Lucifer, El Origen De Un Demonio

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26. La Caída De Luzbel

La victoria fue nuestra en aquel asalto. El ejército del Creador se vio obligado a replegarse y encerrarse en el palacio. Nosotros también habíamos optado por la retirada, pero el dragón, no satisfecho con haber obtenido la victoria, continuó atacando el palacio hasta la caída de la noche. Para entonces, la fachada estaba prácticamente destruida.

Yo lo observaba todo desde lo alto de un pequeño saliente, cercano al lugar donde nos habíamos instalado y al que era fácil acceder desde el bosque. Las llamas del dragón resplandecían en la oscuridad con una luz anaranjada que llegaba hasta iluminarme cada vez que las descargaba contra el palacio. Para mi sorpresa, el dolor que me provocaba la destrucción del palacio era mucho mayor de lo esperado, podía sentir como el nudo que se me había formado en la garganta era cada vez mayor.

Escuché unos pasos acercarse. Pronto Remiel apareció junto a mí.

–No atiende a las órdenes– me dijo.

Yo no contesté, no podía apartar la mirada del horrible espectáculo que tenía lugar ante mis ojos. Entonces vino a mi mente la imagen del dragón yendo hacia Miguel. Volví a evocar aquel instante en el que quise ir a salvarlo pero me era del todo imposible llegar hasta él.

–Ya os lo dije, nunca debimos traerlo.

Remiel me miró con severidad.

–De no haber sido por él, habríamos perdido este asalto también, ¿qué te crees? Hemos conseguido que se retire el ejército del Creador, están encerrados en el palacio, y no saldrán sabiendo lo que les espera fuera.

Un fuerte sonido, similar al de algo que empieza a resquebrajarse, llamó nuestra atención. La torre este, una de las más altas, comenzaba a inclinarse. Pude ver cómo el muro que la sostenía comenzaba a abrirse hacia la mitad del cuerpo de la torre. Empezó a inclinarse cada vez más hasta acabar cediendo.

Vi, con una fuerte opresión en el pecho, cómo caía poco a poco hasta el suelo, donde se rompió en mil pedazos. Aquello me dejó sin palabras.

–Su rendición es cuestión de tiempo– dijo Remiel.

Seguí sin contestar ni reaccionar, simplemente observaba el palacio, sin poder apartar la mirada de él. Vi cómo el dragón se posaba en lo más alto y, tras lanzar un poderoso chillido cargado de rabia y odio, se tendió sobre la azotea del palacio.

Cuando por fin conseguí reaccionar, me aparté del borde del saliente y me senté bajo un árbol cercano. Remiel me miró.

–¿Qué te ocurre? No pareces el mismo que decidió apartarse del Creador, quien vio la injusticia en sus decisiones.

–Esto no tendría que haber acabado así.

–Olvídate del palacio...

–No es el palacio, Remiel. A lo que me refiero es a que...– hice una breve pausa–. Entonces no iba a haber dragón. No íbamos a compartir el reino.

–Ni ahora, en cuanto tengamos lo que queremos, nos desharemos de él.

–¡¿Tú has visto a esa cosa?! ¿Ves que tenga reparo alguno en destruir?

–Samael tampoco lo tiene.

Remiel se sentó en frente de mí. Nos quedamos en silencio un breve instante. De repente, Remiel se acercó y apartó un mechón de pelo de mi cara.

–Tienes el ojo fatal, y se te está infectando la herida.

–Ya me la curaré– respondí sin más.

Volvimos a guardar silencio.

–Sigues preocupado por tu aprendiz ese, ¿verdad?

Yo no respondí enseguida.

–Se suponía que él jamás tendría que haber sabido de esta batalla.

–Se enteraría de todos modos, como se enteraría de que traicionaste al Creador y todos los ángeles. Nadie admira a un traidor, Lucifer.

Miré al dragón, al que apenas distinguía entre la oscuridad.

–No puedo dejar que él lo mate.

***

Jophiel y yo nos arrodillamos ante el Creador.

–Mi señor, hemos perdido la batalla, y me atrevería a decir que también la guerra– dijo Jophiel con una mezcla de disgusto y tristeza.

El Creador lo miró.

–Mucho atrevimiento es ese, ¿no crees? Una batalla no define el curso de la guerra.

–Mi señor–, interrumpí–, con el debido respeto, tienen un dragón y no creo que podamos hacer nada contra él.

–¿Eso crees, Uriel?– me preguntó. Hubo un breve silencio–. Dejad que yo me encargue del dragón– dijo al fin–. Podéis retiraos.

Jophiel y yo no dijimos nada más, simplemente nos levantamos y nos fuimos de la sala. Mientras caminábamos por el pasillo podíamos ver cómo caía polvo y algún que otro escombro de vez en cuando.

–La guerra está perdida– dijo Jophiel.

Puse mi mano sobre su hombro en señal de apoyo.

–Confiemos en el Creador.

El otro asintió mientras dirigía su mirada hacia el techo.

–Salgamos rápido de aquí, de poco serviremos si nos aplasta un trozo de techo.

–Gran verdad– dije con cierto aire divertido, aunque la situación no lo fuera.

***

Habíamos elegido los calabozos para instalarnos. El lado negativo de tener una forma física es que podía ser destruida y el hecho de que estuvieran cayendo escombros cada dos por tres arriba, nos había obligado a refugiarnos en el único lugar seguro que quedaba; y aún así caía sobre nosotros polvo desde el techo, como si un gigante caminara sobre nuestras cabezas. Podíamos escuchar los alaridos del dragón como si estuviera dentro, y sentir cada golpe que daba como si se lo diera a las paredes entre las que estábamos, todo temblaba.

Estaba sentado sobre la escalera que daba al palacio, no muy lejos de Gabriel y Zadquiel, que sentados contra la pared de una de las celdas, discutían en voz baja.

–No debiste enviar a Miguel, ¿cómo se te ocurrió?¿En qué pensabas?– le reprochaba Gabriel a Zadquiel.

Vi cómo Zadquiel se encogía ligeramente de hombros.

–Él fue quien se ofreció.

–No debiste dejarlo, es muy joven, podrían haberlo matado.

–Primero, lo mismo podría haber ocurrido en la zona este; segundo, no fue un ángel lo que casi lo mata. ¿Cómo iba a saber yo que semejante criatura participaría en la batalla?

–Ninguno lo imaginábamos.



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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