Los ojos de la muerte (editanto)

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Capítulo 32

Me levanté de improviso sintiendo un vendaval de brisa, tenía la piel turbada, pero no sabía si era por la frigidez o el miedo de tener al jinete de la muerte delante de mí. Nuestros ojos se estudiaron hasta el fondo de un abismo oculto, tal vez aquellos labios se codiciaban, pero para mí era una esperanza muerta, una oportunidad que jamás debí haber tomado, ni siquiera si estábamos destinados a amarnos. ¿Qué eran esas visiones? ¿Cómo tenía la capacidad de comunicarme con otras dimensiones e incluso vivir en el pasado a mi placer?

—Aléjate de mí —retrocedí lo más que pude hasta casi caer. —. Eres la peor de las bestias…

—Gritaste un nombre, gritaste Hades en tu sueño. —sí, quizá lo había hecho por haber vivido en el pasado hace dieciocho años, el día de mi cumpleaños que casualmente se acercaba.

—Sé tú plan, traerme siempre fue un propósito con el que esperabas recuperar una vida muerta. Pero fallaste, lo hiciste porque prometiste que te vengarías de los que me hicieron daño y al contrario me decepcionaste. —renegué con desafecto. —. Me ilusionaste, y yo creí que me querías...

Los huesos me calaron, había algo en mi sangre que hervía como lava. Sentí otro peso dentro de mí, uno agotador que gritaba hasta el atajo de mi corazón.

— ¿Por qué volverías antes de mi cumpleaños dieciocho? —interrogué con ansias.

—Son cosas personales, diablita.

—Eres un idiota. —maldito Christopher.

—Esperaba decirte algo que cambiaría esa vida de mierda con la que no pude recompensarte todo el tiempo en el que crecías, Bercher.

—Aléjate de mi vida.

—No lo haré, no volveré a hacerlo. —deduje que era por la misma razón por la que estábamos aquí. —. El último sello cayó, las siete copas están siendo desatadas, están descritas en el Apocalipsis. La primera copa causa la aparición de dolorosas úlceras malignas en la humanidad, la segunda provoca la muerte de todo ser viviente en el mar, la tercera  causa que los ríos se conviertan en sangre, la cuarta de las siete copas ocasiona que el calor del sol se intensifique al grado de quemar y causar gran dolor, la quinta copa causa una gran oscuridad y el aumento del dolor por lo que ocasionó la primera copa, la sexta copa seca el río Eufrates para dar paso a los ejércitos del anticristo que se habían reunido para librar la gran batalla de Armagedón. Y la séptima copa resultará en un devastador terremoto seguido por granizos gigantes.

—No dejaré que eso pase —Christopher me detuvo con vigor y brusquedad antes de marcharme por mi propio lado. —. Jacine y Tony están en peligro, no dejaré que esos asesinos dejen que más gente muera como lo hizo mi madre, así que no intentes detenerme.

—Claro, porque si sé que tú me crees un asesino, entonces te detendré las veces que sean necesarias antes de que muera.

¿Christopher morir? Era una idea graciosa, los jinetes eran inmortales, nada excepto la maldición ficticia podría destruirlo.

—Las sombras van a llevarme, y no habrá forma de que esta noche estemos juntos y lo tengamos todo como esperábamos, así que quédate aquí y escucha lo que tengo que decir.

—Lo lamento pero…

—Asesiné a mucha gente hace muchos años, usé el poder de mi padre para gobernar a mi antojo a los vivos y muertos, tengo un poder inimaginable. Pero lo que te hice, devolverte a la vida de esta manera, yo lo hice por venganza.

— ¿Venganza? Es ilógico lo que dices. Tu padre asesinó a tu madre por venganza, por miedo a ser rechazado porque nadie lo amó. Y mi padre, ese monstruo hizo lo mismo y yo tuve que pagar su precio al igual que tú. ¿Pero tú Christopher? ¿Hacerme la vida más difícil por una venganza?

—Isabey era el amor de mi vida —sus palabras fueron hielo que quemaba como fuego en mi consciencia.

— ¡No me interesa escucharlo!

—No sabes por qué la amaba. Y lo que hizo. Asesiné gente porque ella quería y al final me destrozó por completo.

— ¿Qué quieres decir con eso? ¿Crees que me reviviste para tu venganza? Estás muy equivocado si piensas que me dejaré dominar. Todo el maldito mundo me pide eso. Me piden favores que ni siquiera acepto y a cambio no hay nada para mí.

—La maldición existe, pero no hará efecto si no hago un último sacrificio.

— ¿Qué? ¿Acaso el amor no es suficiente?

—No si existen dos personas idénticas que comparten el alma, diablita.

¿Y si tenía razón? ¿Si la maldición se rompería con ese último sacrificio? Una flema me cubrió la garganta, no sabía si moriría de la manera natural o de la forma sobrenatural que todos nosotros esperábamos.

—Aun así me siento arrepentida de haber pensado alguna vez que te amaba. —calmé mis impulsos en simples palabras.

Tenía que irme, la vibra demoníaca se volvía extremadamente fuerte como cientos de cuchillos. Tratarlo con sectarismo dolía demasiado. Me detuve en un árbol, y éste se quemó con la palma de mi mano. La tortura volvía incluso cuando mi corazón moría.



Bekacastle

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En el texto hay: amor, terror

Editado: 17.04.2018

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