Lucifer, El Origen De Un Demonio

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27. El Juicio (parte 3)

El sonido producido por las cadenas cada vez que dábamos un paso era lo único que rompía el silencio en el momento en el que éramos escoltados por los guardias hasta la estancia central del palacio, en la cual tenían lugar las reuniones y acontecimientos más importantes, esos a los que asistía hasta el último ángel del Reino.

Levanté la mirada brevemente del suelo, delante de mí caminaba Asmodeo, acompañado por dos guardias, al igual que Remiel, quien iba por detrás de mí, y yo.

Mientras cruzábamos el amplio pasillo, no pude evitar evocar los recuerdos de los momentos anteriores a la situación en la que nos encontrábamos.

Miguel y yo nos despedimos.

—Nos vemos mañana —me dijo antes de que el guardia me agarrara del brazo.

Yo no dije nada, simplemente asentí.

—Piensa en lo que te he dicho. Puedes comunicarlo, pero el Creador lo anunciará mañana de todos modos en el juicio.

—Descuida, pensaré en ello. Adiós, Miguel.

El joven arcángel inclinó levemente la cabeza a modo de despedida y desapareció por el pasillo.

El guardia me escoltó de nuevo hasta la celda en la que estaban Remiel y Asmodeo. La puerta se abrió con un sonoro chirrido, tal vez fuera eso lo que los despertó. El guardia amarró de nuevo mis cadenas a los enganches y se marchó.

En cuanto la puerta se cerró de nuevo, Remiel y Asmodeo abandonaron sus posiciones y se acercaron hasta donde yo estaba.

—¿Qué ha pasado? —preguntó el ángel pelirrojo con notable curiosidad.

Sin embargo, yo era incapaz de ocultar la decepción que sentía.

—El Creador ha decidido darnos una oportunidad a todos los ángeles que tan solo tengamos una falta.

—Entonces no va conmigo —dijo Remiel con cierto abatimiento en la voz.

—Eso es algo bueno —contestó Asmodeo.

Remiel fijó su mirada en mí.

—Venga Lucifer, ¿cuál es el "pero"?

Miré a Remiel y después a Asmodeo.

—Hay algunas condiciones. Para empezar, seremos expulsados de la corte y del palacio, tendríamos que vivir en la ciudad. No podríamos ascender de posición, ni tener una legión propia, aunque sí pertenecer a otra. No podremos hablar con Él a menos que concertemos una audiencia con antelación, y siempre y cuando sea bajo vigilancia; y, por último... —tanto Asmodeo como Remiel me miraban con curiosidad—... tendríamos que jurar lealtad de nuevo a los humanos.

Asmodeo se sentó en el suelo con el ceño fruncido.

—Sí van a causar molestias, sí.

—Más de las que pensaba —coincidí.

—Son condiciones duras —protestó Asmodeo.

Remiel dejó escapar un profundo suspiro.

—Es posible, pero creedme, merece la pena. Si yo estuviera en vuestro lugar, aceptaría sin dudar esas condiciones —dijo mientras se levantaba y regresaba a su rincón.

Asmodeo y yo nos miramos brevemente, aunque ninguno formuló palabra alguna. Mi mirada volvió a posarse en Remiel, quien había vuelto a acostarse, dándonos la espalda.

Asmodeo hizo lo propio, de modo que volví a quedarme solo en el rincón. Me senté apoyando la espalda y la cabeza en el muro de piedra mientras analizaba detenidamente las palabras de Miguel y pensaba en la decisión que debía tomar.

Por primera vez en estos días, llevé mi mano izquierda a mi cuello, en busca de mi cristal. No tardé en sentir su sólida figura entre mis dedos. Mientras acariciaba sus marcadas aristas, miles de recuerdos acudieron a mi mente, desde mi creación y los siglos que pasé junto al Creador hasta las dolorosas palabras que Miguel había pronunciado en su lugar, pasando por todos los siglos que llevaba a su servicio, acompañándolo cuando no había nadie más, apoyando sus decisiones, peleando por Él. Después de todo eso, esta era la forma en la que me lo compensaba, prescindiendo de mí.

Sentí cómo mis ojos empezaban a humedecerse hasta el punto de acabar llorando. Agarré el cristal con rabia y, con un fuerte tirón, partí el cordón que lo ceñía a mi cuello, arrancándolo. Estuve a punto de arrojarlo al suelo cuando descubrí que el resplandor que escapaba de entre mis dedos no era de color rojo, sino azul. Aquel hecho fue el que me hizo detenerme y abrir el puño en el que aprisionaba el cristal. No era el mío.

Palpé la parte superior de mi pecho en busca de mi cristal rojo, pero no lo encontré. Volví a mirar el de color azul mientras me secaba las lágrimas con la mano que me quedaba libre, en un intento por aclarar mi visión. Permanecí un instante observándolo atentamente antes de que una leve sonrisa apareciera en mi rostro.

Las últimas palabras de Miguel sonaron tan claras en mi mente como en el momento en el que me las dijo en persona: " No puedes abandonarnos, no puedes abandonarme".

Volví a cerrar el puño con el cristal dentro y bajé el brazo hasta depositarlo sobre mi regazo. Sentí cómo una lágrima comenzaba a deslizarse por mi mejilla, pero no hice nada por impedir que llegara al suelo.

La noche pasó rápido a pesar de que casi no pude descansar pensando en lo que me deparaba el destino ahora. Supe que había amanecido cuando escuché la gran puerta que daba entrada a las mazmorras abrirse y, seguidamente, las voces de los guardias.

Apreté con fuerza el cristal que aún sostenía en mi mano mientras veía cómo un guardia abría la puerta de nuestra celda y entraba con la lanza en la mano. Tras él entraron cinco guardias más. Cuatro de ellos se ocuparon de coger a Remiel y a Asmodeo mientras que los dos últimos se acercaban a mí para soltar las cadenas.

Entre los dos me escoltaron fuera de las mazmorras. Creí que nos llevaban ya ante el Creador, pero en su lugar nos detuvimos delante de una puerta.

Miré a los guardias algo sorprendido y vi que uno de ellos me indicaba que entrara. Obedecí sin pronunciar palaba. En el interior de la habitación me soltaron los grilletes. Instantáneamente acaricié con mis manos las muñecas escocidas por el roce del metal.



Vallay

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En el texto hay: angelescaidos, angelesdeluz

Editado: 14.09.2019

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