Lucifer, El Origen De Un Demonio

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25. La Batalla Final (parte 1)

–¡Maldito traidor!– exclamé mientras caminaba furioso de un lado a otro de la estancia del Creador.

El bando contrario no había tenido en mente nuestra llegada y no tardó en retirarse. La victoria de aquel asalto había sido nuestra, pero sabíamos que regresarían pronto. Al menos habíamos conseguido llegar hasta donde estaban retenidos los ángeles junto al Creador y liberarlos; además de haber recuperado el palacio.

Sin embargo, esto no era suficiente para calmar la rabia que me produjo comprobar que era cierto que Lucifer había cambiado de bando.

–Ojalá no se haya librado de las llamas, ojalá lo hayan reducido a cenizas.

–No le desees el mal a nadie– me reprendió Zadquiel.

–Pero si no se merece otra cosa.

–Uriel– me reprendió esta vez Rafael.

Al dirigir la vista hacia él, vi que señalaba con la mirada a un rincón apartado de la estancia. En él, sentado dándonos la espalda, distinguí a Miguel. Entonces caí en la cuenta de que Lucifer no había sido lo mismo para él que para nosotros, y de que me había pasado un poco con lo que había dicho.

Opté por sentarme en uno de los escalones que llevaban al trono del Creador; con el ceño fruncido, seguí pensando lo que ya no decía en voz alta por respeto a Miguel.

–¿Y ahora qué?– preguntó Jophiel.

–¿Ahora? Pues a esperar a que nos ataquen de nuevo– respondió Gabriel, a quien Rafael curaba sus innumerables heridas.

Suspiré con exasperación ante aquella realidad.

–Será mejor que preparemos una buena estrategia– dijo Chamuel.

–Coincido con él– respondió Zadquiel.

–¿A qué esperamos entonces?– dije a la vez que me levantaba.

***

Por fin llegamos al lugar que habían escogido como refugio, el bosque.

Las heridas de Remiel eran graves, y el trayecto había terminado de agotarlo. A apenas unos pasos del lugar donde habían empezado a levantar el campamento, Remiel se desplomó, llevándome a mí detrás.

Quedó inmóvil en el suelo.

–Remiel– lo llamé, pero no salió de él respuesta alguna, ni siquiera se movió–. Busca ayuda– le dije al ángel que había venido con nosotros.

Rápidamente se retiró. Mientras iba en busca de ayuda, me encargué de levantar a Remiel de nuevo y de buscar un lugar donde pudiera descansar; pero cuando llegué descubrí que la situación estaba más complicada de lo que esperaba.

La zona reservada a los heridos estaba prácticamente llena. No me iba a resultar fácil encontrar un sitio, y mucho menos a alguien que supiera algo de medicina.

–Lucifer, aquí– escuché de repente. Al volverme descubrí que se trataba de Asmodeo.

Se acercó hasta donde yo estaba y me ayudó a cargar con Remiel.

–No te asustes– me dijo–, la zona de los heridos se va a ampliar.

–No esperaba que hubiera tantos.

–Ya, él tampoco– dijo en un tono casi inaudible–. Tu amigo se emocionó con el fuego.

Sentí una extraña opresión en el pecho al escuchar aquello.

–¿Dónde está Samael?

Los ojos de Asmodeo se posaron en mí.

–Mejor ni te molestes en ir a hablar con él ahora.

Llegamos hasta el lugar escogido por Asmodeo y tendimos a Remiel en la tela que había extendida sobre el suelo.

–No creo que vayamos a tener nada mejor– dijo Asmodeo mientras me ayudaba a colocar correctamente a Remiel.

–Bueno, nada le está rozando las heridas al menos– le respondí mientras empezaba a quitarle las partes del uniforme que le rozaban las heridas.

–Traeré algo con lo que limpiárselas.

–He mandado a un ángel para que traiga a alguien de todos modos.

Asmodeo sonrió con ironía.

–Traeré algo con lo que limpiárselas– repitió mientras se marchaba.

Me senté a la espera de que Asmodeo regresara. Mientras lo hacía, me percaté por primera vez de que había recibido algunas quemaduras yo también, en brazos y, sobretodo, al final de las piernas. Opté por ignorarlas. Apoyé los brazos sobre las rodillas, y sobre ellos la cabeza. Sentí que los ojos se me cerraban poco a poco.

–Lucifer– escuché de repente, lo que hizo que abriera los ojos bruscamente.

–Estoy despierto.

–Ya lo veo, ya– dijo al que reconocí como Asmodeo–. Será mejor que le limpiemos las heridas cuanto antes y así podremos descansar.

–Cierto.

Empezamos a limpiar las heridas de Remiel. Mientras lo hacíamos, vinieron a mi mente las últimas escenas que presencié de la batalla. Recordé la ira reflejada en los ojos de Samael al observar a los ángeles de la legión azul, la última que debería haber estado allí.

–¿Estás bien?– me preguntó de repente Asmodeo, interrumpiendo mis pensamientos.

Lo miré y asentí.

–Perfectamente.

–Oye, esa ayuda...

–Ya debería de estar aquí. Voy a ver si consigo algo.– dije a la vez que me levantaba, dispuesto a marcharme.

Atravesé la zona reservada a los heridos. Mientras pasaba junto a ellos, fui testigo de todo tipo de mutilaciones y heridas, producidas tanto por fuego como por armas.

No me detuve, seguí avanzando hasta llegar al lugar donde se encontraba el jefe de los ángeles encargados de los heridos y me dirigí hacia él.

–Necesito que uno de tus ángeles venga conmigo, es urgente– le dije.

El otro me miró y tardó en responder.

–Voy yo– dijo.

Me acompañó hasta el lugar donde había dejado a Asmodeo y Remiel. Se agachó para examinar las heridas de este último.

–Son muy graves– dijo al fin.

–Pero se pueden curar– insistí.

El otro guardó silencio durante un instante.

–Tengo órdenes de no atender a heridos tan graves.

Fui incapaz de disimular la perplejidad que me produjo aquella respuesta.

–¿Qué?

–No merece la pena.

–Es un alto mando...

–No tiene modo de salvarse, y aunque lo tuviera, las heridas no le permitirían seguir peleando; sería un estorbo.

–¿Y vas a dejar que muera?

El ángel miró a Remiel y después a mí.

–Sí– dijo sin más.

–Sal de mi vista– le dije tras un breve silencio.



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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