Lucifer, El Origen De Un Demonio

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25. La Batalla Final (parte 5)

Una vez distribuidas las posiciones y conociendo su plan, Remiel y yo abandonamos el lugar y volvimos hasta donde habíamos dejado a las legiones, con la orden de organizarlas para partir hacia el reino.

Cuando llegamos, Adirael nos recibió.

–Lucifer, ¿puedo hablar contigo a solas un momento?

Yo asentí e hice un gesto a Remiel para que nos dejara.

–¿Qué ocurre?

–Sé que en ocasiones sientes dolor en el costado y que te falta a veces el aire...

Sentí que me ponía en tensión cuando sacó ese tema.

–Sí, pero es debido al golpe que me di durante la última batalla, nada importante...

–A eso iba– dijo con tono apaciguador–, ese dolor puede deberse a una inflamación a causa del golpe–. Vi que me mostraba algo, en sus manos distinguí un pequeño frasco–. Rafael me enseñó cómo tratar este tipo de heridas. El contenido de este frasco hará que baje la inflamación y que la herida se cure antes. Llévalo contigo y no dudes en emplearlo a la mínima señal de dolor.

Cogí el frasco y asentí a modo de agradecimiento.

–Prepárate, no tardaremos en partir.

Adirael asintió.

***

Abrí la puerta del patio de entrenamientos del ejército. Sabía que si había un lugar en el que podía encontrar a Miguel en aquellos días, era aquel.

En cuanto me asomé un poco, empecé a escuchar el sonido de la espada al chocar contra el maniquí de madera que se usaba en los entrenamientos.

Avancé por el pasillo de entrada y me detuve a unos metros de él. Pude apreciar enseguida la influencia del estilo de lucha de Lucifer, así como el gran cambio que había dado Miguel, quien parecía haberse convertido de la noche a la mañana en un arcángel adulto, aunque su aspecto fuera el de uno muy joven.

Los golpes cesaron de repente y bajó la espada hasta apoyar la punta de esta en el suelo.

–¿A quién te imaginabas para darle con tanta fuerza?– le pregunté con una sonrisa a la vez que señalaba al maniquí con la mirada.

Miguel me miró y sonrió.

–A nadie, la verdad. Simplemente ponía en práctica lo que Lucifer me enseñó–. Volvió a mirar el muñeco–. Rápido, ágil y letal.

Me acerqué más hasta su posición.

–Te pareces a él.

–Eso dicen, pero yo jamás seré capaz de estar a su altura.

–Yo no lo veo así. Tu maestro fue un ángel extraordinario, sin duda, pero ha cometido un gran error, tú no.

Miguel guardó silencio un momento.

–¿Crees que estoy preparado, Rafael?

–La pregunta correcta es ¿lo crees tú?–. De nuevo, el silencio se hizo en él–. Sé de sobra que tienes una espléndida formación militar, las batallas no son un problema para ti. Pero en esta ocasión Lucifer no estará de tu parte, es muy posible que debas enfrentarte a él... y derrotarlo. ¿Estarás preparado entonces? –. No contestó, simplemente pareció reflexionar–. Gabriel quiere hablar contigo– le dije mientras daba media vuelta, dispuesto a irme.

–Sí lo estaré– dijo de repente, haciendo que me volviera de nuevo para mirarlo–. Estaré preparado para enfrentarme a él.

Sonreí ligeramente antes de asentir y continuar mi camino.

***

Estaba terminando de organizar a la porción del ejército que me correspondía cuando alguien llamó mi atención. Al volverme encontré a Remiel.

–¿Qué?– pregunté.

–Tan simpático como siempre. En ocasiones no sé si hablas o graznas como los cuervos– me dijo, comentario que me hizo fruncir el ceño.

–¿Qué quieres?– pregunté más suave.

–Sólo venía a informarte de que parto hacia la batalla.

Lo miré con indiferencia.

–Pues como todos.

–Pero que me voy ya, nos separamos, Asmodeo y yo nos vamos antes.

Aquello sí me sorprendió.

–¿Qué dices?

–Samael me lo acaba de comunicar.

"Que desorganización" pensé, pero no dije nada.

–Suerte, nos veremos allí– fue mi única respuesta.

Remiel asintió y se marchó.

–Suerte tú también– me dijo antes de abandonar por completo el lugar.

Yo no le quité la vista de encima hasta que desapareció. Era la primera vez que no tedría a alguien de confianza cerca de mí; aunque no es que Remiel fuera de plena confianza, pero sin duda alguna, era mejor que Samael o que un dragón.

Escuché unos pasos aproximarse. Me volví para ver de quién se trataba aunque realmente no me hiciera falta hacerlo para saber que se trataba de Samael.

–¿Has dado ya las instrucciones?– preguntó mientras se detenía frente a mí.

–Yo sí– le reproché.

Samael sonrió.

–Venía a comunicártelo. Atacarán primero las legiones de este y oeste, y cuando el ejército del Creador esté pendiente de ellas, entonces llegaremos con el resto del ejército y el dragón. Nos echaremos sobre ellos dejándoles sin oportunidad alguna de victoria.

–Entiendo.

–Es un buen plan, verás cómo la victoria será nuestra.

–Si nos organizamos bien.

Samael sonrió ampliamente. Pasó por mi lado pero en lugar de continuar su camino, se detuvo junto a mí y me agarró el hombro con fuerza, llegando al punto de hacerme daño.

-No te pases de listo, recuerda que yo soy quien manda aquí y que el Creador no es el único que sabe destruir.

–Lo mismo te digo– le respondí a la vez que me encaraba con él –. No olvides que ya me rebelé una vez contra un líder poderoso.

Samael no dijo nada más, simplemente continuó su camino. Yo, por mi parte, trataba de disimular ante el ejército la inquietud que sus palabras habían provocado en mí. Mientras mi mano palpaba el lado izquierdo de mi cinto buscando la daga que siempre llevaba conmigo, mis ojos recorrían a Samael de pies a cabeza en busca de puntos donde clavarle la daga de modo que el golpe resultase mortal y rápido.

Si terminábamos enfrentados, tenía por seguro que sería yo quien daría el golpe definitivo.

***

Abrí la puerta de la habitación de Gabriel con cautela.

–¿Gabriel?– pregunté mientras me asomaba, aunque allí no veía a nadie.

–Pasa– dijo una voz proveniente del fondo.



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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