"Los Cuentos de Príncipes sin Princesas"

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"El Niño y el Príncipe Bestia" - Parte 3

3° Parte: "El Niño"

René Devaux era un rico y muy conocido comerciante de la isla de Troy, perteneciente a los territorios del Reino del Norte. Se cuenta que se casó muy joven con su prima, una mujer que le doblaba en edad y era muy acaudalada. Con su pericia en los negocios y el dinero de su esposa, prosperó hasta ser muy rico. Compró barcos y trabajó por muchos años comerciando en los sietes reinos con fina mercancía y exóticos artículos que traía desde tierras muy lejanas. En la isla compró una gran residencia y en su propiedad tenía muchas tierras fértiles y animales.

Pero su mayor orgullo eran sus dos hijos, unos gemelos a los cuales llamó Darell y Delrick. Estos al crecer fueron hombres muy grandes, fuertes y...muy prepotentes; eran conocidos por su mal carácter y sus ínfulas de "príncipes" entre los lugareños. Su dinero y su posición los hacía creerse los dueños de todo y se encargaban de los asuntos de su padre no siempre de forma sabia, sino más bien cometiendo muchas imprudencias. Para muchos de los que trabajaban a su lado y para los pueblerinos, estos jóvenes eran déspotas y muy insoportables; pero el señor Devaux los amaba y trataba de encaminarles y corregirles, como el padre protector y noble que era.

Con el transcurrir de los años, la esposa de Devaux falleció en buena vejez. Sus hijos, ya entrados casi en los veinte años, se afligieron con la pérdida de su madre, pero aun así no escarmentaron en su pésimo proceder sino que seguían igual de orgullosos e insensatos. Algo que les desagradó mucho fue que al tiempo su padre volvió a casarse, esta vez con una mujer muy joven y humilde. Charlize era toda una hermosura, pero lo más bello en esa joven no era su apariencia sino su apacible carácter con el cual conquistó el corazón del rico comerciante. Con ella René Devaux conoció realmente el amor; ya que con su primera esposa fue algo más bien arreglado por su familia por intereses económicos; pero con Charlize fue su corazón el que lo movió a desposarla.

Cuando supo de la preñez de la joven, Devaux se sintió inmensamente feliz. En ese momento lo tenía todo: Bienes, riquezas, una esposa hermosa y dulce, y a sus hijos. Ahora vendría un tercero, y Devaux creía que el Hacedor no podía bendecirle aún más. Pero en el corazón de sus orgullosos hijos un tercer heredero no tenía cabida en este mundo, así que desde ya le odiaban y despreciaban enormemente a su joven madrastra. El padre, ocupado en sus muchos asuntos no tenía idea de los sentimientos que sus hijos sentían contra su nueva esposa y menos contra la criatura que aún no había nacido.

Julien nació una noche muy tormentosa. La isla fue azotada por una terrible tormenta con vientos terribles y destructores. La joven madre temía por su vida y la de su bebé, y en medio de todo ese caos Charlize luchaba por traer al mundo a su criatura. El padre y sus hijos ni siquiera estaban en la suntuosa residencia; sino que estaban en el muelle intentando salvar las embarcaciones y su preciada mercancía. Al amanecer los rayos del sol iluminaron la devastada isla, muchas embarcaciones fueron destruidas por la fuerza de las olas y los vientos destruyeron todo a su paso; mucha gente murió y las pérdidas fueron incontables. Pero lo peor para Devaux fue llegar a su hogar y encontrarse con la noticia de que su amada esposa había muerto dando a luz a su hijo, un pequeño que nació antes de tiempo y que ahora no contaba con la protección de su madre.

Así, en una noche, cambió por completo la suerte de René Devaux. Perdió la mayoría de sus preciados barcos y su mercancía, y a su amada esposa. Sin nada que comerciar y en medio de la ruina que dejó la tormenta; pronto el rico comerciante se vio rodeado de males y deudas. Lo poco que no perdió en la trágica noche debió venderlo para pagar a sus acreedores. Su magnífica residencia pasó a manos de un noble y la mayoría de sus tierras fueron subastadas. La fortuna que tenía reservada para la herencia de sus hijos desapareció y con lo poco que retuvo se trasladó a una casa sencilla con una porción de tierra que apenas les daba para sobrevivir. Con todo, el padre intentaba salir adelante por sus hijos y por el pequeño que nunca conoció esos días de lujos y abundancia que alguna vez tuvo su familia.

—¡Inútil! ¡Al menos si fueras alto y fuerte podrías ayudarnos en las labores! Pero tenías que ser una sabandija enclenque al que mantener...

—¡No soy un inútil! ¡Y soy fuerte! Puedo hacer cualquier trabajo que hacen ustedes, ¡no necesito que me mantengan!

—¿Escuchaste eso, Darell? ¡Ese gusano cree que es como nosotros! —Derilck se rió a gran voz burlándose de su hermano menor.

Los gemelos trabajaban en el campo reparando una cerca que contenía a las cabras que criaban. Para ese entonces ya habían cumplido los treinta y tres años y Julien apenas tenía trece recién cumplidos. Pero el pequeño era muy diferente a sus hermanos mayores, tanto en apariencia como en su carácter: Julien era muy bajo de estatura y de cuerpo menudo, quizás por haber nacido antes de término o porque su madre era una dama muy delicada y de silueta pequeña. Pero al igual que ella era sumamente bello, con una piel blanca y muy fina, unos enormes ojos azules casi cristalinos como el agua, sus mejillas eran rojizas y pecosas, y sus cabellos eran finos rizos dorados muy claros, que brillaban bajo el sol. Era simplemente una criatura muy hermosa y a pesar de vivir en condiciones tan difíciles y tener tan poco, Julien era muy sencillo, humilde, compasivo y se contentaba con las cosas simples que poseía.



Luzbel Guerrero

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En el texto hay: lgbt, gay, cuentos de hadas

Editado: 19.02.2018

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