Luxor: Un nuevo mundo

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IX. (Parte Uno)

Ha vuelto a su encierro, las comidas le son servidas en sus estancias ya que él no le permite salir ni al comedor, pero ella, en protesta, se rehúsa a probar bocado. Se sostiene a base de las infusiones de Kenerys o ligeras papillas con pan y quesos. Ha llorado, llora todas las noches, de nuevo; sus ojos se ven hinchados y rojos todo el día desde que pasó, hace una semana. La anciana la atiende, le consuela de la mejor forma, y para ella esas atenciones son algo que nunca ha sentido por parte de una figura femenina; la anciana es lo más cercano a una madre que ha tenido.

Kandem está distraído de nuevo, su mente se va si no tiene algo que hacer, algún pendiente por cumplir, un reporte que revisar, un presupuesto que corregir, lo que sea. Sus hombres no se atreven a mencionar palabra de lo sucedido, lo más que Renner ha logrado hacer es preguntarle si hay algo que pueda hacer para mejorar la situación, quizá podría hablar con ella o llevarla a su propio baluarte un tiempo para que poner distancia y enmendar los ánimos, pero no, no permitirá que la lleven lejos. Ella es suya, le pertenece y nunca se desharía de ella, no como lo sugirió en la discusión, esas solo fueron palabras dichas por la ira.

Tiene que encontrar una manera de enmendar todo, de volver a empezar desde cero, esta vez no escuchará los concejos de sus hombres ni del anciano del Templete, menos de la vieja Kenerys que le sirve como conexión entre ambos y le sugiere ternura y compasión con ella, rehusándose porque él no ha visto nunca debilidad en la Dama, solo en dos ocasiones le pareció verla un poco rota, pero ya no está seguro de qué tan confiable es todo lo que ella diga o haga. Quizá siempre está fingiendo. Ésta vez hará las cosas a su modo, hará frente a su indiferencia y arrogancia, siendo de la misma manera con ella: brutalmente honesto, arrogante e indiferente.

Llega hasta sus estancias y ordena a las asistentes que la preparen para verla, y que luego salgan de la estancia, todos. Pero segundos después, la anciana sale, con la pena en su voz y le informa que ella no desea arreglarse para ver a nadie, que si quiere verla que sea como está en ese momento. Él se molesta, por supuesto, y les ordena dejarles solos. Entra en la estancia y azota la puerta detrás, la ve de espaldas, frente al fuego, usando solo una bata de seda sobre las ropas interiores, y al estar a contraluz su figura femenina se delinea bajo las telas, su cabello dorado reluce con los destellos de las llamas; le roba el aliento y por un instante casi logra olvidar a qué iba y por qué, pero se recompone.

—Lessany —llama. Ella le observa por sobre su hombro y regresa su atención al fuego—, vengo a poner los términos de rendición.

La elección de palabras la desconcierta, une sus cejas con la vista en las llamas. ¿A caso esto es una batalla? Se pregunta. Con el rostro limpio se gira y le observa en silencio, no desea hablarle.

—De ahora en más seré total y completamente sincero contigo, tal como tú has sido conmigo —declara él, alzando su barbilla como le ha visto a ella hacer muchas veces. Ella lo nota, borrando cualquier expresión de su rostro—. No regresarás nunca a Tierra Castell, es un hecho.

Por un instante ella flaquea, sus ojos dudan, pero traga saliva y alza la barbilla, haciendo un esfuerzo sobrehumano para no dejar las lágrimas agolparse en sus cauces. En su interior sabía que no lo haría, pero la fe y la posibilidad mínima de hacerlo le permitían seguir con el juego. Pero, ¿qué parte del juego fue real y cuál fue mentira?

—Me perteneces, es como lo veo, y puedo hacer contigo lo que me venga en gana. Pero… no quiero que esto sea así. —Tras una pequeña pausa, continúa, esperando leer en sus ojos algo que no sea furia y odio—. No quiero que tu residencia aquí sea una completa miseria porque no es la manera en que yo hago las cosas, Lessany, no disfruto haciendo a las personas sufrir y no quiero verte sufrir. —Ella esboza una sonrisa burlona al escucharlo—. Búrlate si quieres pero es la verdad, así que tienes dos opciones —declara, acercándose a ella, la determinación en su voz y en su mirada triste—: O aceptas mis términos y comienzas a acostumbrarte a esta nueva vida, o serás infeliz hasta el día en que mueras dentro de estas paredes.

—¿De verdad crees que voy a aceptar cualquier término que me impongas? —inquiere ella con voz gélida.

—Si quieres una buena vida, sí. Si quieres tener un poco de dicha en tu vida, lo harás.

De nuevo esa sonrisa burlona en su rostro.

—En verdad no lo entiendes —dice, volviéndose hacia las llamas—. Solo he tenido dos cosas en la vida: Mi tierra y libertad. No he tenido amor, ni una familia, ni lealtad o “dicha”. Todo lo que recibí fue desprecio, indiferencia y riquezas, la libertad para hacer lo que quisiera por el tiempo que quisiera siempre y cuando fuera lejos de mi padre y mis hermanos. No me importan ellos, no me importa obtener tu "dicha” o tu buen trato, quiero mi libertad. Me robaste lo único que tenía.

Su voz, plana y suave, pero filosa y cruel le desconciertan, sin embargo, en sus palabras encuentra una posibilidad, un grieta en esa fortaleza por la cual podría colarse.

—¿Estás segura que es todo lo que quieres? Piénsalo, aquí podrías empezar de nuevo, encontrar amigos, hermanos de verdad, lealtad y, quizá, el amor de una familia. Nosotros no somos fríos como ustedes, nosotros somos uno solo y podrías ser parte de ello si te das una oportunidad. Yo te doy esa oportunidad.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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