Luxor: Un nuevo mundo

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VII. (Parte Uno)

Canturrean una cancioncilla de esas que bailan en las reuniones en los Centros Sociales, Mars ríe cubriendo su boca con picardía al pasar junto a los bélicos que custodian el inicio del pasillo a las estancias de la dama, ella carga con toallas, batas de baño limpias y sábanas de reemplazo, y Kalendi el carrito con el entremés de desayuno: un infusión cargada para despertar el apetito, con unos bocadillos sencillos sin sal. Detrás, la anciana les reprende y se callan de inmediato pero en secreto sueltan risillas típicas de su edad.

Tras tocar la puerta, abren y al adentrarse, las jóvenes se silencian y retroceden, chocando con la anciana. Ésta se inmuta y adentra en la estancia sin sorprenderse de lo que ve puesto que ya conoce más sobre el mundo y excentricidades extranjeras: La Dama yace de cabeza, sostenida de sus manos de espaldas a la pared.

La Dama abre sus ojos y encuentra a las tres asistentes que la observan, con duda y sorpresa las más jóvenes y con imparcialidad la anciana. Desciende sus piernas hasta tocar el suelo y volver lentamente a una posición normal; luego de ejercitarse, luego de estudiar el balanceo de sus armas y las técnicas de lucha que ha aprendido a lo largo de su vida, está lista para los retos que el nuevo día le depara.

Las mujeres le preparan el baño antes de que salga el sol, mientras, ella quita los cierres de uno de sus estuches, colocado de forma vertical, y retira la tapa que cubre la parte delantera, también desarma la parte trasera de la caja, mostrándole a Mars cómo hacerlo sin que la armadura dentro se caiga de sus sostenes en la base del estuche. La chica mira maravillada esa preciosa pieza mientras su nueva… señora, le muestra cómo vestirla con ella.

La cota blanca de cuerpo entero se adhiere a sus pechos y sus glúteos dándole seguridad de que todo se mantendrá en su lugar, en el pecho contiene un campo de color bermejo como parte del cierre de la misma, abrochándose en diagonal con un revestimiento que absorbe los golpes y desvía tanto flechas como disparos de luz; los brazos y piernas también tienen cierto revestimiento que absorbe los impactos así como depósitos para sus armas. Las botas, carbónicas, llegan hasta arriba de la rodilla, Mars ata las agujetas laterales y cierra los broches, mientras ella se abrocha el cuello de la cota; Keneri le acerca la casaca negra que se ajusta a la cintura con un broche de oro blanco del tamaño de una ciruela, los brazos y la espalda son protegidos con un recubrimiento especial, el faldón de la casaca llega hasta media rodilla y deja al frente y a los lados apenas un pequeño espacio para dejar entrever sus piernas debajo; al moverse bajo la luz del sol, la casaca lanza destellos rojos, como si fueran brazas ardiendo.

Se siente fuerte otra vez, lo comprueba al verse en el espejo. Con temor, la joven le trae la espada con la hoja de hoja blanca y el mandoble dorado aun en su funda de cuero rojo, con orgullo ella le cuenta la historia de cómo la obtuvo a cambio de una aventura con el hijo de un Regente, pero que envió a personalizar el mango con uno de dorado color, para que siempre estuviera a juego con sus vestimentas. La coloca en el arnés del cinturón de la casaca junto a una daga plateada y se encamina fuera de su estancia. Los escoltas ya están reunidos en el patio de armas de los hombres de Senerys, para encaminarla hacia el Baluarte de Militancia.

Los lacayos se detienen al verla, boquiabiertos, y los guardias apostados en las puertas no pueden evitar girar sus cuellos al verla pasar con tal imponencia. Al salir hacia los establos, el asistente le entrega con temor las riendas de Medialuna, pero ella, tras saludar a su amiga, la monta de un brinco y la espolea, dejando atrás a los escoltas, sintiendo la ansiedad y escozor en sus manos por desenvainar el arma.

 

Kandem espera con paciencia bajo el estrado del patio, donde siempre se sienta a supervisar a los hombres que le sirven personalmente. Observa a Jersen calentar sus músculos con impaciencia, pero le tranquiliza, y amenaza, diciéndole que enfrentará a una mujer, que no necesitará mucho esfuerzo y que si la llega a lastimar él le hará lo mismo. El hombre, de apenas dos años mayor que la contrincante, casi no se abstiene de reírse cada dos minutos ante la idea de que enfrentará a una mujer. Kandem sabe y ha visto a las mujeres de otras sedes y tribus luchar con la misma fiereza que un hombre, por lo que no se burla de ello, pero sí le causa gracia que una niña privilegiada de Tierra Castell se jacte de tal virtud.

Esa risa tiene que tragársela cuando la ve avanzar por la nieve a todo galope, con su hermosa yegua de crin plateada y pelaje blanco; ella se ve despampanante y ciertamente atemorizante con esas ropas, que a simple vista, no parecen muy protectoras, sino, prendas de moda. La espada en su cintura, sin embargo, parece tan mortífera como el arma que Jersen tiene en su vaina, pero al verla más de cerca, se da cuenta que no es una espada ordinaria: hecha de luz, es un arma Fiat Lux. En ese momento entiende su preocupación por la tardanza de las pertenencias.

Le ve, absorto y sin palabras, desmontar y entregar las riendas a los hombres, quienes la miran sin poder creerle a sus ojos. Ella se dirige al estrado y se coloca frente a él, con orgullo. La mira desde abajo y alza las cejas al ver la forma en que el sol naciente a sus espaldas resalta el azul de sus ojos, que brillan con diversión.

—¿Qué esperas? ¿Crees que tenemos todo el día? Cuanto antes salgamos hacia los bosques mejor —escucha decir con seguridad de que ella será la vencedora.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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