Los Escritos De Blake

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1 La vida en Máreda

La edad media se abría paso en Nasca mientras que todo el continente aclamaba al nuevo Rey. Los Nascaenses gozaban de los festines, y las celebraciones se extendían por semanas; incluso en los sitios más recónditos del bosque donde habitaban razas de individuos que poco interés poseían en los asuntos externos. Los Helus tenían muchos motivos para festejar y muy pocos por los cuales preocuparse… las riquezas se acrecentaban y las ciudades se expandían año tras año, con construcciones cada vez más deslumbrantes y primorosas.

Hacía varios siglos que Nasca vivía en armonía, y sus habitantes poco recordaban sobre aquello que escondía la neblina. La historia sobre los Humanos se había extendido por toda la tierra, y había generado una ola de incertidumbre especialmente en la región lindera… sin embargo, fue el propio tiempo el encargado de minimizar los temores hasta despojarlos, y algunos años más tarde, aquel asunto desafortunado había dejado de estorbar en la memoria.

Detrás de la neblina, en la parte olvidada del territorio, los individuos vivían su vida sin tener noción de todas las complejidades que había ocasionado su inoportuna llegada. Había verdades que ni el olvido intencional ni el poder de la magia fueron capaces de silenciar… y con el tiempo, todos los intentos por apartarlos de la realidad sucumbieron, no dejando más remedio que la aceptación. Con el tiempo, y sólo con el tiempo, se aceptó que no se podía callar un eco; porque la voz sólo por ser voz ya cuenta con su propia historia, y todas las historias tienen derecho a ser contadas.

Durante todos los años de silencio, donde los Helus habían ignorado aquella pequeña extensión de la tierra, los Humanos consiguieron adaptarse; y luego recién de establecerse, exploraron las tierras salvajes y solitarias. Hacia el noroeste el bosque Pardo era frondoso y se situaba en las faldas de las Montañas Blancas. Allí nacía el Río Lye y atravesaba todo el territorio dividiéndolo en dos mitades. Hacia el sur, en la zona próxima a la neblina, los terrenos eran ondulantes y se cubrían por tunas mayormente descoloridas. En aquel sitio se encontraba el bosque Corteza de Plata, de troncos nudosos y ciénagas que dominaban la región oeste. El bosque Madinor se encontraba al noreste y se ubicaba sobre planicies; sitio caracterizado por su espesura y sus proporciones enormes.

Con el transcurso de los años aquella región fue llamada «Máreda» por sus habitantes Humanos, y se formaron en dicho territorio tres pequeños poblados. Ciervo Viejo se ubicaba al oeste, al reparo de las Minas Plateadas de paredes escarpadas. Poblado Nogal se hallaba sobre mesetas, y se ubicaba en las cercanías de Monte Hell, en el centro del territorio. En la costa septentrional, junto al gran bosque Madinor, reposaba el tercer poblado, el primero en crearse, poblado Esgolia, o lo que vulgarmente se conocía como «Aldea». Allí comienza la historia, en los inicios de la edad media, donde no se esperaba que suceda nada inolvidable que merezca la pena en los libros o recuerdos…  en una cabaña que de afuera no decía nada, pero donde sería el comienzo de todo.

 

Una partera atendió el nacimiento de un niño a la medianoche, anotó en su registro que nació sin vida, y se retiró del lugar perdiéndose entre la oscuridad de la noche. Aquel hombre y aquella mujer experimentaron el horror en carne propia. La mujer estaba débil y sin fuerzas, el sufrimiento había silenciado sus lágrimas y al poco tiempo el sueño la venció… como si en su desesperada alma ella quisiera dormir por siempre, y no despertar al otro día dentro de aquella realidad espantosa. El hombre se pasó la noche entera llorando de rodillas, implorando en voz baja que todo sea un sueño, sacando a flor de piel su más sincero lamento. La lámpara de aceite titiló hasta que se apagó por completo y la abrumadora noche abrazó toda la habitación.

         Las horas se tornaron eternas y al cabo de algún tiempo el sol apenas comenzaba a mostrarse tímido, con sus primeros rayos débiles que pintaban el cielo de tonos rosados y violáceos. Las noches siempre habían resultado silenciosas, pero aquella vez en particular, los pensamientos parecían tener voz propia en un entorno tan mudo, cargado de pesadumbre; o tal vez apagado por tantas preguntas juntas a las que no se les encontrarían respuesta jamás. Sólo restaba seguir, sintiendo todo el tiempo la ausencia y el alma incompleta.

         Mientras Camil continuaba despierto, asimilando todo aquello en su cabeza, escuchó un llanto cargado de fortaleza que le erizó la piel y le quebró en dos mitades el corazón. El hombre creyó estar perdido entre un sueño y la realidad; le dolían los huesos por tanta carga y se volvió a decir a sí mismo que aquello no podía estar sucediendo. El llanto cesó, pero a los segundos volvió con mayor intensidad.

Su mujer se despertó en ese instante, presa de algún extraño sentimiento. Ambos intercambiaron miradas, perplejos, y a pesar de que había mucho por cuestionar y decir, todas las palabras se ahogaron en el silencio. La mirada cómplice que una vez los atrajo, ahora estaba llena de dudas e incertidumbres, pero convencidos de que ambos estaban oyendo lo mismo, y observando al mismo tiempo cómo las mantas dentro de la cuna se movían despacito y con ternura. Camil destapó el cuerpo de su hijo y observó que su pecho se inflaba de aire al mismo tiempo que lloraba como si recién acabara de nacer. Fue un suceso inexplicable; de aquellos que dicen los más ancianos «ver para creer»,  pero la única certeza era que el niño había regresado a la vida.



Julina Hessen

Editado: 23.11.2019

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