Luxor: Un nuevo mundo

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X. (Parte Uno)

Recibe a las mujeres en el salón destinado para ello, las espera vistiendo su sayuela escarlata con una bufanda atada sobre el pecho y hombros, el pantalón de tiro alto en color blanco y las botas rojizas como barro. Se saludan con cordialidad, ella hace un gran esfuerzo por sonreírles y comentarles de regreso sus opiniones sobre las visitas a los Centros de Instrucción y el orfanato de Senerys, que alberga a más de doscientos niños huérfanos de guerra; no es que no le importen esos temas, pero le parece inepta la forma en que son manejados, eso, y todo lo demás.

Luego de una hora sentada en su diván escuchando el masticar de las máquinas de coser, los murmullos de conversaciones y sentir que se le atrofian las piernas, se levanta de su asiento y se acerca hacia una de las jóvenes hermanas de Renner, con el cabello igual de castaño rojizo que el de su hermano.

Alessa, de veinte años y ojos esmeralda, le sonríe y deja un momento su tarea pero mantiene algo debajo de los fardos de tela, Lessany lo nota y lo extrae; es una libreta con dibujos. La chica se asusta y le pide que se lo devuelva por favor, pero ella se encuentra fascinada con los bocetos, colores y diseños de ropa, no solo femenina, que la chica ha plasmado. Se lo dice, ella parece sonrojarse y confesarle que lo más desea en el mundo es hacer ropa tan bonita como la que ella porta, que ella es su mayor inspiración desde que escuchó de ella y vio su fotografía en un boletín oficial. Las demás jóvenes se arremolinan cuando la Dama de Castell les llama para que den su opinión, descubriendo que al menos cinco jóvenes más forman parte de un club secreto de diseño, pero que saben que Alessa es la mejor por mucho. Las adultas intentan insistir a sus hijas que dejen esos sueños e ilusiones inútiles, que nadie usaría esas prendas, pero Lessany las corta y les corrige.

—De donde yo vengo, las mujeres y hombres pagarían una fortuna por usarlo, aún si tuviesen que esperar un mes para recibirlo.

El suceso enciende una idea en su mente. Tiene los contactos para obtener la materia prima, tiene la mano de obra y el talento en esa habitación, y Senerys le puede proveer el medio de distribución y un capital base; sí, parece buena idea.

—La próxima semana quiero que todas me traigan sus mejores diseños, ¿entendido?

Ellas, con los ojos relucientes de ilusión, afirman. Sus madres se apresuran a intentar persuadirla, pero ella les persuade en cambio, convenciéndoles de que no es la primera vez que impulsa el talento de unas jovencitas, que solo será una etapa para que ellas se motiven aún más y, por último, les calma diciéndole que procurará que su Señor les provea lo faltante para la visita planeada al orfanato.

Cuando se queda sola, se sienta en el diván a divisar la inmensidad del espacio vacío en ese salón, pero mira más allá de eso: Mira la maquinaria situada en un extremo de la pared, los cubículos para cada una de las diseñadoras, los almacenajes verticales para las telas, broches, hilos, bordados y de más; su propia estancia de visitas ha de convertirse en su estudio para contabilidad y planeación. Sonríe, sus ojos volviendo a brillar con astucia.

 

No espera a que los bélicos apostados en las puertas le digan que puede pasar, simplemente lo hace; abre las puertas de par en par y avanza hacia la sala de visitas de Kandem, pasa por ellas y entra en su estancia privada. Lo encuentra de espaldas, haciendo un nudo a su bufanda negra, la chaqueta aún sin atar en su pecho, una sayuela de licra cubriendo su torso firme y delineado. Por un instante se miran, estupefactos, ella se acerca con naturalidad, fastidiada de verlo con esos horribles nudos, entendiendo de una vez que él se viste solo y por eso nadie tiene oportunidad de decirle cuándo está bien o mal.

Se azora al verla entrar de forma repentina y grosera, pero no es capaz de decir nada, ni mucho menos cuando la ve avanzar hacia él con determinación; por un instante le parece que va a golpearle porque sus ojos se ven fríos y firmes de nuevo, pero no lo hace. Sus manos se dirigen a la bufanda a medio hacer en su cuello, el baja las suyas y se queda quieto, viéndola fruncir las cejas con molestia.

—Necesito que me permitas comunicarme con alguien —dice ella, aún con las manos en su cuello, sin verle a la cara. Estando a punto de objetar, ella reinicia la declaración, porque claramente no está pidiendo—. También que me cedas dos de tus vehículos de transporte, y que hagas una inversión significativa en mi proyecto. —Con el nudo hecho, pasa a tomar los extremos de la chaqueta, sujetarlos con los broches ocultos y luego con los broches exteriores de plateado color—. Además de que ayudes a las Damas con los recursos para el orfanato; se los prometí.

Termina de acomodarle la bufanda, el cabello en su nuca y le mira de pies a cabeza, dando un paso atrás. Asiente, aprobándole. Alza su vista hacia su mirada de niño triste, ve una de sus comisuras alzadas, ella alza sus cejas en cambio, interrogándole.

—No puedo darte nada si no me dices de qué se trata. Cuenta con lo del orfanato, pero lo demás…

—Redactaré un reporte, haré un presupuesto y cotización una vez hable con las personas que necesito —le interrumpe, serena.

—¿Sabes lo que haces? —le pregunta él, dudoso.



Elizabeth Ortiz (EOrtizM)

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Editado: 19.08.2018

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