Los ojos de la muerte (editanto)

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Capítulo 23

El instituto no había sido una mala idea, había conocido nuevos amigos y personas que se preocupaban realmente por mí. Estuve practicando el control de mis poderes como Christopher quería que lo hiciera, incluso quebré el vidrio de la vitrina de los trofeos de natación en el pasillo, cosa que ningún humano notó. Mi compañero de biología, Scott Wesley se dio cuenta de que la portada principal de mi libro estaba chamuscada, y sin dudar, también la suela de los deportivos con un poco de ceniza.

Al salir de la clase de biología mi hermanastra me empujó contra los casilleros.

— ¿Qué crees que haces?

—Estoy protegiendo a Christopher de ti. —gruñó entre dientes.

—No creí que hasta nuestra historia juntos te provocara celos —maldije por lo bajo.

—Ya basta —se acomodó el cabello con discreción cuando un par de estudiantes pasaron. —. Basta de robarme todo lo que tengo.

— ¿Robarte todo lo que tienes? Tú has tenido todo lo que yo nunca he tenido. Es sorprendente que no te sirva lo que tienes y que envidies lo que no tengo.

— ¿Crees que me gusta que estés con él? —farfulló con ímpetu.

—Una sola parte de ti es sobrenatural, sé que estás compuesta por caprichos mundanos, y no hay nada más humano que el estar enamorada de Christopher, pero yo no soy tu enemiga, Jacine.

 —Él no me ama a mí —endilgó con cólera.

—Es porque él no puede amar.

—Ja. No justifiques todo, sabes que no es así.

 —  ¿Qué quieres que responda? No podré estar con él porque si no me destruiría.

 —A Christopher le importa un carajo, él no quiere estar conmigo.

 — ¿Entonces por qué sigue haciéndolo?

 —Porque es parte de su plan, no aceptar que quiere estar contigo, Nicole.

 Claro que sí, Christopher era capaz de eso y mucho más.

—Quédate con otra persona, salva al mundo, destrúyelo si te apetece. Pero te alejarás de Christopher.

Su amenaza me hizo opacarme, me preguntaba si Jacine realmente estaba enamorada de Christopher o si sólo era otro de sus caprichos. Salí hasta el campus cuando Jacine se había ido. El cielo se oscurecía, era demasiado temprano para que cayese el crepúsculo. Los chubascos de la lluvia quemaron los poros de mi piel, y un leve vapor sucumbió mis hombros. Me cubrí con la chaqueta y corrí hasta un techo seguro. ¿Qué estaba ocurriendo conmigo? La lluvia me quemaba, cada poro de mi piel padecía de dolor. Había llegado hasta el otro extremo de la calle cubriéndome entre los árboles y la tierra húmeda del bosque.

Las ropas estaban desgarradas y corrompidas por fuego. Caí al suelo, respirando las cenizas, el olor a muerte, la carne quemada de los demonios que rondaban en las tierras ocultas. Eran visiones  borrosas, o tan sólo alucinaciones. Me puse de pie con los huesos frágiles. No estaba llorando, una parte de mí no era yo, sino Isabey. Era como si mi parte oscura se uniese con la buena y ambas fueran fuerzas antihéroes.

 Lastimé a una sombra con mi fuego, las manos estaban raspadas con heridas y pellejos, más sangre demoníaca que esta vez transitaba dentro de mí.

Luego escuché sus gritos lejanos, maullidos y ecos diabólicos. El idioma de las brujas, de alguna parte ya lo había escuchado. La imagen de mi madre cantándome una canción de cuna, mis ojos llenarse de oscuridad, y cinco siluetas rodearme. Imágenes que me debilitaban mentalmente.

Entrecerré mis ojos, y después vi su reflejo acojinado por las sombras. Mi padre, y luego Dagon.

Me detuve al ver sus ojos repletos de oscuridad.

— ¿Qué le has hecho? —me incliné ante él, pero era demasiado tarde para saberlo, lo había asesinado.

Cada lágrima quemó, cada soplido y tacto dolía. Era el demonio en otro cuerpo.

—Qué has hecho… maldito… —me abalancé contra él, pero incluso sus manos opacaban la justicia. No pude contener las fuerzas, me había destrozado sin dejarme una sola maldita oportunidad para salvar a mi padre. Sus manos se movieron en el aire, apretando mi cuello cuando flotaba y me retorcía de dolor.

Iba a asesinarlo. Iba a quitarle la vida así como lo hizo con mi padre.

Tenía una ventaja gracias a Tod, yo podía controlar a la muerte y a sus súbditos. Y comenzaría con Dagon.

Detuve mis ganas de soltarme, y levanté las manos en el aire extrayendo las fuerzas elementales. La tierra imploró que la dejase en paz cuando las pocas flores se marchitaron. El viento resopló, y un perro nos ladró a ambos presintiendo el aura maléfica de la muerte. Unas oraciones vinieron a mí, sólo que no eran buenas, eran recitos de brujería que desde hace años estaban ahí, dentro de mi cabeza.

No me explicaba por qué conocía el idioma y los ritos de las brujas. Sólo lo hice, no tuve más remordimiento.

Me zafé sin caer de rodillas esta vez, y enfrenté al demonio cuando sentí un fuego abrazador inundar la mitad de mi cuerpo, mi piel se tiñó de negrura, y un cuerno perforó mi cráneo a la mitad. Las uñas me dolieron cuando unas garras puntiagudas reemplazaron las uñas humanas, y un ojo hecho de fuego perforó mi garganta.



Bekacastle

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En el texto hay: amor, terror

Editado: 17.04.2018

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