techo, cinc.
Cuando llegaba la tarde no había quien estuviese dentro de la casa porque era un terrible horno. La sala y la cocina estaban juntas, en cuando al dormitorio sólo lo separaba una cortina que hice que Abiel colocara. Teníamos la nevera, un pequeño juego de comedor de segunda mano adornando la sala, y un único espejo en lo que seria la habitación. Abiel gracias a Dios no era de esas personas conformistas que no hacían nada para mejorar su calidad de vida culpando al gobierno, que todo está caro, culpa de la sociedad, de mis padres y otras miles excusas más.
Es cierto, el gobierno tiene la culpa de que los ciudadanos vivieran en una mala condición de vida, pero también tienen la culpa los mismos ciudadanos que se venden por un plato de arroz y no pensar en el futuro. Ya no habían personas como las había antes; los padre de la patria, las hermanas Miraval, entre otros.

—Y darte lo que te mereces... —susurró acariciando mi mejilla. 
Lo entendía pero apenas podía verle. Llegaba tan tarde del trabajo que apenas me miraba o me tocaba. 
Abiel pegó sus labios con los míos dándome un beso profundo y cuando quería más él finalizó el beso esbozando una sonrisa mientras tomaba mi mentón con sus dedos.
—Me temo que si sigo no podré irme. 
Se relamió los labios y se fue en dirección al baño el cual por desgracia estaba fuera de la casa. 
Me llevé la almohada al rostro suprimiendo un grito. No quería pensar en las cosas que me decían mis amigas las cuales tenían una mejor calidad de vida y tenían más experiencias con los hombres. Decían que el comportamiento de Abiel podría ser síntomas de cuernos.  

Me negaba a creerlo.

***

Cuando salí de la universidad mis amigas me invitaron a comer algo. Protesté varias veces pero al final acepté. Ellas no paraban de hablar de lo que iban hacer el 14 de febrero. Manuela por un lado decía que su nuevo novio iba a llevarla a un Resort en Punta Cana. El esposo de Laura estaba preparándole una maravillosa sorpresa con pequeñas pistas que desde finales de enero había empezado. Sólo faltaban quince días para el día del amor o de la amistad. Como quieras llamarlo. Ellas me miraron esperando que les comentara lo que iba hacer para ese día. ¿Tenia algún plan? En realidad Abiel no me había dicho nada y sobre todo estábamos muy distantes para planear algo. Me encogí de hombros y bebí un poco de refresco.
— ¿Nada? —preguntó Laura como si fuera lo peor que me hubiera ocurrido.
—Aún no hemos planeado nada —alcancé a decir. No quería hablar de esto. Estas fecha no eran de las mejores porque mayormente no lo celebrábamos. Nos quedábamos en casa viendo una película o me invitaba a comer algún helado, era algo sencillo. Tal vez me regale una rosa como solía hacer. No lo sabía pero tampoco iba a ponerme pesada para que hiciéramos algo.
— ¿Y has descubierto algo? —esa fue Manuela quien decía que Abiel me pegaba los cuernos. Dejé mi bebida en la mesa.
—No, Manuela, él no me está poniendo los cuernos. Es solo que trabaja más de la cuenta.
Sí, posiblemente ellas estuvieran pensando que era una gran boba por confiar en que un hombre te prometa amor eterno, pero lo conocía. Sabia que no lo hacia o ¿era lo que quería pensar?
—Yo que tú investigaría bien. Revisa el cuello de su camisa, sus mensajes de texto, si cuando viene él trata de regalarte cosas que no lo hacia normalmente. Muchas veces los hombres lo hacen porque se sienten culpables. 
Negué con la cabeza. 
—No haré tal cosa —dije en seco. No podía permitir que dañaran mi confianza hacia él. Decir que todos los hombres eran iguales no era una frase del todo cierta. Puede que fuera una tonta al pensar así pero la confianza es la base de una relación. 
—No puedes meter la mano en el fuego por un hombre... Puede que te quemes —añadió con un rostro de compasión. Me enojé. 
—Chicas gracias por su invitación, pero tengo que irme —me levanté del asiento y antes de irme escuché esta vez a Laura.
—Piensa bien lo que te dijo Manuela. 
Oh, en serio ¿ella también? Respiré hondo y forcé una sonrisa.



Mady

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En el texto hay: matrimonio, amor, superacionpersonal

Editado: 10.07.2019

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