Luna Roja

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Capítulo V: Una nueva jornada

Era una típica mañana invernal en la ciudad de Buenos Aires. Habían pronosticado un día soleado con mucho viento y bajas temperaturas para la mayor parte de la jornada, pero nada fuera de lo normal de lo que se acostumbraba a vivir en esas épocas de Junio. Poco a poco se sentía el invierno acercándose. Como todas las mañanas, Gaspar abrió temprano su local para una nueva jornada de trabajo. A pesar que aún eran las siete de la mañana, el callado muchacho solía tener abierto su comercio antes debido a la gran cantidad de estudiantes que vivían por la zona y que siempre buscaban algún bocadillo antes de ir a la escuela.

              Como todos los días cada uno de los miembros del excéntrico hogar tenía una tarea que cumplir. Gregory fue el segundo en levantarse, más temprano de lo habitual. Decidió ir dos horas antes a la comisaria ya que, al no haber mucha gente en ese horario, le daría la privacidad necesaria para informarle a su superior el éxito que tuvo la misión de la noche anterior. Poco después que el hombre se fuera, Santino pasó bostezando por el interior del comercio. Con los ojos cerrados y un andar perezoso llevaba nada más que su remera mangas corta de un tono negro desgastado y unos calzoncillos blancos con ribetes negros. Aún no se había peinado, aunque parecía importarle poco y nada; como tampoco le importaba el riesgo de que alguien lo viera de esa manera dentro del comercio. Sin embargo, la única forma que había de llegar a la cocina era yendo hacia el final de los estantes de la tienda. Para su suerte, nadie había ingresado en ese momento, aunque nunca se sabía cuando un cliente entraría.

_Доброе утро..._ saludó entre bostezos.

_Доброе утро[1]_ devolvió el saludo Gaspar, mientras acomodaba algunas cosas detrás del mostrador_ ¿Podrías ponerte pantalones antes de bajar por las mañanas, por favor?_ mencionó siguiendo con la mirada el andar perezoso de su líder, pero éste no le prestó atención y siguió caminando. Gaspar suspiró resignado, era siempre lo mismo cada vez que el joven se levantaba temprano.

              Ese día le tocaba a Santino hacer el desayuno para los miembros del grupo. A pesar de no haberse despertado del todo tenía talento a la hora de cocinar, sabía diversas recetas y su mayor especialidad era la comida oriental. La familia Dragwlya se nutría únicamente de sangre y de vez en cuando de carne roja, las frutas o verduras no aportaban nada a su metabolismo pero no por eso dejarían de comerlos; a veces era bueno acompañar sus manjares con alguna que otra ensalada. Sin embargo, los recientemente convertidos no gozaban de ese privilegio aún. Debido a que su cuerpo se está acostumbrado a la nueva vida como vampiro la carne y la sangre no logran satisfacerlos por completo, así que por un tiempo pueden seguir alimentándose de la comida que gozaban en su vida anterior. Esto es lo que le sucedía a María, la última en unirse al grupo.

              Hacía ya tres años que estaba con ellos y su entrenamiento como vampiresa aún no estaba completo. Faltaba pulir algunos detalles como su vuelo, el control de su salvajismo y demás. La muchacha era la más joven del grupo, pero también la más fuerte. Convertidos como ella había pocos y la mayoría de las veces los Dragwlya elegían a este tipo de compañera para engendrar a sus futuros herederos. María no fue la excepción, aunque no fue por eso que Santino la eligió como su pareja. Más allá de lo poderosa o no que fuera, los jóvenes habían encontrado en el otro a su alma gemela y con el pasar del tiempo formaron un vínculo difícil de romper. Sin embargo, siempre estaban aquellos que pensaban todo lo contrario diciendo que la única razón para que ellos dos estuvieran juntos era por motivos más bien de interés personal, por ejemplo, tener más poder sobre los demás.

              ¿Sería cierto?

 

Siendo las siete treinta de la mañana la joven rubia estaba preparada para ir a la escuela. Una nueva jornada escolar se realizaría como en otro día de la semana y, como cualquier adolescente, no era algo de su agrado, aunque ese no sea el verdadero problema de su estado de ánimo. Como siempre llevaba el cabello suelto con el flequillo cubriéndole casi la mitad de su rostro, vestía el uniforme de la escuela aunque esa vez usaba una remera mangas cortas añadiendo unas muñequeras de púas negras en ambos brazos. Aquellos accesorios estaban permitidos, a pesar de ser una escuela privada. No obstante, lo mejor hubiese sido usar unas muñequeras un poco más disimuladas. A María no le importaba que la criticasen, eran sus gustos y, a su vez, un recordatorio permanente de lo que esas muñequeras ocultaban debajo.

              Cuando pasó la cortina de cuentas, saludó cordialmente a Gaspar luego que éste terminara de atender a unos clientes. Al finalizar, éste también le devolvió el saludo.



Scarlet Ericson

Editado: 14.12.2018

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