Luxor: Un nuevo mundo

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VI. (Parte Dos)

Lessany recibe al asistente personal y mensajero del Señor de Senerys mientras aún trabaja en acomodar los tapices, las pinturas y las obras de arte en su estancia de invitados; ha tenido que repensar su gusto en el diseño de interiores y moda, para lograr que las paredes negras y frías no luzcan oscas y rudas ni opaquen la belleza de sus enseres, ha sido difícil pero lo ha logrado: la estancia luce deliciosa y mejor que el resto del baluarte.

Recuerda el pequeño infarto que sufrió al recorrerlo y ver lo horrible del decorado, las telas colgadas sin gracia, el exceso y absurdo de las flores y obras de mármol; pero sus estancias son una delicia con olor a naranja y canela, con la luz de los candelabros siendo repartida de forma equitativa, las galantes obras en las paredes, los divanes resaltados gracias a las alfombras y los candelabros reluciendo con la luz que cruza las ventanas a través de las sedas blancas. De todas las pertenencias, solo las blancas, rojas y grises lucen bien en ese ámbito triste y negro; el amarillo chilla mucho, el azul no contrasta por la poca luz, el verde parece musgo amargo, pero el blanco multiplica la luz. Mars y Kalendi le aplauden y dicen que nunca han visto una habitación del baluarte luciendo tan despampanante.

—Señora de Castell —dice el joven Reys frente a ellas, de cuerpo delgado y rostro agraciado, modales refinados y muy presentable—, el Señor de Senerys le invita cordialmente a que le acompañe en diez minutos en su salón privado. ¿Desea que lleve una respuesta?

Las cejas de Lessany se unen con duda al escuchar el mensaje, «invita cordialmente» y «desea que lleve una respuesta» no le parecen palabras de boca del Señor. Se pregunta qué estará planeando.

—Estaré allí, dile a tu Señor —responde al mensajero. El chico asiente y se retira.

Posa su vista en su reflejo, en espejo de cuerpo entero en su estancia; por desgracia el espejo que tenía en Tierra Castell no sobrevivió el viaje. Se acomoda un mechón de cabello fugaz y se aprueba a sí misma. Aún conserva la energía y ánimo que le dio el montar a Medialuna de nuevo. Con Mars del brazo se dirige hacia las estancias privadas del Señor de Senerys, lo encuentran en el salón de visitas.

—Gracias por venir —dice, sabiendo que la cena no es hasta dentro de dos horas. Ella no le responde así que decide continuar—. Quiero mostrarte algo. Acompáñame, por favor.

Él le extiende su brazo pero ella lo rechaza con una mirada, su ceja alzada, y atraviesa la entrada sola, esperándolo afuera para seguirlo. Kandem suspira y se encamina junto a ella hacia las escaleras principales, ella se queja de que recién las bajó, y se queja aún más cuando se dirigen a la tercera planta, hace un comentario referente a las plataformas con que cuentan en las sedes. Él la escucha y le dice que tiene parte de razón, pero que allí la energía que mueve las plataformas no es tan poderosa y le explica que las estructuras son tan fuertes y recias que no hubo espacio para colocar tales sistemas, o detalles, en todo caso, como los que se tomaron el tiempo de hacer en las grandes sedes. El propósito de los baluartes fue la supervivencia no la comodidad.

Atravesando el pasillo principal, discutiendo en calma sobre las ventajas y desventajas de las estructuras, ella se percata de la forma en que ha logrado controlar sus intenciones de disputa. No le agrada, no le agrada para nada que él la controle de esa manera tan sutil. No vuelve a hablar.

A Kandem le desconcierta que ella se calle de un momento a otro, cuando todo iba tan bien. La observa de soslayo y ruega en su mente porque no sea otro de sus momentos de silencio. Pero llegan a su destino, la final del pasillo ladeado con grandes arcos con pocos o ningún detalle, solo las arácnidas de tres piezas pendientes entre cada uno para iluminar el camino, las puertas de los salones de fiesta a la derecha e izquierda, y, al fondo la gran puerta negra con una cerradura de metal pulido y reluciente. Él empuja la puerta y deja que ella, con desconfianza en su rostro, marche primero. Escucha sus suelas avanzar dentro, la deja asimilar lo que ve, y luego entra.

—Es mi biblioteca privada y, de preferencia mía, un estupendo salón de planeación. Pero puedes usarlo cuando quieras y cuanto quieras. Todo está a tu disposición.

Ella no dice nada, solo observa con grandes ojos de ilusión la extensión de dos pisos de altura, con los respectivos divanes y segmentos de lectura, una mesa grande y redonda donde seguramente él planea sus estrategias para la guerra; las paredes están tapizadas con estantes altos repletos de libros, arriba, el balcón que deja ver cómo las estanterías se expanden y multiplican, y más arriba, los grandes vitrales que dejan pasar la luz del día, el telón para cubrirlo arrugado en un lado; las escaleras negras a ambos lados del gran balcón y, a la derecha de la entrada principal, las ventanas, sin barrotes, ni protectores de madera, sino de puro cristal, desde el suelo hasta el inicio del balcón arriba de sus cabezas. Allí se dirige, y observa con deleite cómo la ciudad de Senerys se hace más pequeña.

Por sus ojos cruzan el recuerdo de los cúmulos de nubes del baluarte en Tierra Castell, cómo podía observar a las personas hacerse pequeñas y los problemas también, el fresco de la brisa en sus mejillas y el gélido de la madrugada cuando observaba los amaneceres, cuando tomaba oporto, comía uvas y quesos junto a Lenser hasta ver el sol salir, cómo reía ante las anécdotas vividas e inventadas del pelirrojo, y mucho antes, cómo su tío le describía esas aventuras que se vivían en esas montañas que podía ver a la lejanía. Una lágrima silenciosa corre por su mejilla, la limpia con prisa para que Kandem no la observe.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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