Luxor: Un nuevo mundo

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II. (Parte Dos)

Lessany no encuentra consuelo en nada. Casi no come, no habla sino es para dar una orden a los lacayos del tren o a los bélicos que la escoltan, no se mueve más que de su estancia en la segunda planta del vagón, a la planta baja de la comida. Siempre tiene la cara vuelta hacia la ventana, con su mirada puesta en el paisaje que corre a su alrededor, pero mira sin ver y oye sin escuchar. Prefiere haber muerto al caer de ese balcón que estar allí, siendo humillada y entregada como mercancía, como ganado para mantener un trato, ella, que es tan valiente y es tan capaz de dirigir un ejército como cualquier directivo, que ha ido a lugares del mundo que otros solo sueñan con ver, ella, mujer letrada y capaz.

Se pregunta por Lenser, qué habrá sido de él, a dónde estará, si estará con vida. Espera, con la poca fe que le queda, que siga vivo. En su corazón comienza a alimentar ese odio por un ser que no conoce, que nunca ha visto y del cual solo sabe su nombre: El Señor de Senerys, líder de la Rebelión, quien le ha despojado de la tierra que ama y dueño de su libertad; le jura odio profundo y ciego de razón, desde ese momento, hasta siempre. Este es el sentimiento que la lleva a levantarse del diván junto a la ventana y alzar su voz demandante, como la Señora que sabe que sigue siendo.

—Ordeno que detengan el tren.

Los bélicos, con sus cotas negras azuladas del sur, y las divisas propias de los leales a la Rebelión, alistan sus manos a la altura de sus armas observándose en una mirada de intriga y confusión. Ella repite las palabras con énfasis, y sólo entonces ellos reaccionan.

—No se puede, Señora.

—Deseo caminar y lo haré aunque sea sobre sus cadáveres —espeta, atravesándole con esa mirada preciosa y azulada.

Uno de los bélicos asiente y se retira hacia los vagones principales. Unos minutos después el tren comienza su freno y se detiene por completo al medio de una pradera de césped anaranjado y seco ya, muriente, las crestas de los árboles son una sinfonía de escarlata y ambarino, y todos sus colores de por medio; en lo alto de la bóveda se dibuja el atardecer del cuarto día de viaje.

Lessany suspira y camina hasta llegar al medio de la pradera abierta, con los Bélicos analizando sus movimientos lo suficientemente cerca como para evitar que realice la estupidez de escapar hacia el bosque, pero ella es lista como para saber que hay formas más rápidas y dignas de morir. Solo quiere respirar el frío aire del otoño, casi invierno, y de la libertad de poder pensar y sentir a solas, porque presiente que pronto, no podrá hacerlo más.

 

Al otro lado del mundo, donde las brisas azotan los muros y la nieve cae como una antesala al invierno, el Señor de Tierra Senerys, Kandem de Senerys, vocifera órdenes como un maníaco y supervisa las obras de limpieza y adaptación del baluarte para que su invitada se encuentre lo más cómoda posible. Está nervioso, prácticamente está ganando una guerra, pero una mujer es algo más complejo.

En su joven vida de treinta años, no ha sabido nunca cómo agradar a las mujeres o cómo acercárseles. Las mujeres de su familia no cuentan en la lista, porque ellas le conocen y saben lo dulce de su carácter por sobre la fachada seria y regia que debe forzar frente a sus hombres, como el líder de la Rebelión. Su hermana mayor Sence de Senerys, esposa de su amigo de la infancia y aliado, Frances de Anerys, le ha intentado emparejar por muchos años con jóvenes más tímidas y más blandas que él mismo en esos aspectos, empero, de alguna manera u otra, siempre termina arruinándolo todo en alguna conversación privada o en un paseo incómodo cuando las palabras no brotan de sus labios como es de esperarse, o no lo hacen en absoluto.

Su hermana última, Arestys de Senerys, de veintiún años, tiene mejor talento en la relación con el sexo opuesto que él: Es la líder de los ejércitos del este, los que llevaron a los Castell a ceder; ella no necesita agradar, lo hace por naturalidad. Y su hermano difunto, Kencen de Senerys, treinta y cinco años de vida más tres de fallecido, estaba casado con su hermosa señora esposa de las Tierras de Fricca, cuya tez morena era sinónimo de respeto y sus hijos mulatos de cabello rubio la admiración del sur. Por desgracia, el amor no supo defenderlos cuando Rigo de Ashner le venció en el Enfrentamiento de las Aguas, cuando el otoño, como éste, se arreciaba con fuertes lluvias que elevaron los caudales del río y murió a sus hombres en ellos al ser arrinconados en una maniobra astuta de Rigo. Esa astucia se convirtió en crueldad y locura cuando, al medio de la masacre, fueron arrojados a los remolinos de las aguas la esposa y los hijos de su hermano. Kandem no ha perdonado, ni perdonará tal hecho.

De cierta forma le da satisfacción que la hija menor de Liunius de Castell sea ahora su huésped, siente que un poco de justicia se está cumpliendo, él quisiera verlos a todos sangrar, y si ella puede ser el comienzo, entonces lo hará. La conciencia que gravita sobre su cabeza, le dice que es una mujer inocente, que una hija no debe pagar por errores de sus padres. Aun sin conocerla, decide que intentará tratarla con la mayor cordialidad posible, anhelando para la nación la paz que a él le quitaron tres años atrás.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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