Luxor: Un nuevo mundo

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VII. (Parte Dos)

Lessany no recordaba sentirse así desde hace mucho tiempo, como un canario fuera de su largo encierro. Cabalgaba con velocidad entre los bosques, la yegua entre sus piernas siendo su compañera de caza y su aliada; rastreando con habilidad al venado fugaz, acorralándolo y engañándolo para que corra en la dirección deseada, la flecha en sus dedos sintiéndose una extensión de su mirada, clavándose en un golpe mortal que derriba al majestuoso animal a cincuenta metros de distancia, mientras cabalgaba. Los hombres demostraron su asombro y su respeto, comenzó a ganar su confianza y a reír con ellos, beber oporto con ellos y hablar como ellos. De inmediato la vieron como una figura de mando y obedecieron a cada una de sus indicaciones, todos muy eficaces. Nunca habían visto a una mujer cazar a un venado con tal habilidad, y menos, verla noquear a un hombre con un arma de entrenamiento.

Se encontraba de rodillas frente al animal, que aún jadeaba y respirada con la flecha colgando de su torso, tuvo la delicadeza de hablarle, pedirle perdón por tomar su vida y rebanarle el cuello con su daga plateada. Lo vio perder el brillo de sus ojos y quedar laxo en su regazo. Los hombres se convencieron en ese momento de que ella era un ángel, un ser de luz vuelto carne. Lessany regresó a su yegua y los hombres limpiaron y cargaron al animal en la montura de Konnor y lo cubrieron con un campo negro. En eso se encontraban inmersos cuando Medialuna comenzó a relinchar y a bufar con nerviosismo. Supo que había peligro.

Fue cuestión de unos segundos para que Lessany comprendiera, antes que los hombres, de que eran acechados. El viento arrastraba el olor a peligro. Tomó el arco y las flechas, alzó su pie en el segmento añadido para disparar mientras cabalga, y se irguió, apuntando hacia la oscuridad del bosque de pinos; el pequeño claro en el que se hallaban tenía una capa de nieve de treinta centímetros, eran presa fácil para los ojos que la acechaban desde el espesor del follaje.

Los hombres se pusieron alertas y sacaron sus armas de fuego, pero era muy tarde, el animal se lanzaba contra Lass, que liberaba su vejiga junto a un pino al borde del pequeño claro. Le desagarró la garganta antes de que alguien lograra disparar un rayo de luz de su arma, la sangre manchó la nieve de forma tenebrosa, pero el pelaje del lobo gris continuaba imponente. Los hombres gritaban órdenes y disparaban, pero ninguno acertaba, intentaban con desesperación controlar los caballos y colocarla a ella en un lugar seguro, pero Lessany estaba erguida en su montura y disparaba contra el animal, hasta que por fin, una de sus flechas alcanzó la pata trasera del lobo gris, atrayendo su atención hacia ella. Compartieron miradas.

Los hombres continuaron disparando y tomaron las riendas de Medialuna para guiarla lejos del peligro, pero en lugar de ayudar, la desestabilizaron. Cuando se tambaleaba en el aire, supo ver el reflejo de la bestia al saltar en su dirección y el instinto le llevó a desenvainar la espada. El animal la derribaba del caballo y la llevaba a la nieve.

Todo se quedó en silencio un instante al ver que la bestia tenía en sus garras a la mujer, pero no se movía. Hasta que lo hizo, cayó de costado con pesadez, y se observaba el oro blanco y dorado de la espada medio incrustada en el tórax del animal. La cota de Lessany estaba manchada de sangre espesa, su rostro medio pintado también, sus mejillas rojas por la agitación y sus ojos azules estupefactos miraban de forma intermitente a los hombres y al animal inmóvil en la nieve. Nadie podía creerlo. Ella sonrió, se puso en pie y extrajo el arma de las entrañas del animal.

 

Por vez primera en tres años, Kandem se admitió a sí mismo sentir miedo, se refleja en su mirada. La nieve no deja de caer y entorpecer el panorama.

—Lo siento, mi Señor —le dice Konnor al bajarse del caballo.

Las palabras lo llenan de una ira ciega, llevándolo a tomar a su hombre del cuello de la cota y la capa, casi estrangulándolo. Le grita como nunca, con los ojos vidriosos y duros, le dice que lo va a matar él mismo con sus manos y lo golpea con el puño cerrado, botándole un par de dientes.

—¡Kandem! —escucha a su espalda.

La ira se va, se eleva como el vaho de su aliento hacia el cielo al verla desmontar. Casi se deja caer de rodillas en la nieve al verla viva, bañada en sangre, pero viva. Se acerca a ella, sabiendo que lo mira con gran enojo pero no le importa. La toma de los laterales de su rostro y la observa de pies a cabeza con una mirada loca, preguntándose de dónde está herida.

—¿Qué mierdas te pasa? —le espeta en cambio, apartando sus manos que queman por lo caliente de su piel. Lo rodea y se acerca a Konnor, ayudándole a ponerse en pie.

—¿Qué pasó? —exige saber, abatido, confundido, la mirada más triste que nunca. Sus hombres igual.

—Lass, Señor —responde Fassel, descubriendo en su montura el cuerpo de su hombre. Una mirada de dolor apareció por sus ojos de brea al verlo.

—Cazamos un venado y mientras lo cargábamos nos atacó —dice ella, dirigiéndose a su yegua y soltando las cuerdas que sostenían un bulto grande y pesado cubierto por un campo blanco manchado de sangre. Un lobo gris gigante. Sus ojos no pueden creer que esté viendo a semejante criatura, a sus pies, y luego a ella, tan hermosa, manchada con la sangre de la bestia. Parece un sueño extraño, uno muy extraño.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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