Luxor: Un nuevo mundo

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V. (Parte Uno)

Renner de Mandess no ha aceptado comer en la mesa de su hermano desde la última vez, hace una semana, no después de ver el estado en el que esa mujer se encontraba: frágil y al borde de la locura. Quizá Kandem no lo había notado hasta ese momento que la vio salir casi a trompicones del salón, y ni aun así la cree tan necesitada, pero él sí; Renner, hijo de Anellisse de Mandess y hermano mayor de tres mujeres, único hombre en su familia, sabe cuándo una mujer está sufriendo en silencio, cuándo necesita un abrazo, cuándo necesita una buena noche de sexo.

Después de luchar junto al hermano de Kandem, Kencen, en el Enfrentamiento de las Aguas, donde falló al proteger a su Señor, Renner fue sostenido solamente por el amor que las mujeres le profesaron, siendo suficiente para levantarlo de nuevo y ofrecer su servicio al nuevo señor de Senerys. Aunque le gana en edad cuatro años, Renner no puede negar la buena relación que han mantenido desde la infancia. Su predilecto era Kencen, sin duda, pero Kandem tenía esa aura silenciosa de amenaza, ese cerebro calculador y el corazón que a Kencen le faltaba. Sí, el hombre tenía valentía y fiereza, como buenas convicciones inculcadas por su propio padre, pero no tenía el corazón que se necesita, tenía el corazón de hielo del sur.

Quizá es ese cerebro calculador el que bloquea la vista de su corazón, y no le permite ver el sufrimiento que padece la mujer. Por suerte, su buena labia le ha convencido de hacer algo por ella, intentar ganársela, sabe que le conviene hacerlo pronto.

—Le quitaste hasta la luz del sol —le dijo—. Mira su piel dorada perdiendo color, su piel y labios rotos por el frío, dale un poco del calor que perdió.

Por fortuna, él escuchó, y supo entender que un acto de bondad podría ser el paso inicial para la paz. Ahora solo le queda esperar por el resultado. Mientras, se encargará de la administración de gran parte de los invernaderos y asistirá a su señora madre, la Dama de Mandess, administrativamente para la producción maderera de su sede, a escasas dos horas de Senerys. Eso lo mantiene ocupado, pero no lo suficiente como para no fijarse en las caderas de la joven que pasa frente a sus ojos. Se coloca en pie y la sigue.

 

La Leona parece enferma, echada en un diván frente al fuego en su salón privado contiguo a su estancia, con pieles cubriéndole las piernas y la mirada perdida en las llamas, vistiendo aún el maldito negro de los Senerys; tiene el semblante muy malo, se le nota débil en las mejillas absorbidas, cansada en las ojeras debajo de sus hermosas cuencas azules y la falta de lustre en su cabello dorado.

Lessany sabe que su cuerpo está pasado por un proceso de adaptación a los cambios que le han azotado de pronto, que las enfermedades que pasan ahora por su sistema son pasajeras y se esfumarán tan rápido como vinieron, o al menos, eso le dijeron los médicos Fiat Lux cuando era una niña.

Mars y Kalendi parecen intentar por todos los medios que coma algo, ya que no ha probado bocado en todo el día y el anochecer ya se acerca; le cuentan anécdotas de sus sencillas vidas para hacerla reír o motivarla a charlar, pero nada funciona. Mars sabe que la única vez en que la vio feliz fue cuando montaba el corcel, así que la empuja a ir al establo de nuevo y montar alguna de las bestias del Señor. Pero su propuesta también es rechazada con un movimiento de cabeza.

Una lágrima silenciosa desciende por la mejilla roja y rota de Lessany, las lacayas lo notan y se reparten miradas de preocupación; por desgracia la sabia anciana aún no se ha repuesto de sus malestares y ella sería la única que sabría qué decir o hacer en tal situación. Las llamas forman sombras y luces en el rostro de Lessany, está perdida pensando en todo y en nada en concreto, sintiendo su cuerpo cambiar y alterarse, como sus sentimientos.

Ambas muchachas dejan de susurrar en un rincón, se escucha solo el crujir de las llamas en la desolada y negra estancia, ¿por qué todo tiene que ser negro allí? Otra lágrima acompaña a la anterior, repasando el mismo sendero, y otra se desliza en la mejilla contraria. Está llorando en silencio.

—Lessany —escucha que surge una voz masculina a su espalda, seguida de dos pasos que confundió con el de las lacayas.

Se apresura a limpiar los rastros de llanto de sus mejillas y a retirar las pieles para ponerse en pie, alzando la barbilla con dignidad, aunque es más que obvio el llanto previo en su rostro.

Hasta ese momento, Kandem no se había detenido a observar lo cansada y débil que luce; ha adelgazado mucho desde que la vio la primera vez, y ese aire de belleza incomparable ha ido apagándose en su rostro, su cabello ya no parece hecho de hebras de oro sino madeja amarilla sin brillo. Lo único que no cambiado y, al contrario, solo ha ido aumentando, es el gélido de su mirada azul, transmitiéndole ese rencor que ha ido alimentando cada día.

—¿Sí?

—He escuchado que no estás bien —dice él, lo más dulcemente posible.

—Mírame, estoy bien —responde, señalándose a sí misma—. ¿Solo eso querías?

Sus ojos tristes la estudian y sus labios se contraen al suspirar de cansancio. Siempre de cansancio cuando de ella se trata.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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