Luxor: Un nuevo mundo

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VI. (Parte Uno)

La anciana Kenerys se dedica con gran cariño a cepillar los cabellos dorados de la Dama de Castell, la ropa interior de cuerpo entero hecho de algodón le acentúa la figura cubriendo sus pechos y un poco más debajo de sus glúteos, la nieta de la anciana, Mars, le desliza las medias de licra negra por ambas piernas y las sujeta a la ropa interior con las ligas, así también un cobertor de calor encima: una tela de lana para calentar sus piernas, cubriendo hasta un poco más arriba de donde la bota termina; trae las botas de color del barro rojo y las desliza, sujetando y haciendo un nudo a los cordones a los costados para que no se deslicen.

La anciana le unta una pomada desinflamatoria en el brazo derecho, donde aún se pueden observar las marcas de la mano de su Señor cuando la tomó por la fuerza; le coloca la sayuela roja de lana con cuello alto y estampado de hilo de oro, adhiriéndose muy bien a su torso, abrocha las secciones a su entrepierna convirtiendo la sayuela en un traje corto que cubre por encima del límite de las interiores. Kalendi comienza a atarle el cabello en su trenzado favorito, alternando distintos broches y adornos de oro entre los lazos que va enrollando. Al terminar, le pasa sobre los hombros la casaca nívea y la amarra por la cintura con el cinturón y los broches, dejando ver la parte superior de la sayuela y, en el corte lateral de la caída, su pierna recubierta por las capas de ropa. Como toque final los pendientes a lo largo de su oreja y un medallón de oro con la figura de un león estampada al centro de la ranura de sus pechos.

Una vez en la entrada trasera del baluarte, esperando por los lacayos, le colocan una capa blanca en los hombros y la abrochan a su casaca. Por fin, a la vuelta de la vereda, divisa a los hombres traer por las riendas a un animal, sus ojos se iluminan y se cristalizan ante las lágrimas de emoción; desciende los peldaños de manera casi automática y se adelanta por la nieve para encontrarla, extiende su mano enguantada de blanco y la yegua de níveo color la siente y reconoce, comenzando a relinchar y a restregar su fuerte cabeza entre sus manos.

—Lo sé, también te extrañé, hermosa —le susurra, acariciándola y abrazando con sus manos su torso, el animal la envuelve con su cuello. Se separa y la estudia, dándose cuenta que luce muy bien, no ha adelgazado mucho, casi nada, y sus patas lucen fuertes. El clima no le ha sentado mal, al contrario, realza su belleza entre la tierra negra y la nieve blanca. Le acomoda la montura y las mantas que han colocado al animal para que soporte el frío hasta que se acostumbre al clima, toma las riendas y de un brinco seguro la monta, volviendo a sentirse alta y fuerte.

Los bélicos que la escoltarán la siguen de cerca cuando hace su camino por el sendero marcado por las linternas apostadas en el suelo, como faroles paridos por la tierra. Se lanza hacia los jardines del oeste del baluarte, donde se le ha dicho encontrará buenos prados para cabalgar, incluso el pequeño Bosque de las Luces dentro del terreno del baluarte, con un lago congelado al medio. Le parece una idea tentadora, y mientras presiona sus rodillas contra el vientre de Medialuna, acelerando el trote lento hasta volverlo rápido y ver a los hombres detenerse y verla pasar con el rostro sorprendido y los abrigos revueltos por la brisa que provoca y la nieve que eleva, se va sintiendo viva de nuevo, poderosa y libre, aún en cautiverio.

 

En lo alto del baluarte, en su biblioteca privada y salón privado de planeación donde se reúne con sus hombres, Kandem de Senerys se apoya en el marco del gran ventanal y observa hacia los establos, donde la Dama de Castell se reencuentra con su yegua y sonríe, de nuevo, al tenerla entre sus piernas. La ve abrazarla, incluso adivina desde su lugar la forma en que sus ojos brillan con ilusión. No puede evitar sonreír con los labios juntos mientras la observa.

Sabe lo que es perder algo que ama, alejarse de quienes ama y sentir que su vida se convierte en un torbellino de cambios, por eso ha sabido comprender y se alegra de que otra persona aminore su sufrimiento con ese pequeño acto de bondad: le ha permitido salir a cabalgar dos horas diarias, visitar el Templete cuando plazca y esta noche planea notificarle la autorización de usar el salón en el que se encuentra. Espera que con eso pueda, al menor, lograr disipar el tan mal ambiente creado entre ambos la noche anterior.

Se aleja de la ventana cuando la ve partir y se dirige al mismo sitio, a los establos. Solo esperaba verla alejarse para poder ir al lugar y partir hacia la cúpula, con Enser, su tutor. Monta a Noche y con la compañía de sus escoltas se apresta hasta el lugar.

El anciano de blanca y abundante cabellera, rasgos delicados pero endurecidos por las arrugas, con voz queda y lenta le saluda al verlo entrar por uno de los túneles. Deja la tijera con la que atendía una de las plantas en sus jardines interiores, se limpia en el delantal y se quita el mismo, entregándoselo a uno de sus pupilos. Con dos grandes besos en sus mejillas y un abrazo lo saluda, le desea la paz y lo invita a pasar hacia el interior del Templete, cruzando uno de los túneles de entrada.

—Siempre es un gusto verte, muchacho —dice, con una mano en su hombro—, en especial en los servicios. Quisiera verte no solo los sábados, o cuando necesitas un consejo.

—Sabes lo que pienso de la religión, Enser, y sí, vengo por un consejo.

El anciano lo invita a tomar asiento en un diván, desabrocharse la capa y tomar una infusión servida por uno de los asistentes del Templete. Todos los que sirven allí, se distinguen por el azul de sus prendas y las marcas de color negro sobresaliendo de sus mangas y cuellos: las marcas de los que sirven a la religión, a la religión de los Fiat Lux. Por eso no lo acepta Kandem, porque no es algo que los humanos hayan elegido, sino una cosa más impuesta por los seres de otro planeta que se adueñaron del suyo.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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