Lucifer, El Origen De Un Demonio

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27. El Juicio (parte 2)

Llegué a Saturno acompañado por los ángeles más fuertes de mi legión. En cuanto me posé sobre el suelo, tres de los cinco ángeles que había dejado al cuidado del extraño ángel salieron a mi encuentro.

—Mi señor.

—¿Dónde está? —pregunté.

El ángel agachó la cabeza y me indicó que lo acompañara. Los diez ángeles que me habían acompañado siguieron mis pasos de cerca. El ángel me guió hasta un árbol bajo el cual estaba sentado el líder de la legión, atado al tronco con las cadenas que empleamos para inmovilizarlo antes de abandonar el planeta, y amordazado.

Nos detuvimos antes de llegar junto a él. No pude evitar llevarme la mano al hombro que resultó herido durante nuestro enfrentamiento con cierta inquietud. A pesar de que nos encontrábamos a una distancia considerable de él, podía ver sus ojos amarillos fijos en mí, en los que se podía distinguir un extraño brillo, aunque no sabría decir si era de rabia, terror, realmente dudaba que pudiera sentir este último, o simplemente odio.

Me volví hacia mis acompañantes.

—Tened cuidado, es imprevisible y muy agresivo. Tiene mucha fuerza, si se resiste, no dudéis en reducirlo, como sea, pero sin matarlo —les advertí a los guerreros que me habían acompañado.

Inmediatamente obedecieron mi orden. Yo me quedé al margen, vigilando junto a Enael el proceso, atento a los movimientos del ángel. No aparté la mano de la empuñadura de mi arma hasta que los guerreros de mi legión lo tuvieron todo bajo control.

—Ha sido más fácil de lo que pensaba —me atreví a decir.

—Coincido, esperaba más resistencia por su parte, ya que nos era del todo imposible acercarnos a él. No tuvimos más remedio que atarlo a ese tronco.

Me volví al ángel que había sido uno de sus guardianes durante estos días.

—Avisa a tus compañeros, la guerra ha acabado. Podéis regresar al Reino.

Enael respondió a mis palabras con una inclinación de la cabeza para seguidamente abandonar su posición junto a mí e ir en busca de los demás.

Mis ojos se posaron de nuevo en el ángel cautivo. Observe su gran tamaño, acentuado por su marcada musculatura. El cabello negro y completamente lacio caía sobre su rostro, resaltando el color pálido de su piel. Tras él arrastraba dos inmensas alas grises.

De repente sus ojos se posaron una vez más en mí, y no pude evitar estremecerme cuando un escalofrío recorrió mi columna ante su gélida mirada, totalmente inexpresiva.

—¿Qué clase de monstruo eres? —murmuré para mí, sintiéndome incapaz de apartar la mirada del ángel.

Una siniestra sonrisa apareció en su rostro, haciéndolo todavía más escalofriante.

Por fin escuché los pasos de Enael y el resto de sus compañeros ya reunidos.

—No perdamos más tiempo —dije desplegando las alas y alzando el vuelo.

***

Levanté el puño por enésima vez y lo acerqué a la puerta, dispuesto a llamar, pero, una vez más, volvía bajarlo antes de que rozara la madera.

Me aparté de las puertas que me separaban del Creador y empecé a caminar de un lado para otro, invadido de nuevo por la duda y a la espera de que regresara el coraje para llamar. En verdad no entendía por qué no me atrevía a llamar. Me apoyé contra la pared, y miré las puertas.

Realmente creo que me atemorizaba poder enfadarlo al revelarle que mis intenciones no eran otras que ayudar a Lucifer, después de todo, había sido su rival en la guerra, no creo que le hiciera demasiada gracia lo que iba a hacer; sin embargo, sabía que era la única oportunidad que tenía Luzbel de salvarse y no pensaba dejarla escapar por culpa de mi timidez.

Avancé de nuevo hacia la puerta, una vez más, dispuesto a llamar, aunque esta vez mi puño golpearía la madera. De repente la puerta se abrió y por el hueco que surgió se asomó uno de los centinelas que solían estar vigilando las puertas.

—El Creador pregunta que si vas a entrar.

Sentí que me ruborizaba sin poder hacer nada por impedirlo.

—Sí, sí, claro.

El guardia abrió la puerta del todo y anunció mi llegada al Creador. Yo avancé por el pasillo que conducía hasta las escaleras que llevaban a su trono, sentía que las piernas me temblaban levemente debido a los nervios y que mi corazón latía a gran velocidad. En mi mente no hacía otra cosa que evocar los movimientos que realizaba Lucifer cada vez que entraba a la sala de audiencias y el modo de dirigirse al Creador.

Me detuve a unos pocos pasos del primer escalón y me arrodillé.

—Mi señor —lo saludé con una voz tan débil y temblorosa que apenas si la escuché yo mismo.

—Dejadnos —ordenó de repente el Creador.

Oí el sonido de los pasos de los guardias, la puerta se abrió y, seguidamente, se cerró. Mi vista estaba clavada en el suelo, casi no me atrevía a alzarla, mientras sentía cómo mi corazón se aceleraba cada vez más.

Podía sentir la mirada del Creador clavada en mí.

—Miguel, levántate —me ordenó.

Obedecí de inmediato. A pesar de que el tono de su voz era sereno y rozaba la dulzura, mi tensión no disminuyó, tal vez debido al cometido que me había traído hasta aquí.

—¿Querías hablar conmigo? —Asentí con un movimiento de la cabeza—. ¿Y a qué esperabas para entrar? —preguntó con un tono jovial.

—Pensaba que tal vez no querríais recibirme al saber qué era lo que me traía hasta aquí.

El Creador me miraba ahora con interés.

—Continúa. Dime de qué se trata.

—Mi señor, con el debido respeto, vine para hablar del destino de Lucifer —dije a la vez que me encogía con cada palabra, temiendo enojarlo.

—Continúa —repitió en su mismo tono tranquilo.

—Antes de nada, me gustaría dejar claro que no apoyo sus actos contra vos ni contra el Reino pero... —alcé la mirada hasta el Creador, esperando que me interrumpiera y me obligara a abandonar la sala; pero viendo que no era así, proseguí—, me gustaría saber si tiene alguna posibilidad de ser perdonado.

Ya estaba dicho, ahora sólo me quedaba afrontar la reacción del Creador. El silencio permaneció entre nosotros durante un breve instante.



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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