Los Cuentos se Mezclaron

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Blancanieves, Hansel y Gretel.

Había un castillo en el bosque. Un castillo que nadie conoce, un castillo blanco y limpio, que brillaba de noche y en cuyas torres había palomas, gorriones y turpiales cantarines. En ese castillo también había un hermoso jardín con un bello lago, con aguas cristalinas y peces de mil colores distintos.

En ese castillo también había y muchas habitaciones. Todos son distintas una de la otra, unas son grandes, otras pequeñas, unas azules, otras rojas, unas con tela, otras decoradas con piedras. No había ninguna como otra, ni otra como ninguna.

En ese castillo había una reina. Y así como era bello el castillo, así de malvada y cruel era la reina. Vanidosa, egoísta, malcriada, iracunda, rencorosa, vengativa, y con un alma tan negra como el carbón.

La reina se llama Gía, y venía de una familia muy pobre. El antiguo rey había enviado una invitación a las doncellas del reino para conocer a la que sería su futura esposa, y la reina, en ese entonces una chica, decidió que ella sería la que se casaría con él.

La chica era pobre, no tenía vestidos ni joyas para adornar su cuerpo, pero era una hechicera con grandes poderes. Con su magia se hizo un vestido, anillos, pulseras, zarcillos, collares, zapatos, se hizo un carruaje que se conducía por sí mismo, y cuando vio al rey, lanzó un hechizo para enamorarlo perdidamente de ella.

El tiempo pasó, y el rey desposó a la chica. Durante su primer aniversario de bodas, el rey se fue lejos, tan lejos que nunca regresó. Nunca nadie supo qué pasó, pero algo era seguro: Ahora viuda, la reina era la máxima autoridad del reino.

Desde ese momento, la pequeña hija del rey, de piel blanca como perlas, labios rojos cual rosa, y cabello negro como ébano, pasó de ser la princesa a ser la única sirvienta de la reina, pues todos los demás fueron despedidos.

A diferencia de la cruel reina, la niña era dulce, amable, gentil, generosa, sincera, correcta y modesta. Le daba igual vestir telas de seda o harapos, no le importaba trabajar, pues le gustaba ejercitarse de alguna forma, y tampoco hacía caso de la crueldad con que la trataba la reina, pues ella creía que todas las personas eran buenas en el fondo.

Los días se volvieron semanas, las semanas meses, los meses años, y así pasó el tiempo hasta que la princesa Blancanieves, el cual era su nombre, cumplió la mayoría de edad, lo que significaba que podía reclamar el trono que tenía su madrastra.

La Reina despertó asustada ese día. No sentía el calor del sol ni escuchaba el canto de los pájaros, solamente pensaba en su corona, su amada corona, su poder, el respeto que tenía. Todo eso ahora se lo podía quitar una niña huérfana, una chica que vestía harapos, manchada de polvo, lodo, sudorosa, desaliñada… ¡Una niña que lucía como una indigente!

Ese mismo día, la reina anunció desde su torre que necesitaba a un cazador, y que de cumplir la misión que ella le diera, lo premiaría con el oro y joyas que quisiera. Cuando vio a uno que se veía fiel y capaz, le ordenó entrar al castillo.

—Quiero que te lleves a Blancanieves, que pasee un rato por el bosque, dile que le tienes un regalo sorpresa, y cuando se descuide, quiero que la dejes abandonada, que no pueda regresar.

—Como usted ordene, majestad—El cazador, que era pobre, estaba dispuesto a todo por dinero, pues tenía una esposa y tres hijos—.

—Y no se te ocurra traicionarme, porque me enteraré y vas a pagar el precio.

—No lo haré, majestad.

—Ve pues, no pierdas tiempo.

El cazador salió del castillo. Sabía lo que tenía que hacer y no le importaba. Encontró a la chica, cubierta de sucio y tierra, le dijo que se arreglara para ir a pasear, y con emoción, Blancanieves fue a bañarse y vestirse.

Cuando estuvieron en el bosque, el cazador espero el momento en que Blancanieves estuviera recogiendo flores para darle un golpe en la cabeza y dejarla desmayada. La montó en su caballo y la llevó a mitad del bosque. La tendió en el piso, y se fue.

Minutos después, Blancanieves despertó, en una cama caliente y con un olor a cerezas en el aire. Abrió los ojos y vio que estaba en una cabaña muy pequeña. Se asustó, pero cuando vio a unos enanitos entrar, y con caras cariñosas, se calmó.

Los enanitos, que eran siete, le dijeron que la rescataron de unos lobos que se la querían comer; Blancanieves les agradeció y decidió cocinarles una rica comida. Mientras tanto, muy cerca de allí, dos hermanos estaban llorando.

Se llamaban Hansel y Gretel. Eran hijos de unos campesinos egoístas como la reina. Habían sido vendidos a unos ladrones para poder comprar unas plantas y adornar su casa, pero los ladrones los habían abandonado en el bosque, justo como había hecho el cazador con Blancanieves.

Los hermanos no sabían a dónde ir, pero caminaron y caminaron durante mucho tiempo, hasta que llegó la noche y no sabían dónde dormir. En ese momento les llegó a los dos el olor de pavo, chocolate y el sonido de una guitarra haciendo mucha música.

Los hermanos, con mucho miedo del bosque, corrieron hasta encontrar la cabaña de los enanitos y Blancanieves. Allí, la princesa los escuchó, los consoló, les dio comida, bebida, y los invitó a bailar con ella, los enanitos y los animales que habían entrado.



Alan D.D.

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En el texto hay: retelling, cuentos de hadas, magia

Editado: 10.02.2019

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