Los Hijos de los Dioses (los Hijos de los Dioses #1)

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12. La decisión del Consejo

La reunión se había fijado para después de cenar. Andie cogió el medallón del joyero que tenía en la estantería: un caduceo de jaspe, el símbolo de su Casa. Diana y Rebeca, las que lo convocaban, habían acordado que a pesar de que no estaba Óscar, la importancia de la reunión requería vestir con una etiqueta acorde. Cuando se enteró, maldijo interiormente, porque odiaba el color que le tocaba: amarillo, por ser Mercurio y Géminis —los Mercurio Virgo vestían de verde limón y marrón, unos colores que hubiera preferido mil veces—. Su estilo de vestir habitual era discreto y sin excesivo adorno, con colores oscuros, así que cuando le tocaba vestirse de uniforme... suspiró. Bueno, aquello al menos era una reunión privada y nadie más que sus compañeras la iba a ver. Se sobresaltó cuando fue a abrocharse el colgante y unas manos gentiles tomaron las suyas.

—Trae, ya lo hago yo.

Andie se relajó y bajó las manos para que Davin le abrochase la cadena sobre la nuca.

—Ya está —anunció su hermana cuando el cierre hizo un clic característico.

Andie contempló una vez más su reflejo para darse el visto bueno, y el caduceo refulgió cuando se volvió hacia su hermana.

—Gracias, Dav.

—No hay de qué —sonrió la otra.

Andie sintió una punzada de envidia. Su hermana vestía de rojo por entero, con medias de color granate, una túnica escotada en pico de color rojo cereza y botas oscuras. Sobre uno de los hombros llevaba abrochado su emblema: un escudo redondo, con una lanza y una espada cruzadas sobre él. Davin pareció detectar su disgusto, porque le dio una palmada en el hombro y un beso en la mejilla.

—Venga, hermanita, que el amarillo te va a juego con el pelo —le piropeó mientras la empujaba hacia la puerta.

Andie no pudo evitar reírse.

—Si tú lo dices...

El pasillo estaba desierto. Avanzaron hacia la escalinata y bajaron. Girando a su derecha, estaba la puerta a la sala donde se celebraba la reunión. La sala del Consejo estaba iluminada por cuatro pebeteros, situados junto a las paredes que correspondían a los puntos cardinales, y velas más pequeñas añadían brillo a la estancia, dispuestas a lo largo de las paredes y bordeando la pequeña bóveda superior. Cuando cerraron la puerta tras de sí, Andie analizó a sus compañeras con detenimiento. Y comprobó que todas se habían esmerado, más o menos, para la ocasión.

Aldara llevaba una sencilla túnica gris con cuello de barco y bordados blancos sobre las costuras; el pelo, suelto con dos mechones recogidos en la coronilla, mediante una pinza de plata que mostraba un arco sobre un carcaj de flechas. Beth portaba un vestido verde esmeralda ajustado en la cintura, de manga larga y cuya falda de gasa se recortaba en vuelos a diferentes alturas; sobre el cinturón ancho que lo ceñía, la hebilla formaba la manzana sobre una rosa florecida que identificaba a los suyos. Layla, por su parte, había elegido una túnica de mangas amplias, con la falda lisa hasta la rodilla, lila con forro gris plata; la estrella de ocho puntas sobre cielo estrellado se destacaba en el frontal del corpiño gris marengo. Andie sonrió para sí: las hermanas Morales, por regla general, siempre vestían mejor que sus compañeras.

Su mirada se posó un segundo en Keira, que llevaba un vestido naranja de manga corta ceñido con un corsé del mismo color, aunque de una tonalidad más oscura. La falda era larga y con vuelo, y llevaba su insignia sobre el corazón, la lira y el cisne.

Y por último, Elisa. Andie siempre se había preguntado qué hacía aquella muchacha allí. Era alkiana, y por tanto, nacida en Avalon; pero, por azares del destino, había terminado estudiando en Madrid. Andie la observó con más atención, como siempre, y reconoció una vez más que, si ser noble se le había subido a la cabeza, lo disimulaba muy bien; salvo por su atuendo: una mezcla entre túnica griega con mangas y sari hindú, con la parte superior verde oscura y la inferior granate. El broche con un can cerbero sobre las llamas reposaba sobre su hombro derecho, cerrando la parte del sari que caía sobre su espalda como una capa. Andie se sentó en su silla tras completar la ronda de reconocimiento, echando un último vistazo a su alrededor: faltaban Diana y Rebeca por llegar, las convocantes. Davin se acomodó dos asientos más allá, en el lugar que le correspondía, con cierta indolencia.

—¿Qué puede haber pasado que obligue a convocar una reunión así? —preguntó, desganada.

Andie se obligó a contener una risita divertida y se encogió de hombros.

—Supongo que ha llegado el momento que esperábamos; o si no —miró a su hermana significativamente—, es que está cerca.

Davin no dijo nada. La otra supuso que era la respuesta que esperaba, porque la conocía bien. Suspiró y se recostó en el asiento, contemplando la luz que rutilaba sobre los dragones del techo. Los magos llevaban demasiados siglos escondidos, relegados a la oscuridad, camuflados entre los mortales y aparentando llevar una vida normal. Cuando uno de ellos era descubierto, antes se le torturaba y quemaba; ahora, simplemente, se le denigraba, se le encerraba, o se le consideraba una persona potencialmente peligrosa. Y no ayudaba el hecho de que hubiera charlatanes y adivinos al rodear cada esquina; aquello arruinaba aún más cualquier intento de aproximarse a la sociedad. Se decía que en diferentes lugares del mundo se había legalizado la "brujería", pero Andie no estaba muy segura de qué significaba aquello. Cualquier cosa, pensó con amargura.



Paula de Vera

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En el texto hay: cuatro elementos, musica, magia

Editado: 24.05.2018

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