Los Frutos del Tiempo Relatos Cortos

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El lápiz mágico

El chico miraba a la pizarra apesadumbrado, se había anunciado un examen ridículo en la materia más ridícula en la que podría fallar: Caligrafía.

Desde que tiene memoria siempre ha sido reprendido por sus malas calificaciones en esta materia, su letra, fea a mas no poder a menudo es comparada jocosamente con la de un doctor, aunque de grande le gustaría ser uno, pero con buena letra.

De vez en cuando sus profesores le golpeaban la mano por su mala caligrafía, como si eso fuera a funcionar. Solo conseguían que su letra empeorara por el dolor causado y su amargura crecía.

El examen seria sencillo, bueno, eso en teoría, pues, no hay nada más difícil que algo fácil que no se puede hacer.

El profesor se limitaría a escribir una frase en la pizarra, con mala letra de profesor eso sí, y los alumnos tendrían que ignorar la mala letra del profesor para hacer una buena letra idéntica a la que fue producida por una computadora y reproducida por una impresora.

Los alumnos no son máquinas, ¡¿lo sabían?!

Era necesario ponerse a practicar así que tomo su pluma roja para el título y la azul para el resto.

Hacia una plana cada hora, cerca de 1500 palabras de letra horrible y peor conforme el dolor aumentaba.

A veces, se distraía dibujando líneas y curvas al azar en la última página pero todo salía torcido y deforme, incluso ese extraño dibujo que debía ser una carita sonriente hecha de un circulo, dos puntos y una media luna.

Tanto practico y tanto divago, que la pluma se quedó rápidamente sin tinta.

Si, esa confiable pluma de tinta que parecía casi ilimitada iba secándose a tal velocidad que parecía que se evaporaba.

Cuando se dio cuenta, en la hoja solo salía la marca de la presión que hacía en el papel pero no salía la tinta, así que busco alguna otra forma para poder seguir practicando.

Nada, ni una sola pluma, todo eran carcasas secas de las otras que había usado y nada más, pero al fondo, en uno de los cajones encontró un viejo lápiz, probablemente de sus días escolares más tempranos.

Tomándolo sintió algo parecido a nostalgia, aunque a esta edad es difícil sentir nostalgia, se ha vivido muy poco para ello.

Pero ese lápiz tenía algo especial.

Algo motivador.

Algo mágico que le hacía sentir que podría hacer todo lo que se propusiese.

Y así fue.

Tan pronto como el lápiz toco la hoja de caligrafía, su letra aparecía bien formada, bien delineada, esbelta y firme, básicamente perfecta.

Por curiosidad quiso rehacer esa extraña y amorfa estructura que el pretendía hacer pasar por una carita sonriente y el resultado nuevamente se podría calificar de perfecto, ya tenía forma de alardear con sus amigos.

Al día siguiente, en clases y aún lejos del día del examen, escribía rápidamente lo que dictaba el profesor. Lo hacía con letra perfecta y sin atrasarse.

Ya no sentía que la mano se le resbalaba como con la pluma, más bien, era como raspar el papel con la punta a la velocidad que su mano podía manejar.

Sus amigos pronto se dieron cuenta y comenzaban a hablar sobre ello, estaban sorprendidos pero no era lo suficientemente interesante.

Al ver que no se mostraban muy interesados, les mostro su dibujo mejorado.

Como era de esperar, perdieron por completo el interés, una carita feliz la hace cualquiera, así que intento algo más complejo.

A menudo en una esquina de su cuaderno dibujaba algo parecido a un paisaje al atardecer de la playa, aunque tantas manchas no dejaban ver que trataba de hacer en realidad.

Se sentó y dedico una página, no solo una esquina y se tomó la hora de matemáticas para hacer su dibujo.

El resultado fue un paisaje hermoso con sombras y escala de grises, con una pequeña loma rocosa y el sol ocultándose en el firmamento, todo esto en el blanco papel y con el gris lápiz.

Ahora sí, sus amigos estaban tan sorprendidos como interesados y le pedían más ejemplos.

Para el, fue el mejor día de su año lectivo.

En casa, trato de buscar una explicación para su recién adquirido talento.

Recordó que cuando aprendía a escribir, el usaba este lápiz.

Sus padres, profesores y amigos lo felicitaban por su calidad de escritura, que era superior incluso a la de sus maestros.

Hacia dibujos muy bellos con ese lápiz y soñaba con ser artista, más aun al ver los dibujos de uno que los hacia al carboncillo.

Con el tiempo, llego la transición del lápiz a la pluma y todo se vino abajo.

La textura del plástico hexagonal le lastimaba las manos, la bolita de la punta resbalaba en la tinta y todo salía tembloroso.

Sus notas empeoraron y nunca más volvió a dibujar.

Lo regañaban continuamente a pesar de que se esforzaba por mejora, pero nunca lo consiguió.

No hasta encontrar este lápiz mágico nuevamente.

El día del examen llego equipado únicamente con su lápiz, esperaba la máxima nota y sentía que podría ser la arista que siempre soñó.

El profesor escribió con torcida letra la frase a escribir y dijo:



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En el texto hay: tristeza, ciencia ficcion, relatos cortos

Editado: 09.08.2018

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