Lúcida Oniria

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V. Vista a las estrellas

"La alegría causa a veces un efecto extraño;
oprime al corazón casi tanto como el dolor".
-Alejandro Dumas.

 

Circe

Mateo soltó mi mano cuando vislumbramos a Na Na y el idiota de Vladimir acercarse. Ese "rato" del que hablaba Vladimir, al parecer había sido de un poco más de cinco horas.

Entrecerré los ojos mirando a mi amiga, suponiendo dónde habrían estado o qué estarían haciendo y quise olvidarlo al momento. Hice una arcada sin querer.

-¿Estás bien? - susurró Mateo tomando mi brazo. Asentí y me alejé de él.

Habíamos quedado que saldríamos juntos, pero que ninguno de los chismosos de nuestros amigos se enterarían. A ninguno nos gustaban esas estúpidas citas dobles.

Aunque al parecer ya estábamos en una.

-¡Vaya! Parece que se te quitaron las ganas de sacarle los ojos - me dijo Vladimir cuando llegó junto a nosotros. Puse los ojos en blanco y tomé la mano de Na Na para jalarla unos metros más allá:

-¡Ya volvemos! - dije por sobre mi hombro.

Na Na me miró expectante. Sus ojos y sus mejillas brillaban y ni aunque me lo hubiera dicho no me habría quedado tan claro:

-¿Lo hicieron, cierto? - la acusé en susurros, mirándola directo a los ojos. Al no poder huir de mi inquisición, asintió lentamente con la cabeza.

Suspiré, furiosa. No quería meterme en asuntos tan delicados como ésos, pero Na Na sabía lo que arriesgaba si hacía las cosas sin pensar.

Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando me miraron de nuevo.

-Lo siento, unnie - apretujó mi mano y bajó la vista - Pero yo... yo me siento segura cuando estoy con él...

Me aguanté las arcadas, en serio tenía que mejorar mi carácter.

-Ya... no quiero que llores, detesto verte llorar - dije abrazándola y cambiando un poco de ángulo para que ni Vladimir ni Mateo vieran que estaba lloriqueando - Todo está bien.

-En serio me quiero morir de la vergüenza... ni tuve que decirte nada y te diste cuenta - se rió. Me encogí de hombros y la apreté un poco más contra mí esperando que dejara de llorar.

-Unnie...

-Que no llores - repetí apartando la vista, pero Na Na me dio un apretón en la manos para que la mirara.

A decir verdad, parte de las labores que tenía en el Circus Marvelous era cuidar de las chicas, y una parte de eso era notificar relaciones con implicados fuera del circo, en este caso, un forastero como Vladimir. Demás está decir que no lo hice, por Na Na.

Con el tiempo comprendí que muchas de las "reglas" que debíamos seguir eran exageradas, y que no era obligación mía cuidar de los demás.

¿Quién se preocupa de tu corazón?

Me sorprendí pensando en lo que mi madre me había dicho alguna vez, justo cuando miré a Mateo. El viento de la tarde desordenaba su cabello y lo hacía ver terriblemente peligroso, con esa sonrisa ladina suya estampada en el rostro.

Negué con la cabeza, hasta donde habíamos hablado, Mateo era exacto un chico modelo. Me pregunto si alguna vez en su vida se había salido de los márgenes. Estudiaba leyes, lo que sus padres querían, en la universidad que ellos querían y ya habían previsto su futuro desde hacía tiempo. Cuando me lo contó parecía como si estuviera hablando de cualquier cosa, pero era obvio que se sentía algo ahogado.

Sonreí, pensando en que si de verdad lo de nosotros funcionaba, a sus padres les daría un ataque. Quizá eso le daría algo de satisfacción.

Na Na se apartó junto con Vladimir para despedirse. De reojo vi cómo se devoraban a besos y me dio un escalofrío.

-Eh, ¿tienes frío, nena? - ronroneó el castaño con una voz exageradamente sensual. Solté una risita cuando me rodeó con sus brazos.

-Mat, en serio no quiero que nos vean - dije algo preocupada echando una mirada hacia nuestros amigos.

-Cir, tal parece que ni aunque se los digamos se darán por enterados - nos reímos antes de que él me jalara hasta un hueco que había entre dos edificios. El campo visual era genial, ya que quedábamos perfectamente escondidos.

Me volteé hacia él y contuve el aliento al notar lo cerca que estaba. La temperatura había descendido bastante, había mucha humedad en el aire. Noté cómo nuestros alientos se juntaban en una masa de humo translúcido y me sonrojé. Ciertamente estar así de cerca, mirándonos a los ojos y respirando demasiado cerca del otro se sentía más íntimo que si nos estuviésemos besando.

Entonces habló y era lo último que me esperaba. En general, siempre decía lo último que me esperaba.

-Supongo que me hablarás primero - entrecerré los ojos y lo miré.

-Estoy segura que no soportarás verme conectada sin hablarme - contraataqué. Nos habíamos intercambiado números, y redes sociales, según nosotros ya estaba todo hecho. Aunque por supuesto, dicen que quien busca primero quiere más... o está más desesperado.



Tess Ah

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En el texto hay: fantasia, onirismo, extracorpus

Editado: 24.08.2018

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