Lucifer, El Origen De Un Demonio

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26. La Caída De Luzbel ( parte 4)

Al principio tan solo veía una gran mancha oscura. Mi visión continuaba siendo borrosa y el fuerte dolor de cabeza que sentía no ayudaba a aclarar mi confusión. Lo último que recordaba era estar tirado sobre el suelo en el campo de batalla, así que, dejándome guiar por la lógica, aquella mancha oscura que había sobre mí tendría que ser el cielo.

"Vaya pérdida de tiempo, yo matándome a hacer estrellas y ahora no se ve ninguna" pensé.

Poco a poco mi vista se fue aclarando y entonces pude distinguir algunas grietas.

"El cielo no tiene grietas" recapacité mientras seguía fijando mi vista en lo que había sobre mí. "Ah, es techo" deduje por fin una vez que mi vista se aclaró por completo.

—Menos mal que nadie me ha leído los pensamientos— dije aliviado.

Ahora sólo me quedaba averiguar dónde estaba, porque estaba claro que no era mi habitación. Mis ojos recorrían nerviosos la estancia, pero no lograba averiguar qué lugar era aquel.

—¿Dónde me he metido?— me pregunté mientras intentaba incorporarme.

Sin embargo, un agudo dolor en la parte superior de mi abdomen me hizo desistir y caer de nuevo sobre la piedra. Podía sentir el asqueroso sabor amargo de la bilis al comienzo de mi garganta.

Respiré hondo tratando de calmar el agudo dolor mientras me llevaba las manos al vientre. Fue entonces cuando descubrí que unos grilletes apresaban mis muñecas.

—Pero ¿qué?— exclamé estupefacto al descubrir las cadenas que me ataban a la piedra.

Por un momento pensé en la posibilidad de que Samael hubiera decidido regresar a por mí y que ahora fuera su prisionero. Tal vez simplemente me mantuviera con vida mientras me quedara energía de la que pudiera aprovecharse y después me destruiría, como sabía que era su deseo.

Sin embargo, aquel pensamiento se esfumó cuando, al bajar la mano derecha, mis dedos rozaron algo similar a cabello y, a continuación, un hombro. Había alguien a mi lado.

Intenté incorporarme un poco de nuevo para descubrir de quién se trataba, pero la oscuridad que invadía la estancia me impedía ver con total claridad. Tan solo lograba distinguir un tenue resplandor azul que levemente iluminaba la figura de una mano sobre mi vientre.

Como las cadenas me impedían llegar hasta ella, intenté concentrarme para invocar parte de mi energía. Pronto mi mano derecha comenzó a emitir un ligero resplandor, pero el suficiente como para iluminar las suaves facciones del ángel postrado junto a mí, con la cabeza apoyada sobre la piedra en la que yo reposaba.

Sentí que mi corazón daba un vuelco debido a la sorpresa y la alegría que sentí al descubrir que no era otro que Miguel.

—Miguel— lo llamé, aunque era tal la emoción que sentía en aquel momento que hasta mi voz se ahogó debido a la falta de aire, de modo que no se escuchó más fuerte que un susurro.

De repente, vi que comenzaba a despertar, es posible que por culpa de la luz que mi mano emitía. Vi cómo abría sus ojos poco a poco, con trabajo.

Miró hacia mi posición justo cuando sus ojos terminaron de abrirse y los posó en los míos. Al momento, una gran sonrisa apareció en su rostro y, cuando me vine a dar cuenta, me estaba estrechando entre sus brazos.

—¡Has despertado!— exclamó a la vez que hundía su rostro en los mechones de cabello que caían sobre mi hombro.

Fue un abrazo largo, como si no quisiera soltarme. Poco a poco lo fue deshaciendo para volver a sentarse junto a mí, pero con su sonrisa impecable.

—¿Cómo estás?— me preguntó.

Vacilé un momento antes de responder.

—Desorientado. ¿Qué ha pasado?¿Dónde estamos? Lo último que recuerdo es estar tirado en el suelo del campo de batalla.

—Sí, te quedaste inconsciente; de hecho, has estado dos días en ese estado. Estamos en las criptas, Rafael te trajo hasta aquí para curarte.

—¿Y dónde está?

—Supongo que duerme, todavía no ha amanecido.

—¿Y qué haces aquí entonces?

—Pues cuidarte, claro— contestó sorprendido, como si se tratara de una respuesta obvia que yo debería de saber—. Llevo dos noches durmiendo aquí, desde que me permitieron verte. Es más, es muy posible que, si has despertado, haya sido gracias a que he usado esto contigo— dijo mostrándome su cristal.

De modo que era aquello lo que emitía aquel tenue resplandor bajo su mano. Sus palabras hicieron que me conmoviera como nunca antes lo había hecho, ni lo haré.

—No sé si eres consciente de que intenté matarte— dije mientras observaba el cristal que aún colgaba de su mano derecha.

—Te perdono— dijo tan débilmente que casi ni lo escuché.

—¿Qué?— pregunté sorprendido.

—Que te perdono— dijo más fuerte.

El silencio se hizo entre nosotros, principalmente porque aquel pequeño arcángel había vuelto a dejarme sin palabras por enésima vez a lo largo de su breve existencia. De repente, empecé a sentir un gran malestar en el estómago.

Miguel me miró.

—¿Estás bien?— me preguntó.

—No, no me encuentro bien.

Apenas tuve tiempo para acabar la frase antes de que tuviera lugar la primera arcada.

—Espera, espera— dijo Miguel mientras empezaba a buscar alterado por la estancia algún recipiente. Por fin dio con uno—. ¡Aquí!— dijo mientras me lo acercaba, acción para la que casi no tuvo tiempo antes de que empezara a vomitar.

Con el repulsivo sabor de la bilis de nuevo en mi boca, más intenso incluso que antes; y un fuerte dolor de estómago provocado por los esfuerzos al vomitar, me vi obligado a tenderme de nuevo sobre la piedra.

Sentí la mano de Miguel apartando algunos mechones de cabello de mi cara.

—Voy a avisar a Rafael de que has despertado— dijo con cierta alegría reflejada en su voz mientras dejaba el recipiente en el suelo, junto a mí, e iba hacia la puerta—. Volveré enseguida— dijo mientras la abría, dejando entrar algo de luz en la estancia.

Sin embargo, la luz se desvaneció en cuanto volvió a cerrar la puerta, siendo de nuevo la única luz que invadía la estancia el débil resplandor de la luna que entraba por la ventana.



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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