Los Cazadores del Otro Mundo: Fruto de Sangre, Libro 1

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Capítulo Uno: La Mansión de los Brujos

Mediados del doceavo mes de 2039

Ansansa, Provincia de Horzar

Un cegador destello titilante irrumpió en mitad de la fría y oscura noche en las cercanías del puerto viejo de Filak; ubicado en el extremo sur de la República de Namasu. No se oía ningún ruido excepto los siniestros susurros de la desgarradora brisa nocturna. A orillas del mar, una fulminante llamarada alumbraba un desvencijado puente de madera que se erigía sobre las aguas como un misterioso sendero flotante. Cuando el fuego finalmente se extinguió, quedaron al descubierto tres siluetas, las que de algún modo, resaltaban bajo la tenue luz de la luna llena.

—¿Es aquí? ¿En medio de la nada? —cuestionó una voz incómoda y levemente distorsionada.

—Sí, está ante nuestros ojos —dijo una segunda voz, masculina y con un siniestro tono cautivador—. Les mostraré el verdadero camino.

El hombre alto y de inusual voz seductora se acercó un poco más a la orilla, una mano pálida se asomó por la larga manga del abrigo; extendió su dedo índice en la penumbra y de la nada se encendió una llama en la punta de este, como si el soplar de la brisa la hubiese generado, luego el encapuchado alumbró hacia el viejo puente de madera para asegurarse de que no hubiera ningún guardián custodiándolo. Entonces, el sujeto inclinó la mano, apuntando al suelo y la llama cayó producto de la gravedad como una gota de fuego. A continuación, las llamas se propagaron con rapidez a lo largo de todo el puente, develando consigo un singular sendero ardiente que se adentraba mar adentro, por encima de las nebulosas aguas de la costa de Kerkov.

—Síganme en silencio y no se detengan por nada —ordenó el mismo sujeto, esta vez, en tono tácito.

Los tres encapuchados se encaminaron de inmediato a través de las ardientes llamas que envolvían al viejo puente, con pasos rápidos y firmes. Era de madrugada, pero el lugar parecía estar desprovisto de vida, no zumbaba ningún insecto y en la inquietante oscuridad que los rodeaba, las sombras cobraban vida y se contorsionaban de formas extrañas al ritmo de los efímeros sonidos de los elementos. Conforme avanzaban, el fuego a sus espaldas se apagaba con el soplar del viento, dejando una estela de humo y penumbra a su paso.

—La presencia de magia oscura se hace cada vez más fuerte —comentó una mujer, de voz apagada y con un distinguible acento marcado.

—¿No es obvio? Este es el territorio de los brujos —respondió el tipo de voz gutural.

En el cielo, las nubes amenazaban tormenta, la marea comenzaba a agitarse y la insistente brisa parecía confabularse con los destellos de los relámpagos que les daban la bienvenida a una pequeña isla. Apenas tocaron tierra el puente de madera se esfumó junto con el fuego y se encontraron delante de un elegante portón de hierro forjado cubierto por enredaderas y tulipanes. La presencia de los visitantes hizo encender de la nada dos antorchas que custodiaban solemnemente la entrada.

«Mansión Valverde», decía en un rótulo de madera nativa clavado a una estaca del mismo material y enterrada a un costado cerca de la orilla.

—¿Y ahora qué? ¿No debería estar alguien esperándonos aquí? —murmuró el mismo sujeto de voz tétrica, manifestando un sutil deje de impaciencia.

—¡Silencio! Skalov —lo cayó la voz tosca del otro tipo—. Te lo advierto, no abras la boca mientras estemos allí dentro... ¿entendido?

El hombre llamado Skalov respondió con un quejido de molestia y luego enmudeció.

—Mi señor —arguyó la mujer—, hay que ser breves, no contamos con mucho tiempo. La central demonológica de la capital no tardará en intentar contactar a los sacerdotes del templo...

—Sí, lo tengo claro.

Luego vino una breve pausa, y tras ella, con un fuerte chirrido el portón se abrió a sus anchas, invitándolos a entrar. Los encapuchados no se entretuvieron y continuaron avanzando a través de un oscuro sendero tupido por una hilera de imponentes álamos que adornaban ambos lados del camino y describían el cerrado ascenso a la Mansión. Sin mediar palabra ni contacto visual entre ellos, caminaron cuesta arriba por el sombrío y precario caminito de tierra. Pasados unos minutos, un violento rayo irrumpió en las alturas generando un tímido resplandor que por algunos segundos develó las primeras gotas de lluvia. Luego, cuando finalmente habían llegado a lo más alto del sendero, la luz les alumbró de golpe. Se encontraban ante la majestuosa Mansión Valverde o «La Mansión de los Brujos» como era popularmente conocida en épocas remotas.

El mismo sujeto alto quien daba la impresión de ser el que comandaba al grupo se acercó con sigilo a la Mansión, subió por los escalones de piedra y se detuvo delante de una amplia puerta de roble tallada. La intensa luz de los faroles de la entrada que, ahora cubrían por completo al misterioso hombre, dejó entrever la fina y delicada terminación de su rostro: tenía labios delgados y su piel blanquecina parecía estar hecha de una suave capa de porcelana. El hombre levantó su brazo para alcanzar una manilla de acero y llamó a la puerta dando tres golpes consecutivos. Esperó paciente mientras sus colegas observaban en silencio en la retaguardia. Luego de un rato, se escuchó que alguien sollozó detrás de la puerta y ésta se abrió. Un elegante duende verde, de pequeño sombrero y bastón, estaba parado en medio del umbral.



K.Leen

Editado: 02.12.2019

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