Luxor: Un nuevo mundo

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V. (Parte Dos)

Tres días más transcurren hasta que por fin el ansiado equipaje llega a su destino. Lessany ha conocido al sabio, al Guardián del Conocimiento que preside en el Templete, ha acudido a cada uno de los servicios diarios, y permanecido hasta cinco horas seguidas en la cúpula, no por devoción especial, sino por el calor allí encontrado. Enser, sin embargo, con su sabiduría y curiosa forma de ver el mundo, le brinda horas de interesante conversación sobre filosofía, ciencia y religión por igual; es el maestro que buscó por tantos lugares y no encontró. Siente que respira por primera vez desde su partida de Tierra Castell, hace veintiséis días.

Las comidas han sido, como se lo propuso, silenciosas; no porque siga tan molesta como antes, sino por puro orgullo y por cumplir con el voto de silencio que ella misma se impuso. No se ven de otra manera que sea con comida de por medio, él nunca asiste a los servicios del Templete, ni la visita en las estancias; tampoco es que le importe, tiene a Mars y Kalendi haciéndole compañía grata, y la señora Kenerys se ha repuesto de sus males y se ha integrado ese día a sus labores comunes. Ha sobrevivido con menos antes.

Mientras, Kandem la observa así, serena ante todo comentario con intenciones de obtener palabras de su boca, ante cualquier invitación a charlar o siquiera un saludo educado; lo está volviendo loco. Primero, no paraba de quejarse y hablar, y ahora moriría por obtener un saludo descortés de su parte, pero ella se muestra determinada e indiferente como nunca. Renner le aconseja, como siempre, incluso Enser le habla y le sugiere paciencia, que confíe en el Creador y en esos hilos invisibles que se mueven para con todos, pero se le acaba el tiempo. Y la paciencia, con ella siempre es la paciencia.

Renner y Mant serán los invitados de esa noche. Mant de Bernon es su Segundo Hombre, hermano de armas y consejero militar; un hombre diez años mayor que él con la fisonomía de un toro, la astucia de un cuervo y la delicadeza de una dama en cuanto a modales y cortesía se refiere. Esa noche es importante, ya que Mant marchará al día siguiente hacia las tierras hermanas de Anerys, para supervisar las ordenes de producción y la movilización de la misma, y de los hombres. Espera que él regrese pronto y bien de su viaje, y que esa mujer no arruine la última cena. O él, ya que cualquier cosa que hace parece estropear aún más la delicada relación.

Escuchó el estruendo de la tarde al arribar los camiones con las pertenencias de la Dama, la vio entusiasmada e irascible dando una charla sobre el manejo de sus pertenencias a los asistentes, más de una amenaza si algo se rompía o rasgaba; sonrió, pero nadie lo vio, nadie lo ha visto sonreír hace tiempo. Ella estaba tan llena de energía indicando donde colocar qué, organizando y distribuyendo el espacio que él dispuso para su uso, que resultó ser muy poco y debió añadir una habitación más a su dominio. Aún la escucha en su mente: «¿Dónde están las armaduras? Dime que las trajeron. ¡Las cajas blancas casi de mi tamaño! ¡Sí esas! Aquí, ponlas aquí. ¡Con cuidado, necio! ¡Eso por allá! ¡Dónde están las cajas de…! ¡Oh! ¡Allí están! ¡No, Mars esos cofres no los abras aquí, llévalos a la estancia privada! Sí, gracias. Sí. No. Más arriba. ¡Cuidado con las pinturas!» Era un espectáculo divertido verla.

—…no nos escucha. ¿Kandem? —inquiere una voz a la lejanía. Renner le despabila tronando los dedos frente a sus ojos. Él parpadea y aleja las manos de su boca, también la sonrisa que intentaba ocultar debajo de ellas.

—¿Qué? —responde el Señor de Senerys, distraído. Los dos hombres ríen con complicidad.

—Necesitas poner los pies en la tierra, muchacho —dice Mant de Bernon con su voz ronca y profunda como un pozo.

—Necesita decirnos en qué piensa. Y beber —añade el pelirrojo, rellenando su copa de cristal con oporto y también la de su hermano.

—No necesito beber, y tampoco decirte en qué pienso —responde él. Pero tras resistir la mirada burlona de Renner unos segundos, toma la copa y le da un largo trago hasta acabarla, quemándole la garganta.

Una carcajada estruendosa sale de labios de los hombres, que beben y esperan en el salón contiguo al comedor privado, a por la Dama de Castell para celebrar la cena de ese segundo sábado de Octubre. Los dos invitados y ahora el anfitrión han bebido y reído más de lo que deberían.

—Hace tiempo no te veía reír así, Kandy —le dice con sorna, llamándole con ese mote femenino que tanto le molesta. Pero hoy, Renner ve sonreír a su Señor.

—Míralo, parece un virgen ilusionado por vez primera —se mofa el gran hombre, volviendo a llenar su copa y vaciándola de nuevo.

—Basta ya, los dos —sonríe él con los labios sellados, acomodado en ese diván recubierto con gamuza negra. Sus mejillas arden por el calor del alcohol y sus ojos tienen el brillo de los ebrios.

—¡Bah! Admitidlo, niño, no podéis ni con una botella de oporto encima, sois tan blandito como la piel de una quinceañera.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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