Los Frutos del Tiempo Relatos Cortos

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El descanso no llega con la vejez

Lo encontré cierto día en una de mis rondas por la ciudad.

Un hombre viejo, de piel curtida por el sol, el trabajo y los años, con una mirada perdida mientras meditaba en sus días de mocedad, o tal vez épocas más recientes, mientras estaba sentado en un trozo de tronco derribado de una mata de mango, frente a su casa.

Las calles, más una mezcla de lodo y cascajo aplastado por el paso de los carros que una vía transitable, estaban desiertas, como es lo normal en una zona como esa, donde el solo asomarse por la puerta es un deporte de riesgo.

El hombre, aun así, sabiendo esto, seguía frente a su casa, perdido en tiempos mejores, o eso creía yo.

Su edad desconcierta con su apariencia.

Tal vez no supere los sesenta años, y su cabello apenas tiene algunas canas dispersas, pero se lo ve cansado.

Sin más opción que acercarme, el me saluda amablemente, con voz alta, pues no es capaz de oírse a sí mismo y comienza a hablar.

"Eran tiempos mejores, diría cualquiera de mi edad. Pero en realidad eran tiempos terribles.

Vera, yo no soy de acá, soy más bien de allá, lejos, cerca del mar y lejos de las montañas, pero ahora vivo acá.

Mi infancia no fue muy distinta de la de los demás de mi tierra. Violencia, trago, trabajo duro y poca educación era lo normal para aquellas épocas.

Mi familia no tenía nada y en consecuencia, yo tampoco, pero cuando alcance cierta edad, me regalaron dos vaquitas y unas ovejas para que las crie y tenga forma de sustentarme.

Al principio, viví en la finca de mis padres, pero luego el gobierno comenzó a vender terrenos, pues la tierra estaba vacía en ese entonces, así que solicite un préstamo y obtuve mi tierra.

El mar suele ser misericordioso con los pescadores pero cruel con los granjeros, la tierra salobre hacía imposible el cultivo de más que unas ramas secas y pasto, apenas abastecerle para mis dos vaquitas y las ovejas que me heredaron. Y con eso viví, y con eso me case.

La gente de mi tierra siempre fue violenta, bastaba con que les mires mal para que te corten el cuello de un machetazo.

Las envidias eran pan de cada día, pero yo seguí con mi vida, ajustándome a la situación y mi familia, que creció hasta ser, mi esposa, mis dos hijos y yo, quienes intentábamos sacar adelante la finca.

Aun así, creía que podía vivir en paz.

Cierto día, comenzaron a lloverme piedras.

Los vecinos me atacaban más a menudo que antes e incluso hubo intentos de asesinato contra mí, pero no entendía las razones por las que sucedían.

Las cosas se complicaron más cuando al volver, encontré a todos mis animales, envenenados y destrozados con tajos romos de machete, feroces y sin misericordia, crueles y devastadores.

Al llegar a casa, no había nadie, mi esposa y mis hijos habían desaparecido.

Un día, mi padre me dijo:

"No es que quiera que te vayas, pero si no lo haces, tus hijos te van a matar"

Sus palabras fueron devastadoras y no hice caso, trate de recuperar al menos mi familia.

Una orden del juez me dejo claro el paradero de mi esposa.

Ella quería el divorcio y quería llevarse la mitad de todas mis pertenencias.

Otro día, llego otra orden del juez.

Mis hijos reclamaban su parte de la herencia.

¿Pero que querían ellos?

Yo no tenía nada en realidad, pero se los oculte.

Los juicios fueron largos y agotadores.

Trate de defenderme lo más que pude, pero las amenazas de muerte se hicieron cada vez más violentas.

Finalmente, arruinado por completo, les cedi la victoria, dejándoles mis tierras, mi casa y todo lo que tenía.

Nunca entenderé porque querían tanto esas cosas, pues, ni la tierra estaba pagada por completo, ni mi casa era mía, era de un amigo que para colmo, me la estaba cobrando.

Ahí tienen lo que querían, pero no fue suficiente.

Tuve que huir de mi propia ciudad cuando se dieron cuenta.

Vague por todo el país, sin rumbo ni dinero.

Conocí desde el mar hasta las montañas.

Desde el bosque hasta las llanuras.

Tanto el fuego como la nieve y la vejez vinieron a visitarme.

Ahora estoy aquí, en una casucha hecha de cuatro tablas y un techo de zinc, donde guardo apenas la comida que me regalan personas de buena voluntad.

Pero tengo que sentarme aquí, para evitar que mis vecinos borrachos se metan a mi casa a robarme la comida, cada día, todos los días, probablemente hasta mi fin.

Probablemente hasta mi fin."

Yo, en silencio oía su historia.

En la casa contigua, hecha de ladrillos y cemento, pero no enlucida, se escuchaban los gritos de varios tipos ahogados en alcohol.

Las voces de unas mujeres también los acompañaban, pero en severa reprimenda y luego en lastimeros gritos de auxilio.

El viejo, seguía con la mirada perdida en la vacía calle, como si supiera que el próximo destino de esos salvajes era su casa, y se quedó esperando, sin más esperanzas en la vida, tratando de defender un pedazo de pan y un vaso de agua, en una casa miserable de cuatro tablas de madera y un techo de zinc.



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En el texto hay: tristeza, ciencia ficcion, relatos cortos

Editado: 09.08.2018

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