Luxor: Un nuevo mundo

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III.

La Dama desciende de su caballo con la gracia de un acróbata, las botas blancas se le ensucian al pisar el suelo lodoso y apenas las había calzado esa mañana; mantuvo reservada la vestimenta para la llegada a la ciudad y usó la misma porquería sucia y mal oliente durante todo ese tiempo. Lo primero que piensa es que necesita un baño caliente y algo digno de comer. Un lacayo se apresura a tomar las riendas del animal, agachando la mirada para evitar la suya, ella observa la capa que le fue obsequiada para el viaje ser pisoteada por el animal y por sus mismos pies, sin que le importe más que el hombre en el balcón.

En el balcón, el Señor y sus principales hombres de confianza la observan durante varios segundos. Notan que ella no se mueve, quizá esperando que el anfitrión, o captor, se digne a esposarla y mandarla a un calabozo o la lleve a una estancia y le alimente. Uno de los hombres a los lados de Kandem de Senerys le susurra algo al oído, pero el Señor le detiene alzando su mano, viendo a Lessany a los ojos, como ha hecho desde que cruzó las puertas. El Señor de Senerys avanza a lo largo del balcón, hasta las escaleras que tocan el nivel del suelo que ella pisa, en el trayecto rodea a sus asistentes y miembros de la administración del baluarte. La Dama tiene el tiempo necesario para estudiarlo y, descubre, que es de casi su misma estatura, quizá unos centímetro más alto, pero su porte y musculatura parecen darle un aire macizo; sus vestimentas son negras, como el resto de baluarte, como su cabello, como sus ojos. Una barba densa se arrecia sobre unos labios rosados y tiernos, resaltando dos mejillas sonrosadas y una piel pálida. Pero esos ojos, la Dama de Castell sabe, que esos ojos de brea negra y brillante transmiten el sentimiento de tristeza y melancolía, una mirada triste, acompañada de unas cejas expresivas y una nariz recta como su postura.

Él se aposta frente a ella, e inclina su cabeza con solemne respeto en una reverencia. Ella, no con poco descaro, le observa de pies a cabeza, como hace siempre, para ver lo limpio de sus botas, lo arreglado de su vestir y lo pulcro de su higiene. Para su decepción, no encuentra nada que recriminar.

—Bienvenida, Dama Lessany de Castell. Soy Kandem de Senerys, segundo hijo de Rebery de Senerys. Es un honor recibirla en mi casa. —Su voz aterciopelada como la de un trovador y firme como la de un guerrero, sin dudar.

Ella le observa en silencio, dejando que el vaho de su aliento se eleve y desaparezca tras las últimas palabras. Finalmente, tras considerar justa la tensión alimentada, eleva una ceja dorada con desdén.

—¿Bienvenida? Hace dos horas vi salir el transporte que se suponía debía traerme hasta aquí, sus hombres se han pasado estos diez días de camino y campamento intentado mofarse por mi poca relación con lo gélido de sus tierras, y los muy incompetentes siquiera pueden cazar un conejo sin despedazarlo con el tiro. Y para finalizar, una muchedumbre de gente que no tiene nada mejor que hacer me ha seguido hasta aquí, con un bullicio de lo más infernal gracias a la maldita gravilla, y sus miradas sobre mi corcel todo el tiempo. Se lo dije a sus hombres y se lo digo a usted: No tienen organización ni disciplina, ¿y así esperan regir una nación?

El Señor de Senerys alza sus expresivas cejas sin apartar la mirada de la Dama, más con confusión que con sorpresa. ¿De verdad puede una mujer decir tanto en tan poco tiempo? Toma aire, observa por sobre el hombro de la mujer a los líderes de la partida de bélicos que la escoltaron desde Tierra Castell, los reprocha con una simple mirada, y regresa su atención a los fríos ojos azules de ella.

—Disculpas, mi Señora, en definitiva mis hombres no se han comportado a la altura de la situación, sin dudas les enviaré a practicar tiro con flecha y armas, en conejos de algodón —dice, y siente la mirada de su prisionera entrecerrarse en su dirección. Las risas de los hombres alrededor no se hacen esperar—. En cuanto al transporte… No solemos movilizar personas a lo largo de la región entre sedes, solo productos y suministros, por lo que los camiones tienen horarios específicos que cumplir, así que procuré los que más rápido estuviesen desocupados, hace dos horas con treinta y dos minutos. Con gusto la hubiera mandado a traer junto a la carga de la carne para suplir las mesas de mis gentes, pero consideré mejor para usted un transporte limpio y vacío.

»Hablando de mi gente… Es una tradición que se dé un recibimiento jubiloso a los invitados y viajeros, quizá no notó los cánticos y los saludos cordiales porque el castañeo del oro en su cabellera era demasiado fuerte. —Las risas parecen azotar la faz de la Dama sin repercusión alguna, porque no cambia ni se altera en lo que el Señor, frente a ella, habla—. Ahora, como ha tirado al suelo con tanto desdén la capa de piel que he mandado obsequiarle para que guardara calor durante el viaje, supongo debe estar congelándose, mi Dama, así que la invito a pasar al salón principal, tomar algo caliente, comer y sentarse junto al fuego.

El viento lleva el silencio consigo mientras el Señor mantiene su mano extendida señalando al balcón donde las puertas han sido abiertas, pero ella no se mueve, solo le observa en ese silencio, estudiándolo, escudriñando sus intenciones. Él espera todo, desde gritos hasta golpes, pero, al contrario, recibe una sonrisa que le desconcierta; los labios de manzana se curvan ligeramente hacia arriba y las mejillas rojas forman dos hermosos agujeros al hincharse.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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