Lucifer, El Origen De Un Demonio

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25. La Batalla Final (parte 4)

Alguien se acercó hasta donde yo estaba. Al mirar para saber de quién se trataba, vi a Adirael sentarse a mi lado a la vez que humedecía un paño.

-Hay que mantener limpia la herida, una infección en un lugar tan delicado tendría unos resultados terribles.

Reí entre dientes.

-Una muerte más.

-No nos interesa perderte, créeme. Eres un gran recurso para el ejército.

"Un recurso" pensé con cierta molestia.

Entonces escuchamos unos pasos acercarse. Adirael y yo nos volvimos para descubrir que se trataba de un grupo reducido de ángeles armados que se dirigía hacia la zona donde se encontraban los heridos que aún no se habían recuperado.

-Alto- les ordené, lo que hizo que se detuvieran en seco y me miraran. Aparté la mano que Adirael aún tenía sobre mi herida, me levanté y avancé hasta su posición-. ¿A dónde vais?

-Se acabó el tiempo, mi señor, mañana partiremos hacia la batalla. No pueden pelear aún y se juntarán con los heridos del siguiente asalto. Tenemos órdenes de dar muerte a todo aquel que no sea capaz de empuñar un arma.

Miré al ángel a los ojos.

-Perdéis el tiempo aquí. Nadie de esta legión va a morir esta noche. Marchaos- dije mientras daba media vuelta, dispuesto a volver al lugar en el que había dejado a Adirael.

-Pero... mi señor...

-Marchaos- repetí a la vez que me volvía bruscamente de nuevo a ellos.

Vacilaron un momento pero finalmente obedecieron.

Me senté de nuevo bajo el árbol, junto a Adirael, quien continuó limpiando mi herida. Entonces Remiel, que estaba sentado bajo un árbol cercano, se levantó y se acercó hasta donde yo estaba.

-¿Por qué has hecho eso? ¿Acaso te crees un héroe?

-¿Un héroe?- pregunté fríamente. Reí entre dientes-. No exactamente.

-¿Entonces? Son las normas de Samael...

Al escuchar aquello posé mi mirada en él, lo que le hizo callar.

-Las normas de Samael. Pues que sepas que de ser por sus normas tú no estarías aquí. Si estamos manteniendo esta conversación ahora es porque decidimos incumplirlas, porque decidí ayudarte-. Remiel fue a decir algo, pero optó por guardar silencio-. Tranquilo, no lo hice porque te tuviera aprecio; no hago esto porque os aprecie, a ninguno de vosotros, pero tú me cubrías las espaldas en batalla- dije clavando mi dedo índice en él-, si mueres, ya no me cubrirás las espaldas-- Señalé la zona de los heridos con un amplio movimiento del brazo-. Ellos son mi legión ahora, y si pierdo cuarenta, serán cuarenta menos; cien, ¡cien menos!

-Igualmente, no estarán mañana, no pueden recuperarse de la noche a la mañana.

Dejé de mirar a Remiel para posar mi mirada en Adirael.

-La energía de los cristales puede curar heridos graves, ¿no es así?

Adirael me miró.

-Sí.

-Y da igual que no sea el tuyo propio.

-Para ese propósito sí, da igual que pertenezca a otro ángel.

Me quité la tiara que llevaba enredada en mi cabello, en la que estaba incrustado mi otro cristal y se lo di a Adirael.

-Utiliza este entonces-. Adirael me miró con sorpresa-. Ve- le dije-. Yo estaré bien, a ellos los necesitaremos mañana.

El otro obedeció de inmediato. Una vez que Adirael se hubo ido, Remiel se sentó junto a mí.

-Estás desobedeciendo a Samael- me advirtió.

-Mira lo preocupado que estoy.

Guardó silencio un momento.

-¿Estás seguro de lo que acabas de hacer? Son muchos heridos.

-Tengo poder suficiente, después de todo, por eso estoy aquí, ¿o no?- dije a la vez que me recostaba contra el tronco.

Remiel me miró.

-No conviene que nos distanciemos, tu presencia entre nuestras filas es esencial...

-¡Mentira! No has dejado de mentir desde el día en el que fuiste creado. Desde que estoy aquí no ha hecho más que encargarme misiones insignificantes, como a un segundo, sólo me ha utilizado- dije remarcando especialmente esta última palabra-, y a mí nadie me utiliza, yo fui el primero de todos los ángeles, el que llevó la luz a cada rincón del universo. Yo no soy un ángel cualquiera, ¡yo soy Lucifer!

Un agudo dolor en el costado acalló mis últimas palabras hasta el punto de convertirlas casi en un gemido al provocarme un espasmo que me privó del movimiento y hasta de la respiración durante un breve instante. Me llevé las manos al costado izquierdo mientras trataba inútilmente de contener los gemidos de dolor.

-Lucifer, ¿es...?

No le dio tiempo a acabar la pregunta cuando yo ya estaba asintiendo.

-Estoy bien, estoy bien- dije con la voz aún entrecortada.

Intenté respirar hondo, pero de nuevo un fuerte dolor me lo impidió y me hizo toser con fuerza.

Remiel observaba cada uno de mis movimientos.

-No es nada- dije mirándolo de nuevo.

-Estás sangrando- dijo a la vez que se señalaba los labios.

Pasé el brazo por mis labios y, al mirarlo, comprobé que era cierto. Me miré la mano con la que me había tapado la boca al toser, también había sangre en ella. Me llevé la otra mano al pecho con cierta preocupación.

-¿Adirael te lo ha mirado?

-Sí, no es nada, fue tan solo un golpe, pero me duele.

Remiel tardó en contestar.

-¿Podrás pelear?- preguntó.

Lo miré como si acabara de dictar una sentencia.

-Pues claro que podré.

-Ya- dijo no muy convencido-. Será mejor que intentes descansar.

Asentí a la vez que me levantaba y me retiraba a una zona más apartada, en concreto, a donde habíamos estado desde que llegamos con Remiel.

Me tendí sobre la tela y me cubrí con las alas; no tardé en dormirme.

***

Asmodeo llegó con la noche bien entrada. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, pude advertir que su piel estaba mucho más pálida de lo habitual y sus ojos cerca de salirse de sus órbitas. Parecía bastante alterado. Se detuvo junto a mí.

-¿Lo habéis conseguido?

-Es enorme- dijo-, lo más monstruoso que he presenciado jamás- continuó diciendo mientras se sentaba a mi lado-. De no ser por esto, no habría sido posible traerlo- dijo mostrando el cristal de Lucifer-. Por cierto, ¿dónde están Lucifer y Adirael?



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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