Luxor: Un nuevo mundo

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IX. (Parte Dos)

No ha dormido en toda la noche, su rostro luce estirado debido a las grandes ojeras debajo de sus ojos, enmarcando aún más sus bellas membranas azules. Frente al espejo se analiza, se pregunta si de verdad quiere hacer eso, si no prefiere optar por otra vía más fácil; no sería la primera vez que intenta suicido, aunque siempre haya algo que la detiene, la última vez fue Lenser Marlus. Pero la noche anterior tenía que tomar una decisión, y eligió vivir, eligió intentar una vez más la vida en ese frío lugar, con él.

Se examina el vestuario: Casaca blanca, sayuela ceñida de cuello alto con un campo blanco sobre el fondo rojo, pantalones de cachemira igual de blancos y botas negras hasta arriba de las rodillas; trenzado sencillo dejando el cabello caer sobre un hombro y unos cuantos mechones en sus mejillas. Se aprueba.

 Kalendi le entrega la caja de cartón marrón con los pliegues de papel de seda dentro, envolviendo la capa mandada a fabricar con la piel del lobo gris. Es hermosa, la acaricia y comprueba que la calidad del trabajo está a la altura de los materiales; además de la piel, envió sus propios broches de oro blanco para que los añadieran, las telas de uno de los revestimiento de sus capas para la parte interna y sus propios productos para la impermeabilidad de la piel, así la nieve no la dañaría de ninguna manera. Es una ofrenda de paz, para él.

Es una ofrenda de paz, para ella. Kandem mira el vestido de alta costura que ha mandado a hacer, entre las muchas otras prendas que tiene listas: Negro, con fragmentos de cuero que destellan rojo como brasas ardiendo, las mangas largas con detalles en escarlata y el cuello alto que termina en un espacio triangular para su garganta; la falda no contiene muchas capas, dos apenas, porque está seguro ella querrá usar pantalón debajo, los arrastres no tocan el suelo y los detalles en los últimos centímetros hacen que con el movimiento parezcan chispas que anteceden a una fogata; lucirá hermosa, eso espera.

Sus hombres le informan que ella está afuera, le indica que la dejen pasar, a su salón de visitas. La ve entrar con una caja en manos, hermosa como siempre, apenas y se cruzan una mirada, eso le molesta un poco pero se ha prometido ser tan paciente con ella como con los demás, o al menos intentarlo.

Ella le analiza de pies a cabeza, de nuevo, sin descaro; descubre que sigue sin recortar su barba y su cabello azabache atado detrás de su cabeza está demasiado largo, el amarre de la bufanda en su cuello está mal centrado y el nudo en su chaleco está flojo. Le escuecen las manos por arreglarlo, pero se contiene. Le mira a los ojos, esos grandes ojos tristes debajo de las gruesas cejas expresivas.

—Buen día, Dama de Castell. Kandem de Senerys, sea bienvenida —dice, haciendo una pequeña reverencia. Al levantarse, se lee la diversión en sus ojos.

—Buen día —titubea, su orgullo le impide dejar salir las palabras con tanta facilidad como él, pero tras tragar un poco de saliva, suavizar la mirada y tomar aire, dice: —Lessany de Castell, gracias por su hospitalidad, Kandem.

Él sonríe, negando, sin poder creer que ella, después de todo, no cambie ni un poco.

—Nunca me llamarás “Señor”, ¿o sí?

—El día en que te ganes tal derecho —responde ella, neutra. Lo ve planear una respuesta, pero se contiene, tomando una respiración con cansancio.

—Tengo un obsequio para ti —dice en cambio, apartándose de junto a la chimenea y mostrando detrás el vestido más tétrico, amenazante e imponente que haya visto en su vida. Su rostro de vuelve una completa cosa indescifrable, sus emociones también se confunden; quiere sonreír, pero no sabe si debe hacerlo.

La ve avanzar hacia el vestido, tocando las telas, analizando los cortes, las capas del faldón por debajo, las piezas de cuero, las botas debajo; no sabe si le gusta o no. Ella le mantiene en suspenso.

—No está tan mal —dice por fin, retrocediendo varios pasos hasta dejar suficiente distancia entre ambos.

—Me alegro que te guste, aunque no lo digas directamente.

Ella asiente y se da la vuelta hacia la caja que ha dejado en uno de los divanes tapizados con cuero negro. La abre, remueve los pliegues de papel y alza lo que contiene, dejándole con los ojos bien abiertos y las cejas alzadas. Él sonríe sin dudarlo siquiera al ver la magnífica capa grisácea de piel de lobo, más grande que ella misma, la cola del animal pendiendo en un extremo y las fauces en el extremo contrario, adentro, una capucha negra y un buen revestimiento. Se acerca a él y la extiende en sus brazos, se siente como un niño con un juguete nuevo.

—Revestimiento de calidad, tratamiento impermeable interior y exterior, capucha, broches de oro blanco. Dos metros de un trabajo de calidad, más caro incluso que lo que yo traigo puesto en este momento, créeme —explica ella, como toda una experta.

—Creo —responde él, deseoso de usarla—. Podría usarla hoy mismo, al salir a cabalgar, ¿no te parece?

—Como quieras —dice ella con indiferencia, sin comprender lo que él ha querido decir.

—Tú vendrías conmigo —añade, ganándose una mirada de desconfianza—. No me veas así, esto es una tregua.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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