Luxor: Un nuevo mundo

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IV. (Parte Uno)

La estancia le habla en susurros, contándole la historia de su vida y cada suceso que la ha marcado, comienza bisbiseando la palabra que ha escuchado desde que tiene memoria: «Asesina, asesina, asesina…,» se escucha, y la imagen de su madre revolotea por el techado de la estancia, negro y profundo como un pozo seco, contrastando de forma grotesca con las imágenes de su madre y las memorias de las pinturas en el techado de su estancia en Castell. Todo es tan distinto; hace frío, tanto frío como cuando murió su tío Enss de Castell, el hermano menor de su padre, la figura paterna que colmó de fantasías y sueños la infancia perdida demasiado temprano, y manchando con su súbita partida la adolescencia que nunca tuvo.

Entonces Lenser Marlus se cruza en la estancia como un rayo rojizo y su risa coqueta y escandalosa resuena en las paredes, haciéndola sonreír de forma momentánea, aplacando ese sentimiento de soledad como cuando apareció en su vida y, varios años después, alimentó su fortaleza y confianza en sí misma al enseñarle las artes del amor libre, de allí en más fue toda una vida plena y libertina, haciendo todo y nada al mismo tiempo, libre de responsabilidades, escudada bajo en nombre de su familia; la oveja negra de la familia, o, como le llamaba su tío Enss, la “Leona Dorada”. Y de pronto, la estancia guarda silencio solemne, como el Señor que la gobierna, regresando de los recuerdos para enterarse que está en esa tierra congelada, con gente tosca y alejada de todo estrato social.

Cada ciertas horas se despierta, intentando reacomodarse en los edredones, buscando el calor acumulado de las bolsas de agua para amedrentar el frío de la cama. Al final, termina enroscándose junto al fuego entre todas las telas de su cama, durmiendo en el suelo como tantas otras veces lo ha hecho en las campañas de sus aventuras. Así la encuentran las lacayas… asistentes, cuando el día está pujando el amanecer y la vida renace en la sede… ciudad. Las muchachas la despiertan con gran cautela pero ella se azora y se sienta de golpe entre el nido de telas frente a la ya extinta llama.

—Tranquila, Señora, solo somos nosotras: Mars y Kalendi —dice la más joven, Mars, quien aparenta quince o dieciséis años. Sus cabellos castaños, tan macizos y gruesos que debe enrollarlo más de siete veces en su cabeza, o alrededor de su cuello como una bufanda, los ojos castaños oscuros transmiten seguridad en la joven de finos modales—. Nuestra abuela, Kenerys, se encuentra indispuesta esta mañana, Señora.

—¿Está muy mal? —pregunta.

—No, Señora, una gripa.

—¿Ustedes saben hacer… lo que deben hacer? —dice, colocándose en pie, intimidando a las jóvenes solo con esa acción. Ellas asienten—. Bien. Preparen el baño, y necesitaré ropas interiores de algodón, no de… esto. —Se desabrocha el camisón y lo deja caer en el suelo, develando las sayas pegadas a su piel y sus senos expuestos.

En el tiempo en que las jóvenes atienden a la Dama, ésta obtiene información sobre sus vidas y la de la anciana ausente. El padre de éstas jóvenes murió en las primeras batallas en la Llamarada de la Rebelión, y el Señor de Senerys, con la mano en el corazón, las acogió como asistentes en su baluarte, e incluso, las envió al exterior durante unos meses para que se instruyesen en las normas y modales de las regiones más pudientes.

Al terminar de tallarla y lavarla, la visten con otro de los negros vestidos inhumanamente ajustado y faldones de arrastre, trenzan su cabello bajo su nuca y lo aderezan con una diadema de gemas azules, colocando pendientes de diseños distintos en cada oreja. Cuando las observa de reojo colocar los últimos aretes, Lessany acepta que le agradan las jóvenes, y les permite acompañarla hasta el comedor principal donde el Señor de Senerys la espera junto a la ventana, viendo el amanecer y el despertar de la vida en su ciudad; ella piensa que si estuviera en la planta más alta seguro tendría una mejor vista. Él gira, y la discrimina de pies a cabeza, ella hace lo mismo, con una de sus cejas doradas alzadas en un gesto de desdén.

—No te miro para juzgarte… —dice él, defendiéndose al ver la forma en que ella reacciona.

—Yo sí —interrumpe con arrogancia. Él deja sus pestañas caer e inhala paz antes de hablar y abrir sus ojos de brea y afrontarla.

—Buen día —saluda él, volviendo a comenzar.

Kandem de Senerys no ha tenido una buena noche, no ha dormido más de dos horas y lo único que le reconforta es que, por el semblante, ella tampoco lo ha hecho. Las razones de ella le parecen obvias: Ha perdido su cómoda vida, sus privilegios y su familia en un solo día; pero sus propias razones de desvelo se concentran en una sola cosa: ella. Esa maldita mujer que en cuestión de horas ha logrado volverlo casi loco y el ser iracundo que solo sale a relucir en la lucha.

—¡Vaya! Recordó traer sus modales —acota con sorna.

—El sol apenas acaba de salir, por favor, Lessany —dice con dificultad su nombre, tan poco acostumbrado a los tratos personales con extraños—, no intentes hacer una guerra donde debe haber paz.

—¿Paz? —ríe ella, rodeando el comedor y colocándose junto a él, con vistas a uno de los patios de armas—. Entre nosotros no hay paz, ni habrá. Pensé que ya lo habíamos dejado en claro. Pero tienes razón, Kandem, es muy temprano y necesito una taza de café.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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