Lucifer, El Origen De Un Demonio

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27.El Juicio (parte 1)

En cuanto hube recuperado las fuerzas suficientes como para poder caminar por mi cuenta al menos, no tardaron en trasladarme a una celda.

Apenas había amanecido cuando dos guardias irrumpieron en la estancia en la que me encontraba. Me desperté sobresaltado, justo a tiempo para ver cómo soltaban las cadenas que me mantenían atado al altar de este mismo y me obligaban a abandonar la estancia. En cuanto salí de ella, lo primero que vi fue otros dos guardias esperando en la puerta.

A pesar de que iba encadenado, los cuatro me escoltaron a través de los silenciosos pasillos de las criptas; dos iban por delante, y los otros dos por detrás, uno de ellos sujetando las pesadas cadenas que aún me apresaban.

Llegamos hasta el segundo nivel de las criptas, donde se encontraban las mazmorras. Los guardias que iban más adelantados abrieron la pesada puerta de madera que nos cerraba el paso y nos adentramos en el oscuro pasillo que había tras ella.

Escuché cómo se cerraba con un fuerte golpe a nuestras espaldas mientras avanzábamos por el corredor. A ambos lados de este podía distinguir entre la oscuridad puertas de madera similares a la que acabábamos de cruzar, tan solo un poco más estrechas y todas con una pequeña abertura a modo de ventana, de pequeñas dimensiones y aseguradas todas ellas con barrotes.

Pude sentir cómo numerosos ojos se posaban en mí mientras avanzábamos. Por fin nos detuvimos frente a una de las puertas.

—Aquí es —dijo uno de los guardias mientras introducía la llave en la cerradura y comenzaba a girarla.

***

Remiel abrió los ojos sobresaltado y comenzó a escudriñarlo todo a su alrededor mientras yo lo observaba con abatimiento y casi sin prestar atención a sus reacciones desde el lado opuesto de la celda, en concreto, sentado delante de la puerta que daba entrada a la celda.

—¿Has oído eso? —me preguntó.

—Sí, han abierto la puerta principal —dije sin demasiado entusiasmo—, como todos los días —dije más para mí que para él.

Vi cómo Remiel se levantaba y se acercaba hasta la puerta, donde se asomó a través de la pequeña ventana que había en lo alto de esta, el único contacto con el exterior que habíamos tenido en estos últimos días.

—Traerán a otro prisionero —dije de mala gana.

—Más nos vale, por nuestro bien.

No pude evitar fruncir el ceño ante su respuesta.

—Siempre igual, empiezas a ponerme de mal humor con esa obsesión que tienes por el dichoso juicio.

—¡Tú no lo entiendes! —me espetó de repente—. ¿Qué vas a saber tú, Asmodeo, si esta es tu primera falta?

Me apoyé contra la puerta.

—Cierto, es mi primera falta y no sé que nos sucederá, tampoco creo querer saberlo, pero lo que sí sé es que esa actitud tuya no ayuda, ni a ti ni a mí, así que por favor, cálmate de una vez —dije en un tono algo más subido.

De repente, la puerta comenzó a abrirse y no pude hacer nada por evitar caer al suelo, a los pies de unos guardias, quienes comenzaron a apuntarme con sus lanzas a la vez que me ordenaban a pleno pulmón que volviera a la celda.

***

La puerta se abrió y, al momento, un ángel cuyo cabello cobrizo reconocí al instante, cayó de espaldas al suelo, a los pies de los dos primeros guardias, quienes no dudaron en apuntarle con sus lanzas mientras le ordenaban que regresara al interior de la celda.

El ángel, al que reconocí como Asmodeo, se levantó tambaleante debido a los nervios y comenzó a retroceder con las manos alzadas en señal de paz.

—Tranquilos, tranquilos, ya entro —escuchaba que les decía mientras caminaba hacia el interior de la celda seguido por las puntas de las lanzas.

—Entra —me ordenó uno de los guardias posicionados detrás de mí.

Obedecí sin más y entré en la celda donde, de nuevo, volvieron a asegurar mis cadenas a unos enganches que sobresalían de la pared de piedra. Vi cómo los cuatro se retiraban y cerraban la puerta detrás de ellos. Suspiré levemente antes de mirar a mi alrededor. Remiel y Asmodeo, de nuevo con Remiel y Asmodeo. Aquella situación confirmaba mi afirmación de que eran como una maldición de la que no te podías librar de ningún modo; y para colmo descubrí que yo era el único de los tres que estaba encadenado.

Maldecí para mis adentros la situación en la que me encontraba mientras me sentaba en el suelo, aún dolorido por la herida, que no había terminado de sanar.

—Otro prisionero —dijo Asmodeo mientras se sentaba también sobre el suelo, aunque en el lado opuesto de la celda.

—Me alegra verte —me dijo Remiel.

—Sí, lo mismo digo —fue mi respuesta.

***

En cuanto amaneció, antes de que me llamaran para continuar con la restauración, bajé para hacer una breve visita a Lucifer, tal y como había estado haciendo durante estos tres últimos días desde que empezó a mejorar.

Sin embargo, esta vez fue diferente. Cuando llegué hasta la estancia en la que él se suponía que estaba retenido, encontré la puerta abierta. A pesar de que aquello me pareció extraño, supuse que tal vez Rafael había llegado hoy un poco antes. Al asomarme, comprobé que sí, Rafael ya estaba allí, pero de Lucifer no había ni rastro.

Rafael estaba ordenando la estancia cuando se percató de mi presencia. Me acerqué hasta donde él estaba.

—¿Dónde está Lucifer? —le pregunté.

Rafael bajó levemente la mirada.

—Lo han debido de llevar a una celda.

Lo miré incrédulo.

—Aún no estaba curado del todo —dije con cierto tono de reproche, aunque no fuera dirigido al arcángel ante mí.

—Lo sé —fue su respuesta—, concuerdo contigo en que se han precipitado.

Hubo un breve silencio.

—¿Qué va a pasar ahora? —le pregunté, aunque ya suponía cuál iba a ser su respuesta.

—Se le juzgará junto al resto de los ángeles que participaron en la rebelión, es lo único que sé.

—¿Dónde está ahora?

—Desconozco su paradero exacto, pero supongo que estará o en el segundo nivel o en el primero, es ahí donde se encuentran las mazmorras. Pero no dejarán que lo veas, Miguel, no están permitidas las visitas a los prisioneros.



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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