Los ojos de la muerte (editanto)

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Epílogo

El cielo estaba quebrado y arremolinado por las sombras, pequeñas manchas de sangre formaban un camino hacia la casa en California cuando  Zac Kilrmen se adentraba sigilosamente por el umbral. La puerta estaba abierta, y el innumerable olor a muerte lo atraía aún más. La víctima era Aylinn Bones, estudiante en la universidad de Stanford, hace años que no había vuelto a casa desde su beca, y tan sólo lo hizo para terminar asesinada esa misma tarde.

El muchacho de cabellos oscuros cayó de rodillas al mármol, y derramó una lágrima por cada registro policiaco en la escena del crimen. Se culpaba, «Si tan sólo hubiera llegado antes… » Escuchó un ruido en la parte superior de la casa.

Sus ojos brillaron, y cada parte de su piel se removió con extremados crujidos apretujados en su cuerpo. No estaba listo para volver a su habitación y ver cada marco con su fotografía, no lo estaba porque seguía enamorado de ese amor prohibido.

Zac debía estar preparado para el paso siguiente, había un loco suelto que había asesinado a toda su familia hace tiempo, y ahora lo había hecho con su novia. Subió las escaleras con lentitud, y sintió la fuerza demoniaca que habitaba arriba.

Donde las sombras culminaban siempre habría una oscuridad destructiva, y él lo supo desde niño.

Estudió con atención cada ruido, silencio y suspiro. Quién había asesinado a Aylinn había vuelto a la escena del crimen demasiado pronto.

Divisó un fantasma oscuro moverse rápidamente sin dejar rastro de su procedencia, el brujo le siguió la corriente; era un experto cazador.

Varios recuerdos vinieron a él en ese momento, imágenes de él y ella, cosas que ya no iba a recuperar nunca y que quizá jamás volvería a sentir por nadie más.

Sus ojos brillaron como cristales cortados y púrpuras como un océano incendiado por sangre de dragón. La marca de Kitsune en su mano lo hizo pensar, ¿por qué aquel desconocido le habría puesto ese dibujo en Theban que seguía sin poder traducir? Escuchó leves respiros y se acercó sin temerle a nada más que a él mismo.

«Zac. » esa voz tenebrosa en su cabeza le provocó escalofríos. Sabía que su piel se regeneraba, y que veía tanto a fantasmas como a ángeles guardianes; pero incluso ese espíritu no era un ser celestial que por fin iba a salvarlo.

Tragó duro al mirarlo, los cuernos diabólicos, los ojos de la muerte y su aspecto atemorizante como el mismísimo diablo.

— ¿Por qué me hiciste todo esto? —exclamó a la defensiva, Zac haría lo necesario para defenderse de ese demonio que controlaba las mentes de todos sus súbditos. —. Sé que tú nunca hablas, sólo lo haces con quienes confías en realidad, y en mí no confías estoy muy seguro de ello.

«Si no confiara en ti no te pediría que volvieras a la jerarquía. »

—Entonces tu hija no quiso hacerlo.

La muerte alzó la mirada con orgullo.

— ¿Y qué si no quiero hacerlo? Son cosas de familia y yo no pertenezco a tu sangre. Asesinaste todo lo que me quedaba.

Dagon guardó silencio.

—No la amo, tu hija jamás será Aylinn.

«Hay cosas mucho más importantes que un amor no correspondido, Zac. »

—Sabes perfectamente que el amor no funciona así, ya hiciste todo lo que te quedaba. Conozco la historia, las cosas que las almas gemelas hacen, todas las vidas en las que se encuentran y siempre están juntos no importa el precio. Pero yo soy su tercera alma gemela, y eso causará muchos problemas. Estamos destinados a no amarnos, ¿entiendes que jamás sentiremos esa estúpida fiebre de amor? No podré ayudarte jamás.

«Es una gran oportunidad si quieres recuperar a Aylinn. »

Zac se tensó.

— ¿Qué dices?

Dagon ya no respondió, sólo se desvaneció como humo en el aire.

La puerta se derrumbó, Zac escuchó las sirenas, un dato muy importante si quería sobrevivir a un arresto por confidencialidad. Se despareció con un hechizo hasta Brookline, una tierra destruida y sin olor a humanos. Uno de los postes estaba haciendo corto circuito y después se derrumbó en medio de la calle principal.

Sus pasos se alargaron hasta un restaurante, las pocas personas que estaban allí salieron huyendo, pues tal vez tenía el aspecto de un sujeto rudo y sexy, pero también podían ver su otro lado; la parte de su ser que era oscura y con vibras de demonios habitando dentro de él. Sus ojos desesperados brillaron en violeta fantasmagórico.

Afuera sólo había vacío, un desierto oscuro donde las tinieblas podrían acercarse, donde la luna carecía tan cerca como si estuviesen en la tierra. No había nada, nada absoluto en lo que apoyarse para volver a cualquier lugar, a volver a su vida normal.

Sólo una ciudad muerta.

Las estrellas podían distinguirse, Zac pensó en esos momentos que era una gran oportunidad para hacer crecer la nigromancia en esa tierra mágica, donde el mundo de las sombras había perdurado y aquella destrucción se había hecho una nueva guerra interminable.



Bekacastle

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En el texto hay: amor, terror

Editado: 17.04.2018

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