Luxor: Un nuevo mundo

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VIII. (Parte Dos)

Las mujeres están examinando las exquisitas piezas de arte colocadas en las paredes e iluminadas con faroles especiales para resaltar su belleza, la Dama las observa desde un rincón invisible curiosear los libros y recuerdos de sus historias que ha colocado en una de las estanterías facilitadas por el Señor de Senery; inquieren en el significado de las palabras en los lomos de los mismos, en la índole de los curiosos objetos, en el origen de las pinturas y esculturas reveladoras. No puede creer que aún a pesar de haber logrado su objetivo tenga que estar allí, soportando a esas mujeres vanas y de pensamiento tan profundo como un charco de agua, quizá algunas tengan relación con la administración de sus baluartes o sus tierras, pero es la conformidad lo que le molesta.

Ella se adentra en su estancia de invitados vistiendo uno de sus conjuntos de sayuela y pantalón, combinando los colores rojo y blanco, su cabello y orejas adornados con el oro blanco de las tierras de Fricca. No puede evitar escudriñar en la presentación de las mujeres, y si bien el gusto de las sureñas le parece tétrico y más bien rudo, están impecablemente presentadas.

Las Damas de Senersy le observan con sus ojos casi fuera de las órbitas, de pies hasta su cabellera dorada y cada pieza de oro entre medio. Ella les sonríe con suavidad y les invita a acompañarlas al salón designado para la reunión, con las pertenencias que las mujeres han traído y los largos mesones de madera negra donde suelen trabajar.

El salón, en la misma planta que las de sus aposentos, es tan aburrido y fúnebre como el resto de los salones; necesitará muebles, telas y un presupuesto para hacer de ese sitio un lugar digno, no hay mucho que pueda hacer sin ello. Las mujeres, con una contraria opinión, están encantadas con la redistribución de los muebles, las lámparas, las obras de arte nuevas y las cortinas.

A continuación, Lessany las enumera en una lista según las va conociendo. La Dama Sanabria de Camellia, esposa de Lindel de Camellia, y sus hijas, Yessenys y Marian, de catorce y quince años; la Dama Anellisse de Mandess, madre de Renner, y sus hijas, Alessa y Anellisse, de veinte y veintiún años propios, extrañando la presencia de la menor, Reiss, de ocho años; la Dama Antoine de Marget, con sus hijas, Lou, Lay y Essa, de trece, quince y diecisiete años respectivos; son las damas principales en la estancia, porque son las señoras de las familias de los Hombres del Señor de Senerys; las demás mujeres no gozan de tanto privilegio, pero aun así, participan en las actividades.

Como si se tratase de algo ensayado, las mujeres se distribuyen entre los mesones de trabajo, los estantes de libros y otras a juzgar los objetos apostados en las paredes y exhibidores. Quiere golpearlas a todas en el rostro. Ellas se muestran cordiales e intentan enseñar la forma en la que deben trabajar las máquinas de coser, las puntadas a mano para los ribetes, el manejo de las telas y texturas, todo para hacer los bonitos manteles, cobertores, cortinas y sábanas que, a su ver, tendrían más utilidad si se usaran para envolver a los cadáveres de los hombres y mujeres que mueren en la guerra. Pero no puede decirles eso, ellas de verdad creen que hacen una buena acción al vender los productos fabricados y usar los valores para los Centros de Instrucción y escasos orfanatos de la región. Pero no es así.

Las horas transcurren con horror, dividiéndose entre cátedras que explican la índole de sus tesoros, el género de los libros y sus utilidades, y claro, las explicaciones sobre cómo es el norte, o el resto del mundo. De verdad es triste para ella, ver que esas mujeres desperdician su potencial; todos los niños en el resto de las sedes salen de sus hogares a la edad de cinco años y son entregados a los Centros de Instrucción, crecen, aprenden, forjan sus carreras y vidas independientes; pero allí, en el sur, los hijos se quedan con sus padres y se mudan a viviendas cada vez más grandes si lo necesitan, teniendo cuantos hijos desean, van a Centros de Instrucción que les enseñan lo básico y no indagan en una carrera que no sea para ser técnico agrícola en sus invernaderos, o en las plantas térmicas de la región, no tienen la oportunidad de conocer el mundo o algo más que no sea la tierra congelada en que nacieron y han de morir porque hace mucho se separaron del programa de migración controlada de la Soberanía, y éstos han hecho un incesante trabajo por sabotear en silencio el desarrollo económico de estos sureños, lo que no contaban, era que los Senerys avanzarían aún sin piernas.

El día termina por fin, y cuando la última de las mujeres sale por las puertas del salón, puede borrar su sonrisa hipócrita del rostro y hacer puños en sus manos, alcanzando unos de los jarrones en un pedestal para estrellarlo contra el suelo. Toma una respiración profunda para volver a la estancia de recibimiento de la primera planta, donde Kandem espera para dar partida hacia el Bosque de los Difuntos. Su mal humor es visible en cada una de las arrugas en su rostro, en la fuerza con la pisa y la longitud de los pasos. El Señor de esa tierra la espera junto a su Primer y Tercer hombre. Sin duda está lista para armar una guerra y declarar que si tiene que volver a pasar un solo día más con las Damas de Senerys se lanzará desnuda a la nieve en medio de la noche para morir de hipotermia, pero la mirada dura de Kanden la corta y la lleva a unir sus cejas. Algo pasa.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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