Lucifer, El Origen De Un Demonio

Tamaño de fuente: - +

26. La Caída De Luzbel (parte 3)

Los ojos de Luzbel se cerraron a la vez que su voz se apagaba. Sentí que el corazón se me detenía por un instante. Miré a Uriel, arrodillado a nuestro lado y con sus manos aún agarrando las de Lucifer; sus ojos ambarinos miraban con estupefacción el cuerpo de este.

Con el corazón desbocado, puse mi mano sobre el hombro de Luzbel y lo moví levemente.

—Lucifer— lo llamé, pero no hubo ningún tipo de respuesta por su parte—. Lucifer, despierta— dije agitándolo esta vez con más fuerza, pero el resultado volvió a ser el mismo—. No puede ser— dije sentándome junto a él, totalmente abatido—, no puede ser— repetí mientras sentía cómo mis ojos comenzaban a humedecerse.

—Has hecho todo lo que has podido— escuché que me decía la voz de Uriel.

—Pues no fue suficiente, Uriel— respondí con cierta impotencia.

El silencio volvió a reinar entre ambos. Posé mis ojos en el pecho de Lucifer, ahora completamente estático, sin indicios de que continuara respirando. Ni siquiera me atrevía a comprobar si tenía pulso.

Fue entonces cuando dos dedos se posaron sobre el lateral izquierdo de su cuello.

—¡Todavía tiene pulso!— anunció Rafael—. Tal vez aún pueda hacer algo por él.

Un pequeño ápice de esperanza brilló de nuevo en mis ojos.

—¿Puede salvarse?— pregunté.

—Dependerá de la gravedad de la herida—. Posó sus ojos en Uriel—. Necesito que me ayudes a llevarlo.

El otro asintió.

—Voy con vosotros— dije levantándome de un salto.

Pero Rafael se negó.

—Gabriel también está herido, Miguel, Jophiel necesita ayuda con él. No te preocupes por Lucifer, déjanoslo a nosotros— dijo con una sonrisa amable pero algo forzada.

Finalmente, acepté casi a regañadientes y fui en busca de Jophiel.

***

Una vez que Miguel se hubo marchado, con la ayuda de Uriel, llevé a Lucifer al interior del palacio, o lo que había quedado de él. Los heridos estaban siendo agrupados en las criptas del palacio, el único lugar que había quedado en condiciones para poder llevar a cabo operaciones de heridas graves, como la que llevábamos entre manos.

Mientras recorríamos el pasillo, el silencio era nuestro único acompañante. Mentalmente calculaba las posibilidades que tenía de salvar el cuerpo de Lucifer; y Uriel... no tenía ni la más remota idea de lo que podía estar abordando su mente en aquel momento.

Llegamos a una estancia algo apartada pero vacía, que era lo que necesitábamos.

—Déjalo en el suelo— le dije a Uriel.

Depositamos con cuidado el cuerpo de Lucifer sobre el suelo de piedra mientras abría la puerta que daba al interior de la habitación.

Dentro de esta descubrí una especie de altar, el altar donde se preparaban los cuerpos abandonados por la energía antes de ser borrados.

Entré y cubrí la fría piedra de la que estaba hecho el altar con una sábana blanca que habíamos cogido de la estancia a la que nos habíamos dirigido antes de esta. Regresé junto a Uriel.

—Ayúdame a dejarlo sobre el altar.

Uriel no dijo nada, simplemente hizo lo que le ordenaba, algo inusual en él.

Depositamos a Lucifer sobre el altar y, mientras lo estaba colocando correctamente, Uriel habló por primera vez.

—¿Por qué no has dejado que venga Miguel?

Me volví brevemente hacia él para mirarlo antes de volver a mirar a Lucifer.

—Muy sencillo, ¿tú has visto su herida? Yo no, pero tengo entendido que es profunda. Ya es grave siendo en la zona superior del abdomen, demasiado cerca del corazón. Continúa con vida, por ahora, pero no sé qué órganos puede tener dañados, no sé dentro de la gravedad el autentico nivel que tiene, todavía. Lo que sí sé es que Miguel y Lucifer estaban muy unidos, fue quien lo estuvo cuidando desde siempre, ¿cómo crees que le sentaría verlo morir?— le dije mientras quitaba el vendaje improvisado para ver por primera vez de qué herida se trataba exactamente.

—Se enteraría de todos modos y le sentaría igual.

—No. No es lo mismo que te lo digan o verlo por ti mismo.

Aparté el manto azul de Miguel, el último antes de dejar la herida al descubierto. Aunque sabía de antemano que era grave, no esperaba lo que vi, y pareció que mis ojos lo dijeron todo.

Uriel se acercó a mí.

—¿Cómo lo ves?

—Difícil, por no decir imposible.

Fijó su mirada en la herida. Era, sin duda, un corte muy profundo.

—Sinceramente, ¿crees que tiene alguna posibilidad?

Me encogí de hombros.

—Voy a hacer todo lo que esté en mi mano. Adariel, quien fue mi maestro y me enseñó todo lo que sé, era experto en heridas de guerra.

—Tal vez él pueda ayudarlo.

—Tal vez, quédate con él, voy a buscarlo.

***

Encontré a Jophiel cuando se dirigía hacia el palacio, cruzando lo que había sido el campo de batalla con Gabriel echado casi sobre su hombro. Corrí hacia ellos.

—Te ayudo— le dije en cuanto llegué a su lado y mientras pasaba el brazo libre de Gabriel por encima de mis hombros.

—Gracias, Miguel.

Inconscientemente, mi paso se aceleraba, tal vez debido a las ganas que tenía de entrar en el palacio, de dar con Rafael y saber qué iba a ser de Luzbel.

Sin embargo, Jophiel no podía seguir mi paso y más de una vez tuve que aminorar la marcha. Entonces pasamos cerca de un lugar que reconocí al instante, era el lugar donde había hablado con Rafael y Uriel por última vez. El cuerpo de Luzbel ya no estaba allí, en su lugar sólo estaba el gran charco de sangre sobre el que había estado. Mis ojos se clavaron en aquel lugar sin que pudiera hacer nada por evitarlo. Ahora fue Jophiel quien tuvo que detenerse.

—Vamos Miguel, no podemos entretenernos.

Aparté la mirada del lugar y seguí caminando.

***

Tras minutos de búsqueda que se me hicieron eternos, por fin di con Adariel.

Adariel era uno de los ángeles más antiguos, tan solo unos siglos posterior a Lucifer, y jefe de los ángeles diestros en medicina. Perteneciente al coro de los serafines.



Vallay

#136 en Fantasía
#105 en Personajes sobrenaturales
#170 en Otros
#7 en Aventura

En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

Añadir a la biblioteca


Reportar