Lucifer, El Origen De Un Demonio

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23. El Inicio De La Rebelión( "parte 5")

El filo empezó a cortar la piel del joven arcángel, pero me detuve al ver como la sangre empezaba a manar levemente de la herida.

Sentí que vacilaba una vez más. Respiré hondo tratando de calmarme y volví a depositar el filo sobre su cuello. Estaba a punto de empezar a clavarlo de nuevo  cuando el sonido de unas hojas agitarse de forma violenta acompañado del de algunas ramas al partirse llamó mi atención.

Al volverme para ver lo que sucedía, vi a un ángel que trataba de recuperar el equilibrio. La rama partida que había junto a él me hizo pensar que nos observaba desde el árbol cuando cayó de él.

El ángel posó sus ojos en mí y, por un breve instante, nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos ambarinos expresaban miedo al verme; sin embargo, no fue en su mirada en lo que me detuve, sino en sus alas, dos alas marrones.

Rápidamente, el ángel se enderezó y se alejó corriendo a la vez que trataba de levantar el vuelo.

Sin perder un instante, abandoné mi posición y fui tras él.

Cogí la lanza del árbol en el que la había dejado apoyada y alcé el vuelo dispuesto a alcanzar al otro.

A pesar de que contaba con cierta ventaja sobre mí, el golpe que le asesté con la lanza al arrojársela hizo que disminuyera su velocidad al perder por un momento la coordinación en el movimiento de las alas.

Sin dudarlo, arremetí contra él con tanta violencia que lo hice caer.

Chocó con fuerza contra el suelo y, aunque a pesar de ello intentó levantarse, el hecho de que cayera de pie sobre él, con la daga dispuesta, frustró su plan.

Alcé la daga tratando de clavársela en el cuello, pero alzó el brazo justo a tiempo y la hoja quedó incrustada en su antebrazo.

El ángel dejó escapar un ensordecedor grito de dolor. Furioso por haber errado, saqué la hoja de su brazo de un fuerte tirón.

Aunque dolorido, el otro aprovechó el breve instante en el que me entretuve sacando la daga para derribarme de una patada y, mientras yo me recomponía del golpe, él intentó huir una vez más.

Agitó sus alas con desesperación tratando de escapar, pero no logró elevarse más de unos centímetros antes de que me tirara sobre él, clavándole la daga en la espalda.

El ángel cayó de nuevo al suelo, pero esta vez me aseguraría de que no volviera a levantarse. Me acerqué a él, que alzó su mirada hacia mí.

_Por favor_ me suplicó.

Pero yo ya le estaba asestando el golpe final antes de que acabara de formular la última palabra.

La hoja de la daga atravesó su cuello de lado a lado y lo hizo desplomarse.

Me erguí de nuevo y miré por primera vez al ángel ante mí. Su cabello rojo estaba manchado por la sangre que escupía mientras sus ojos ambarinos me observaban.

La daga resbaló de mi mano en aquel instante y cayó al suelo con un ruido sordo. Conocía a aquel ángel, sabía su nombre.

No quería seguir escuchando su respiración entrecortada mientras luchaba por vivir. Me arrodillé junto a él y, con un brusco movimiento, le partí el cuello.

Luché por contener las lágrimas mientras me hacía a la idea de lo que venía ahora. Agarré la empuñadura de la daga con fuerza y traté de contener los temblores de las manos mientras cortaba sus alas.

Jamás podré olvidar aquel momento y lo mal que me sentí después. Caí sobre mis manos sacudido por sollozos, intentando no volver a mirar el cuerpo de aquel ángel. Nunca había matado a un ser al que consideraba inocente, hasta aquel entonces.

De repente, el sonido de unas hojas al moverse bruscamente me sacó de mis pensamientos. Dos enorme alas grises pasaron por mi lado y se detuvieron junto al cuerpo. Vi cómo su dueño se agachaba a su lado.

Al levantar la mirada me encontré con Leviatán, que me miró con satisfacción. Señaló el cuerpo con la mirada, parecía que me estuviera pidiendo algo.

Asentí ante su petición, fuese la que fuese. Fue entonces cuando vi cómo se inclinaba sobre el cuerpo y empezaba a morderlo con ansia, arrancándole trozos.

Aquella visión hizo que se me revolviera el estómago de tal manera que me vi obligado a abandonar el lugar a toda prisa, dejando allí hasta las alas que acababa de cortar.

Una vez que hube recorrido una distancia considerable, apoyé una de las manos contra el tronco de un árbol mientras me sujetaba el estómago con la otra, tratando de contener las arcadas pero terminé vomitando.

Cuando por fin pude erguirme de nuevo, descubrí que había vuelto al lago junto al que dejé a Miguel y, a través de unos arbustos, distinguí al joven arcángel tendido sobre la hierba.

Me acerqué sigilosamente al lugar y miré a Miguel durante un breve instante. Cuando dirigí mi mirada hacia el lago pude ver en su superficie mi reflejo, en el que podía apreciar mis brazos, mi túnica y mi cara manchados de sangre. Me arrodillé en la orilla y empecé a lavarme mientras sentía cómo las lágrimas recorrían mi cara hasta caer y mezclarse con el agua del lago.

Una vez que hube acabado, me tendí sobre la hierba, cerca de Miguel, y lo miré. Seguía dormido, como si nada hubiera pasado. Sonreí levemente. Saber que no era su sangre la que me manchaba me alivió. Sin embargo, las últimas palabras de aquel ángel no dejaron de repetirse una y otra vez en mi mente a lo largo de toda la noche.

 

                                                                                     ***

 

La noche comenzaba a hacer su aparición en el reino.

Yo esperaba en lo más alto de la escalera que llevaba a la morada del Creador. Estaba preparado para ir a Tierra en cuanto Azegmharenon apareciera, así que mis ojos estaban clavados en el cielo, esperando verlo llegar.

Esperé y esperé. La noche cada se cerraba más, pero Azegmharenon no regresaba, ni lo hizo a lo largo de la noche. 



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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