Luxor: Un nuevo mundo

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I.

Su belleza es conocida en toda República: Desde las islas del océano Terra y el mar de Carem, desde las zonas árticas del sur donde los hombres provenientes de la Gran Migración se asentaron hace más de cuatrocientos años, hasta las áridas del norte con sus sabanas infinitas y las viejas civilizaciones ocultas bajo la arena de sus desiertos. Se dice que su cabello está compuesto de hebras de oro como el extraído en las entrañas de sus tierras, que sus ojos son tan azules como las aguas de las Islas de Boreo, donde la pared coralina se extiende por kilómetros a lo largo de la costa este de República, que su piel es dorada como la arena de sus playas y es tan suave como la seda misma, y que solo sus pecados pueden compararse a tal belleza.

La Dama Lessany de Castell es la hija única del Señor Liunius de Castell, la menor de tres hermanos varones, la causa de la muerte de su madre y diana para el odio de los cuatro principales hombres de uno de los linajes más pudientes de República gracias a su riqueza mineral, agrícola-ganadera, textil y energética.

Castell, hermosa metrópolis de altos baluartes que rompen las nubes con sus picos, calles adoquinadas con azulejos celeste y blanco, plataformas de luz para la movilización de sus ciudadanos dentro de la misma, prosperada en la opulencia bajo el Régimen donde la reproducción es controlada y registrada estrictamente, y cada vida planeada con cuidado, desde los hermanos de instrucción y su carrera de vida, hasta su muerte, donde la migración y comunicación son limitadas por la Soberanía; como en cada sede de República.

El Baluarte Central se erige al sureste del Templete de Sabiduría, lugar de congregación para la religión universal, las calles colindantes a ésta cúpula erigida a doscientos metros de altura se ven llenas de algarabía y orgullo al recibir a la Dama de Castell y su comitiva de viaje. Los nativos se detienen y observan pasar a la Dama en un corcel plateado de crin blanca como la leche, sus ropajes sucios y ajados por el viaje, su trenzado dorado un tanto desordenado a causa del ajetreo, pero su mirada azulada, gélida y profunda, va llena de orgullo al regresar a sus tierras.

En las entrañas de Tierra Castell se encuentran las minas de piedras preciosas y hierros más grandes de República, en su superficie la fertilidad de las granjas verticales dan a luz a frutos, hortalizas y granos de toda clase, suficiente para sustentar un tercio de la población mundial. En los valles y riscos que separan las placas de la tierra, la hierba es buena y plena para la producción de ganado, más en sus áreas industriales se producen los mejores vestidos, calzados y uniformes que visten al Régimen de la Soberanía. La familia aliada, Ashner, produce las armas que se fabrican con el metal importado desde las tierras de Castell, y éstos las exportan hacia los mercados habilitados según el Tratado de Armas establecido hace miles de años por lo Soberanos, los seres provenientes de las estrellas, de ese otro mundo que la humanidad abandonó para liberarse de la esclavitud: Luxor.

En Tierra, los Ashner y los Castell rigen el éste por sobre las sedes menores de la región, y son la conexión directa con la Sede Capital. Los soplos de noticias que se esparcen como rumores, cantan que el matrimonio orquestado entre Eduardo de Ashner, heredero de Rigo de Ashner, y Lessany de Castell, supondría una alianza definitiva que podría terminar con la silenciosa guerra que ha sumido al sur en exilio del resto de la República, dándoles a éstas dos sedes suficiente poder para erradicar la amenaza sureña; pero su libertad vale más que cualquier guerra, por tal motivo, Lessany partió sin previo aviso a una de sus expediciones por el mundo, marcando distancia entre ella y su familia hasta que la idea del matrimonio se disolviera en un recuerdo lejano. Eso, hace cuatro meses.

Los corceles van a paso lento por el camino central que conduce a una de las entradas principales del baluarte, los escoltas detrás cargan con el equipaje, herramientas y enseres de campaña que han usado durante los meses de aventuras, agotados en sus semblantes pero alegres en el corazón por regresar a casa. Los lacayos los ven llegar y se derraman en atenciones al cruzar ellos las entradas que se desvanecen al pasar y reaparecen como un cristal protector cuando nadie lo toca, ofrecen bebidas y comidas a los viajeros, remueven las ropas de protección y otros excesos durante todo el trayecto hasta cruzar los pasillos y subir a la plataforma central que llevan a la Dama a sus estancias privadas en el Baluarte Central de Tierra Castell.

—Hanles —dice a su joven lacayo y fiel compañero de viajes—, presenta mis disculpas a mi padre e infórmale que no cenaré con él ni mis hermanos, deseo descansar hasta el siguiente día. Brindaré mis respetos por la mañana.

—Como ordene, Señora —asiente el joven de cabello castaño, apenas un año menor que ella misma. Pero lo detiene con una pregunta distraída en los pensamientos.

—¿No se siente extraño volver luego de tanto tiempo? —Quitándose las botas y la casaca. Se acerca al balcón, donde la briza azota y las tierras se observan diminutas debajo de las nubes, las granjas verticales como juguetes para infantes y la cúpula con un espectáculo de luces en su interior al refractar la luz del atardecer en magníficos colores de ensueño.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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