Luxor: Un nuevo mundo

Tamaño de fuente: - +

II. (Parte Uno)

Todas las lágrimas de una vida pueden ser lloradas una sola de las noches si se tiene un corazón lo suficientemente adolorido, todo el padecimiento ausente en años se puede vivir en horas si lo que se carece no puede ser obtenido por ningún medio, todo el amor no necesitado en una vida puede llegar a ser vital cuando se pende entre la vida y la muerte.

La Dama Lessany de Castell está de pie al borde del balcón de su estancia privada, el cristal protector está desactivado y el aire se introduce con rudeza en el interior de su bata y ropas de dormir pero ella no siente nada; a su espalda los hombres de Senerys parecen congelados en sus sitios, esperando por un movimiento de ella, ya sea para lanzarse al balcón a cogerla o para morir con ella. Las lágrimas en el rostro de Lessany no han cesado y le pregunta al Creador, al Arquitecto del mundo, en medio de la brisa otoñal que se extiende sobre sus tierras, si de verdad existe y es bueno, porqué permite que su propio padre le haga esto.

Ella no ha amado más que a dos cosas: Su tierra, Castell, y su libertad, ambas le serán arrebatadas en cuanto ese sol tiña de rojo amanecer las paredes del baluarte y la neblina que cubre los campos y las cúspides se disipe en silencio, elevándose como nubes hacia la bóveda celeste.

La noticia de su intento de suicidio es conocida por todo el baluarte, en su estancia hay más de veinte hombres intentando impedirlo, ninguno de ellos son sus hermanos o su padre. Los observa a todos por sobre su hombro, buscando una razón o una mirada quizá, para no saltar, pero no encuentra ninguna. Extiende su pie hacia el frente y deja su cuerpo caer con suavidad, las lágrimas se detienen, el viento le hala las ropas, el primer rayo de sol le besa la mejilla y por un instante se siente en paz. Alguien le arrebata esa paz halándola de las sedas de la bata, rodeándole la cintura y trayéndola al suelo de la estancia. Patalea y gruñe, llora y forcejea con quien la sostiene, pero al escuchar una voz familiar se detiene.

Lenser Marlus la sostiene en sus brazos tan fuerte, lo justo para no permitir que se vaya, que se aleje de él, al menos, en alma. Lessany de Castell llora en ellos y le pide que no la deje, que la acompañe, le dice en susurros que lo necesita más que nunca y que no le perdonará que no la acompañe, aunque sea en la muerte. Él, enternecido por esa debilidad y esa exposición nunca vista de ella, murmura de regreso palabras de aliento y de consuelo que sólo sirven para hacerla llorar de nuevo, con más fuerza.

Los bélicos de Senerys y Castell que les rodean no se inmutan cuando el compañero de armas acalla los llantos de la Señora besándola con el ardor de la vida y de la cama que han compartido en secreto, y la pasión que se ocultada, hasta ese momento, a plena vista de los que no querían ver.

—Prométeme que te mantendrás viva hasta que pueda encontrarte —susurra él contra sus labios, dejándola respirar. Los bélicos no permiten una respuesta, separándolos y arrastrándolo a él lejos de ella. Ninguno se opone, aceptan sus destinos en silencio, con el amor hecho pedazos y el corazón azul de odio.

Las lacayas le ayudan a vestir sus ropas finas de viaje, manipulándola como a una doncella que necesita de mucha ayuda: Las ropas interiores que evitan el roce van primero, amoldándose a sus figuras, sigue el pantalón de montar del mismo color con diseños escarlata en los costados, la camisa de algodón con líneas elásticas para acentuar su figura, a continuación las botas de cuero blanco forradas con gamuza, que alcanzan hasta su media pierna, y por último, la casaca roja con ribetes blancos cayéndole hasta debajo de las rodillas. Las mujeres le atan el cabello y adornan el peinado con sus joyas favoritas: Una diadema de oro blanco y dorado magreando su frente y entrelazándose en su trenza hasta el final de la misma, en el comienzo de sus glúteos. Se ve hermosa, aún con sus ojos enrojecidos e hinchados, la tez pálida y lánguida su figura.

¡Qué engaño que fue su regreso! Desde que se supo su llegada, fueron empacadas sus pertenencias, dejando solamente lo imprescindible para que ella no notara el cambio en sus estancias principales y no se alertara. Cada tela, cada joya, cada libro y recuerdo fue puesto en cajas de madera negra o cofres que ella misma destinó para ese uso particular hace mucho tiempo, incluso sus tan valiosas y despampanantes armaduras de lucha y sus espadas y armamento de colección fue puesto en las respectivas cajas de embalaje. Su yegua, Medialuna, también fue preparada para ser transportada en cuanto llegó a los establos de la Regencia, a medio bloque del Baluarte Central.

Una hora después de la salida del sol, la comitiva marcha en silencio por las calles adoquinadas de Tierra Castell. La Dama viaja en uno de los vehículos de su padre, rodeada por los hombres de Senerys, rumbo a la estación terrestre donde el tren reservado y su comitiva aguarda para llevarlos lo más cerca posible a la sede de Tierra Senerys, al sur, la tierra del enemigo.

 

Arestys de Senerys ha deseado toda su vida estar en este lugar, en esa alcoba de Tierra Castell, mirando por una pantalla con sus ojos negros, profundos en rencor, a la comitiva que resguarda a la Dama de Castell en su partida. Su cabello azabache y liso, roza su barbilla cuando gira su cuello para observar por el cristal de protección que da la impresión de estar flotando entre las nubes. Sus labios gruesos acompasan de forma sensual el resto de su rostro cuando una sonrisa de satisfacción se establece en ellos.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

#1777 en Ciencia ficción
#6662 en Fantasía

Editado: 19.08.2018

Añadir a la biblioteca


Reportar