Lucifer, El Origen De Un Demonio

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25. La Batalla Final (parte 2)

Hacía ya un buen rato que la noche había caído. Habían pasado dos días desde que trajimos a Remiel. Los conocimientos de medicina de Adirael habían producido una gran mejora en él, de hecho, gracias a ellos, había despertado y volvía a hablar, mas eso no quitaba que su vida siguiera pendiendo de un hilo; en cualquier momento se le podrían complicar las cosas y recaer, entonces ya no habría oportunidad alguna de salvarlo.

Además, en el ejército existía una gran tensión. Samael se había visto obligado a declarar cuatro días de descanso para que a los heridos menos graves les diera tiempo a recuperarse. También había decidido cambiar la distribución de la zona de heridos de modo que se reservaba un área a cada legión.

Mis ojos estaban clavados en el horizonte aquella noche, en dirección al palacio, donde podía distinguir algunas luces en medio de la oscuridad.

–¿Puedo sentarme?– preguntó una voz de repente.

Al posar mi vista en su dueño, descubrí a Remiel.

–Lo que quieras– le contesté sin más.

Se sentó junto a mí y posó su mirada en el cielo lleno de estrellas.

–¿Cuántos han desertado ya?– preguntó.

Yo me encogí de hombros.

–Perdí la cuenta.

Hubo un breve silencio.

–Los otros líderes siguen afirmando que el curso de la batalla continúa a nuestro favor–. No pude evitar reír al escuchar aquello–. Aseguran que la victoria será nuestra.

–Seguro– medio murmuré.

–Tú no lo ves así, ¿verdad?

No respondí enseguida.

–Hemos perdido a gran parte de nuestro ejército, por deserción o simplemente la pésima atención médica ha hecho que sucumban a sus heridas. Todo eso sin contar la pérdida de las legiones de Leviatán, Belcebú y Belfegor. ¿Te parece a ti que estamos en una situación próxima a la victoria?

Remiel se encogió ligeramente.

–No.

–Por lo menos seguimos teniendo la Tierra, y con ella algunos recursos, pero más vale que Samael tenga un buen plan; de lo contrario no lo conseguiremos.

–No tienes fe en la victoria.

–La veo complicada.

–Y si tan seguro estás de nuestra derrota, ¿ por qué sigues aquí?¿Por qué no has desertado como han hecho tantos?

–Porque mientras no lo intente siempre me quedará la duda.

–Porque no tienes escapatoria y lo sabes– me reprochó Remiel a la vez que clavaba en mí el único ojo verde que le quedaba después de que las llamas cubrieran el otro con un telo blanco. Sinceramente, prefería no mirar demasiado esa parte de su cara–. Sabes que si regresas junto al Creador serás castigado, y que si traicionas a Samael y resulta victorioso, se encargará de que pagues cara tu traición. Sabes que la victoria de Samael es lo único que te libraría de un castigo, por eso sigues aquí. No tienes escapatoria, Lucifer.

Maldecí en silencio al ángel sentado junto a mí.

–Tú me metiste en esto– murmuré.

El silencio se hizo de nuevo. Remiel dirigió entonces su mirada hacia el palacio.

–Recuerdo la primera vez que te vi. Yo ocupaba los escalones que llevaban hasta su trono. Portaba ostentosas vestimentas, era grandioso... – la voz de Remiel se cortó–... y mírame ahora.

"Ahora te falta la mitad de la cara" pensé.

Sus palabras hicieron que contemplara del mismo modo mi situación actual. Yo, que había sido el ángel más venerable de todo el reino, que había sido la mano derecha del Creador, que lo había tenido todo; estaba ahora en mitad de un bosque, compartiendo el sitio donde dormir con tres ángeles más y ayudando a curar heridos en unas condiciones pésimas.

–Será mejor que no perdamos el tiempo recordando glorias pasadas, recordando lo que una vez fuimos. Eso ya no volverá– le respondí tratando de ocultar el gran pesar que me invadía.

Remiel miró su brazo herido.

–Adirael dice que debo llevar cuidado. Si se me infectan las heridas, ya no habrá vuelta atrás–. Permanecí en silencio, como si no lo escuchara–. ¿Por qué me ayudaste?–. Me encogí ligeramente de hombros, pero seguí sin decir nada–. ¿Crees que saldré de esta?

–Eres uno de los seres más despreciables que he podido conocer. No te preocupes, sobrevivirás– dije a la vez que me levantaba.

El hecho de girar el cuerpo hizo que volviera a sentir un fuerte dolor en el costado. Instintivamente me llevé las manos a él y dejé escapar un leve gemido. Remiel me miró.

–¿Estás bien?

–Sí, es por la caída, no es nada. Sólo necesito descansar.

Dicho aquello me retiré.

***

Bajé hasta donde estaban los demás arcángeles reunidos, abrí la puerta de la sala y entré. De inmediato, sus miradas se clavaron en mí. La sorpresa que mostraban indicaba que no esperaban mi presencia allí.

–¿Qué tenéis hasta ahora?– pregunté mientras me acercaba a ellos.

Se hicieron a un lado para dejarme ver lo que tenían hasta aquel momento.

–Son sobre todo estrategias defensivas– me informó Gabriel–, tenemos que evitar a toda costa que el palacio caiga.

Mientras Gabriel hablaba, mis ojos recorrían cada rincón del plano que habían usado para planear la estrategia. Mi mirada se detuvo en Tierra.

–Habéis dejado Tierra desocupada– advertí.

Uriel se acercó hasta situarse a mi lado.

–Tierra no nos interesa ahora, la guerra tiene lugar aquí, Miguel.

–Pues debería interesaros, es de ella de donde consiguen sus recursos.

Zadquiel posó en mí sus ojos violetas abiertos hasta no poder más debido a la sorpresa.

–Cortarles los suministros, ¿es eso lo que propones?– preguntó aunque era obvio que conocía la respuesta.

–Tienen numerosos heridos, y necesitarán los alimentos para poder recuperar las fuerzas. Si les cortamos el suministro, no tendrán modo de alimentarse. Seguramente se precipitarán a atacar el palacio antes de que la falta de alimentos provoque el debilitamiento de los que hoy aún se mantienen en pie. Y ese será su error, porque aún no estarán curados del todo. Estarán débiles, torpes, y será una ocasión perfecta para derrotarlos.



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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