Los Recuadros de Abraham

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Capítulo uno: El recuadro de una asistente

Yo no la conocía, ni siquiera sabía su nombre, pero la observaba de lejos como todo un ocioso, o al menos lo hice varias semanas hasta que, la deducción, la maña y la intuición dieron paso para poder concluir algunas cosas de esa mujer. Como pintor, sus características me parecían fascinantes, una tez morena brillante, una frente amplia y tersa, unas mejillas un poco abultadas, ¿y qué puedo decir de esos labios? Eran bien gruesos la primera vez que los vi pasar por enfrente de mi apartamento, y hasta el momento siguen siendo así, sigamos, de su cabello puedo hablar tanto de sus detalles primarios como de su estética, un cabello enteramente liso, con varios pigmentos rubios aquí y allá, su corte también lo menciono, me parece importante que se sepa el corte, su estética, pues era un cabello corto a la altura de los hombros, y unas peculiares hebras caían casi rodando con meticulosidad, un poco de su flequillo caía en su frente, generando un contraste de sus ojos cafés, solo imaginen, un amarillo apagado colgando de un color marrón fuerte, ¡ah! Seguramente hermoso. Sigamos, sigamos, ¿su cuerpo? Era uno esbelto con unos pechos medianos, unas curvas que se podían mirar desde una distancia bastante pronunciada, sus brazos eran un poco largos para el contorno de su torso pero tenían una figura agraciada, ¿sus piernas? Bien, pasemos a las piernas, pues, a mi parecer, son junto al rostro y el torso, los detalles que enfatizan la belleza fisiológica del humano, ¿qué hay de sus piernas? Voluminosas, exacto, esa es la palabra correcta para dejarlo en claro.

¿Pero por qué observaba yo desde hace semanas, y ciertamente observaba hasta hace unos días, a esta mujer? Siento la consistencia de la amistad de una mujer harto extravagante, las ideas compartidas difieren en puntos de vista debido a la educación en la que ambos individuos, en este caso yo como hombre y ella como mujer, han sido partícipes. No es que ella se vea delicada a simple vista, al contrario, a pesar de que sus movimientos sean claros, concisos, directos y estables, hay un poco de duda en la orientación, como si no estuviese segura de adónde se va dirigiendo.

Seguro se preguntará si tengo amigos, ¡algún amigo hombre pues! Pero no, soy un ser aislado en mi cubículo que trabaja a disposición de las poses y silencio de aquellas personas que pagan por ver sus cuerpos pintados en un recuadro. Lo que quiere decir que soy alguien enteramente asocial, aunque cabe decir que hace mucho tiempo, andando yo por la calle como un desorientado, me tropecé con cierto hombre, al cual no he vuelto a ver, y este me miró como si me conociera de alguna parte. ¿Se lo imaginan? Eso no puede ser posible a menos que la persona, o pierda mayoritariamente la memoria y tenga algún fragmento que salta por ahí, que fuese un amigo de la infancia del cual uno se separó desde muy pequeño sin volverlo a ver, o que se lo topara en algún otro lado y por ello diga: “¡Eh! Yo lo he visto en algún lugar de por aquí, de verdad”

Pero sigamos con aquella mujer y esos aspectos que descubrí mientras la seguía observando durante semanas. ¿Cuáles son esas características que la representan en gran parte? Una de ellas podría ser que el ruido le disgusta enormemente, causándole un cambio de humor repentino, ¿cómo sé yo de esto sin excusarme quizá del hecho de que parezco un acosador? Bueno, eso lo puedo explicar con gracia y sin temer por que se me llame un muchacho perverso. La cuestión está en que un día, como muchos otros, yo estaba concentrado tratando de enfrascar la esencia de un desconocido que había visto horas atrás en un parque, y cuando estoy de ocio, efectuando pues mi arte, tiendo a reproducir música clásica a un volumen considerablemente alto; sabía por hecho que aquella mujer venía de donde sea que trabajase o estudiase y pasaba sí o sí enfrente de mi apartamento, y en ese instante, con las sirenas rugiendo con fuertes tonadas junto a los violines chillones, escuché tres fuertes golpes en la puerta principal. Me dirigí sin más hacia allí y miré por el ojo mágico para encontrarme con esos ojos marrones y amargos, y recuerdo bien su rostro, pues ese es mi trabajo, uno dulce que no mostraba una pizca de preocupación externa, pero en ese momento, ¡no no! En ese momento no se mostraba dulce, pues al igual que sus ojos, todo su rostro era amargo.

Entonces, ya tenemos una característica, no le gustaba el ruido, y estoy seguro que en ninguna medida gustaba del mismo.

Pasemos a otro detalle interesante: El como caminaba, segura pero un poco perdida en su ambiente. ¿Qué se podría sacar de ello? Difícil decirlo, era una confianza extraña en su andar lo que me mantenía en intriga, varios días (en aquellas semanas pasadas) atrás, observándola diariamente me di cuenta que no traía ninguna compañía a lo que era su hogar, ¿pero por qué? Pueden ser dos opciones, aunque incluso más, pero se me ocurren dos: Está lejos de su familia, quizá vivan en otra provincia y no en la capital; la segunda, podría ser, que no confía en sus amigos, si acaso los tiene, para traerlos aquí. Pero luego pienso, ¿quién en su sano juicio no confiaría en alguien? Bueno… estoy seguro que yo no, puesto que no tengo amigos en los cuales posar confianza, ni absoluta siquiera.



Míster. Oedipus

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En el texto hay: misterio y crimen, detective, conflictos psicolgicos

Editado: 17.02.2018

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